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ABC MARTES 7 2 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC PARTIDOS VERSÁTILES Los españoles, políticos incluidos, sentimos cierto pudor ante la textura abierta del quehacer partidista. Cualquier discrepancia interna se percibe como un cataclismo... A democracia sin partidos carece de sentido en el Estado contemporáneo. Sin embargo, los partidos no son esencias inmutables sino piezas dinámicas del sistema político. La fórmula representativa no excluye otras vías de expresión del demos único titular legítimo del poder. Más allá de la crítica tradicional a las oligarquías, conviene reconocer la distancia creciente que separa la plaza pública de los despachos oficiales. Aunque se promete transparencia, dominan los lenguajes herméticos. Las masas, confortadas por el bienestar aparente, ya no se hacen presentes en el tumulto, como en Elías Canetti, sino de forma virtual: Ahora se es masa sin ver a los otros escribe con razón Sloterdijk. El siglo XXI proclama una globalización sin cosmopolitas. Proliferan los viajes a lugares exóticos al tiempo que se ensalza el egoísmo aldeano. Viejos y nuevos nacionalistas sólo pretenden ser más que... al amparo de su condición, no de su valía personal. Pura sociedad estamental definidos los privilegios, el objetivo consiste en blindarlos jurídicamente y en cerrar el grifo de la cooperación solidaria. Cuesta determinar quién es el demos Es un fenómeno universal, pero en España adquiere características peculiares, como es notorio. L da Ferraz (cuando hay poder y dinero para repartir, por supuesto) No obstante, unos y otros mantienen discursos contradictorios y al final todos empujan sus votos hacia el gran saco relativista y posmoderno. Siempre exageramos en el caso del Partido Popular. Un cruce de opiniones destempladas genera sesudos análisis sobre halcones palomas y amigables componedores. Es imprescindible superar los complejos. Más coherente que la izquierda (desde hace unos años, antes no) el centro- derecha también sabe adaptar su mensaje al contexto. Localista en Galicia, antes y después de Fraga. Errático en Cataluña. Heroico en el País Vasco. Foralista en Navarra. Sólido en Castilla y León. Templado en Madrid y en Valencia, plazas mayores del proyecto a pesar de las desavenencias internas. Ser fieles a las señas de identidad no significa cerrar los ojos a los hechos. La eficacia constitutiva de las normas ha convertido en reales determinadas ficciones incongruentes con nuestra educación sentimental, incluida la explosión de identidades autonómicas. No sólo, me temo, en los territorios impregnados de nacionalismo narcisista. L os partidos, en efecto, ya no son lo que eran: ni tertulias parlamentarias de whigs y de tories ni reuniones dispersas de notables ni vanguardia de masas revolucionarias. El dictado de la política profesional ha dejado en Europa un regusto amargo que cada país encauza a su manera. Algunos prefieren mirar para otro lado, como Francia, cuya clase dirigente se niega a reconocer la quiebra institucional de la V República. Atentos al caso de Italia, siempre pródiga en novedades. Estalla el malgoverno de la Democracia Cristiana y se proclama un cambio de régimen, nunca formalizado en sede constitucional. Partidos ligeros al estilo americano; retórica en favor de la sociedad civil; centrismo universal y desmesura mediática... Con una imagen menos complaciente, auge del populismo y consolidación de las clientelas. El sistema conduce a una fórmula atractiva de doble coalición. En la Casa de la Libertad convive Berlusconi, fenómeno indefinible, con una mezcla singular de derecha nacionalista (Alianza Nacional) y desvarío regionalista (Liga Norte) Suma de votos heterogéneos, todos en procura del mismo fin. La izquierda también combina lo suyo: entre olivos y margaritas allí se juntan veteranos comunistas reconvertidos con muchos partitini que viven del presupuesto a la antigua usanza. Sabios italianos. Del caos aparente surgen dos opciones claramente identificables que dan cauce al talento natural de sus líderes para el baile de disfraces... Los españoles, políticos incluidos, sentimos cierto pudor ante la textura abierta del quehacer partidista. Cualquier discrepancia interna se percibe como un cataclismo. El PSOE se dice federal de puertas adentro, pero está claro que man- D icho en positivo: ganar las elecciones es la mejor forma de defender los principios. La única, en rigor, vista la postura particularista de los demás. Todas las aportaciones son bienvenidas, con la condición de que cada una pesa tanto como aporta. El resultado debería ser un partido que logre conjugar principios sólidos con una estrategia versátil, sagaz y poco previsible para el adversario. ¿Cómo se hace? Un buen liberal confía siempre en el orden espontáneo, animado- -si llega el caso- -por alguna sugerencia inteligente. O sea, Wu Wei no alterar el proceso natural, según la máxima milenaria del Tao. Rajoy la practica con buen tino. Procuremos ser objetivos: a mitad de legislatura, el PP ha gestionado con da- ños limitados una derrota traumática y mantiene el empate, en el peor de los casos, con un Gobierno que da muestras de un peligroso desconcierto. La prudencia dicta una política flexible y sutil ajena a la rigidez y el dogmatismo. M. Oakeshott, un gran pensador, menos conocido de lo que merece, afirma que la tradición consiste en la capacidad de cambiar sin perder nunca la propia identidad. Buen criterio. Dedicarse a las profecías políticas es un oficio sin futuro. Esta vez, sin embargo, el pronóstico parece sencillo. No habrá reforma formal de la Constitución. Tendremos estatuto catalán, previas escaramuzas diversas. El nuevo estatuto vasco, epílogo y señuelo de una falsa pacificación quedará para otra legislatura. Tal vez habrá tregua: muchos la van a celebrar, olvidando que los terroristas ganan siempre que no pierden. Con este bagaje y el adorno de algunas leyes sociales (con la dependencia como producto estrella) el PSOE pedirá el voto de una sociedad dividida entre la indiferencia y la indignación. Nada nuevo. En todo caso, el Estado de Bienestar, valor universal, embota el sentido de la responsabilidad personal. Todo lo que nos dan es nuestro, y ya nadie lo agradece. Recuerden: en 1996 y en 2004 el cambio político deriva de factores propios de la psicología colectiva, rigurosamente ajenos a la vida cotidiana de los ciudadanos. ¿Y después? Gane quien gane, seguirá el desencuentro entre centro y periferia, secuela del fracaso de las élites españolas- -las de aquí y las de allí- -que han sido incapaces durante siglos de elaborar un discurso razonable. Para entonces, el Estado de las Autonomías será muy difícil de manejar. Pero todavía muchos españoles nos negaremos a que se pierda la esperanza alumbrada por la Transición. Con el acuerdo de bastantes socialistas, espero. R egreso al presente. Los partidos, según se dijo, no agotan el espacio público de la democracia constitucional. Con mejor o peor anclaje técnico, los populares proponen un referéndum concebido como respuesta política a la reforma material de la Constitución. La recogida de firmas empezó en Cádiz, hermoso símbolo de la soberanía nacional. Llueven los reproches a cargo de los mismos que elogiaban el referéndum europeo y de los que invocan cada día la consulta popular a los catalanes sobre la propuesta estatutaria. Ya sé que la política está reñida con la lógica, pero a veces nos pasamos de largo. Por cierto que, en buena teoría democrática, lo que a todos atañe, por todos debe ser aprobado según la fórmula del mejor constitucionalismo histórico. Debería gustarles a quienes se complacen en invocar tradiciones jurídicas e instituciones seculares. La circunstancia invita a recordar al inefable personaje de Joyce: La historia es una pesadilla de la que trato de escapar Lo decía hace poco más de un siglo... BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas