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ABC JUEVES 9 2 2006 59 FIRMAS EN ABC toievski, Tolstoi, Pasternak, Tsvietáieva, Blok. (Santos recurre a una discutible técnica novelística, al alternar la intensa peripecia paternofilial, que el lector sigue realmente interesado, con capítulos dedicados a cada uno de los escritores rusos cuyas obras van pasando por las manos de Alejandro, lo que puede ser didáctico e incentivador, pero diluye la tensión argumental) La frialdad afectiva de Víctor con su esposa, es otro factor que contribuye al distanciamiento del hijo, más cercano a su madre, a la que ve engañada y, pese a ello, sumisa, o al menos falta de fuerza para reivindicar su dignidad lastimada. No deja de ser significativo que, al tiempo que un jurado designado al efecto premiaba la novela de Care Santos, otro, por completo distinto, otorgaba el XVI Premio Ala Delta de literatura infantil, convocado por la misma editorial, a Rumbo Sur de Manuel L. Alonso, en la que de igual modo planteábase el tema de una conflictiva relación padre (Juan) e hija (Clara) una niña de diez años, a la que su madre abandonó, que ha tenido que vivir en acogida durante cuatro años; los que su padre ha pasado en la cárcel, por algo que el autor no aclara. Juan trata de recuperar el cariño de su hija, en los quince días que le concede la institución responsable de la tutela de la niña. Esta confiesa que le gustaría ver el mar, y su padre, sin dinero y sin medios, le promete que lo verá; e inician un viaje de más de mil kilómetros, hasta desembocar, tras muchos avatares, en la playa de Zahara de los Atunes. Tal recorrido, y sus dificultades, unen a Clara con su padre, en un proceso totalmente opuesto al de Alejandro y Víctor. Porque donde aquellos se tornan irreconciliables, estos recuperan amor y confianza. Claro que hay más curiosas coincidencias. Víctor, dicho queda, es un virtuoso del violín. Juan, antes de su mal paso, lo era de la trompeta, y ahora vuelve a serlo en un modesto conjunto que le recibe cordialmente. Víctor tiene una pieza favorita; el preludio a la Partita número 3, de Bach; como la tiene Juan: el Concierto para trompeta en mi bemol mayor de Haydn. Alejandro y Clara conocen muy bien ambas obras y adivinan cuando sus padres, dadas las circunstancias, van a abordarlas. Con la Partita de Bach me familiarizó en su día Salvatore Accardo; con el Concierto de Haydn, Theo Mertens, primero, Maurice André, después. He vuelto a oírlos ahora, como homenaje a estos dos novelistas que traen la música a sus libros. Es posible que la pasión de Care Santos por los escritores rusos (he echado de menos en su nómina a Leónidas Andreiev, mi maestro en el género breve) incite a sus lectores a frecuentar esa hermosa, profunda literatura; pero creo que será más difícil que, del mismo modo, se acerquen a la música que ella y Alonso memoran. Mas, a fin de cuentas, ¿no será este también un problema, o mejor, una mera cuestión, de padres e hijos, de padres a hijos? CARLOS MURCIANO ESCRITOR PADRES E HIJOS Tal recorrido, y sus dificultades, unen a Clara con su padre, en un proceso totalmente opuesto al de Alejandro y Víctor... UANDO Iván Turguéniev publica Padres e hijos (1862) cuenta cuarenta y cuatro años y está en su plenitud vital y literaria. Rudin su novela anterior, ha quedado atrás (1856) pero su personaje del mismo nombre va a traspasar algunas de sus características al Bazarov protagonista de Padres e hijos rebelde, negador de tantas cosas- -patria, religión, arte, amistad, amor... pero atrapado al cabo en sus propias contradicciones. Novela esta que enciende el fuego de las polémicas, pues que enfrenta a dos generaciones, conformista la mayor, exaltada la que Baza- C rov viene a representar, más acusada aún por su insolencia expresiva. Pero Chéjov no duda; Sencillamente genial dice de ella. La encuentro ahora, como un símbolo, en El anillo de Irina la obra ganadora del V Premio Alandar de narrativa juvenil, convocado por Edelvives. Su autora, Care Santos, plantea en sus páginas la relación entre Víctor, violinista relevante, y su hijo Alejandro, de diecisiete años, que aspira a ser escritor. En el pueblo castellano en el que se aislan para que el chico mejore de sus pulmones dañados, conocen a Irina, veinteañe- ra de origen ruso, de la que ambos se enamoran. Víctor, decidido y donjuanesco, gana la partida al inexperto Alejandro, lo que abre una profunda grieta entre ellos, que el paso del tiempo no hará sino agrandar. Irina, dueña de la amplia biblioteca de sus abuelos, introduce a Alejandro en la literatura rusa, comenzando por Turguéniev y su novela citada, y siguiendo por Nabokov, Pushkin, Dos- MIGUEL TORRES PERIODISTA SPIELBERG Y LA VENGANZA M UNICH, la película de Steven Spielberg, ha abierto un debate mundial sobre la moralidad y la utilidad de la venganza, y sobre la equiparación moral de terroristas y contraterroristas. El gran director ha tomado lo que ha querido del libro Venganza, de George Jonas, que es el relato pormenorizado, hecho hace veintidós años al autor, por el jefe del comando, Avner, en el que narra dos años alucinantes de acción clandestina en Europa- -con una incursión apocalíptica en Beirut- -para asesinar a once terroristas árabes, a los que el Mossad consideraba responsables del planteamiento y diseño de la matanza de once atletas judíos durante los Juegos Olímpicos de Munich en 1972. De los once objetivos señalados, el comando de Avner asesina a ocho, más otra media docena de terroristas a los que se llevan por delante en la dinámica que crea la actuación. De los tres supervivientes de la lista inicial, uno fue muerto por un coche bomba cinco años más tarde en la capital libanesa, otro fue gravemente herido por disparos en un hotel de Polonia y el último murió de cáncer en una clínica de Alemania del Este. Una de las realidades más inquietantes del gran libro reportaje de George Jonas es la descripción de esa especie de supermercado clandestino mundial en el que se compra información, armas, explosivos, documentos, pisos seguros, automóviles y personas para la logística de la operación. Es un mercado al margen de cualquier ideología y de cualquier moralidad: tú pagas y te ayudan, pero nunca sabrás si venden después al adversario información que les permita localizarte. Por ejemplo, el primer apoyo que tiene Avner para empezar a localizar los objetivos de su lista se lo proporciona un simpatizante de la banda Baader- Meinhof, que le pone en contacto con una organización de ese supermercado clandestino de la información y el apoyo logístico. Es uno de los negocios más lucrativos, porque terroristas y contraterroristas disponen de cantidades fabulosas de dinero para realizar sus misiones. Después de matar en Roma a Wael Zwaiter, primer objetivo del comando de Avner, hacen cuentas del dinero que ha costado la operación, el equivalente entonces a cincuenta y seis millones de pesetas. Y se trataba sólo del primero. Spielberg ha sabido elevarse sobre su condición de judío fervoroso que demostró con La lista de Schindler para ver con ojos del siglo XXI el disparatado juego del terror y el contraterror, el crimen y la venganza, que ha llevado al mundo a una situación in- sostenible sobre los cadáveres acumulados de miles y miles de personas. La lacerante, insufrible ausencia de las Torres Gemelas en el perfil de Manhattan es ya el icono de un siglo que nació bajo los peores augurios, purgando tantos errores y horrores del pasado con nuevos errores y horrores. Spielberg potencia el relato de Avner que vertebra el libro de George Jonas en lo que tiene de crónica de la destrucción moral de un hombre sometido durante dos años a una intensa actividad criminal en la clandestinidad, que ve como tres de los componentes de su comando mueren en circunstancias dramáticas. Tras llegar al límite de su resistencia psíquica, física y moral, Avner ha de enfrentarse al implacable Mossad que no le permite retirarse a vivir con su mujer y su hija a Norteamérica, sino que le exige la vuelta a Israel para continuar en el servicio, amenazándole con la integridad física de su familia y arruinándole económicamente. Es la lógica implacable de las organizaciones oficiales de espionaje, y el Mossad está a la vanguardia mundial de los servicios de inteligencia. Son cincuenta y cinco años de historia desde que David Ben Gurion creara el Instituto, en el que se aglutinaron todos los servicios de espionaje y seguridad de la Haganah (defensa, en hebreo) Lejanos estaban ya los tiempos, bajo el Mandato británico, en que la comunidad judía de Palestina comenzó a acumular información sobre los árabes y sobre las intenciones inglesas. En aquel tiempo- -como cuenta una historia del espionaje judío- -alguien recordó las Escrituras: Desde los tiempos del Rey David nuestro pueblo ha dependido de una buena inteligencia