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ABC LUNES 6 2 2006 Cultura 59 CLÁSICA CDMC Crumb: Dram Sequence Harvey: Trío de cuerda Riley: Ritmos y melos Torres: Splendens Int. Trío Arbós. Neopercusión. P. Cortese, viola. Lugar: Auditorio de MNCARS. Fecha: 30- 1- 06 Y AHORA HABLEMOS DE CERVANTES (II: EL POETA) MANUEL FERNÁNDEZ ÁLVAREZ DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA POPULAR Sara Tavares Concierto de Sara Tavares. Lugar: Sala Galileo. Madrid. Fecha: 2- 02- 06 FRONTERAS ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Y a tibia luz tibia del Auditorio del Museo Reina Sofía ha acompañado al primer programa del ciclo Residencias. También el rojo de sus paredes, porque es brillante, cálido, es el primer color que individualizan los niños y aquel que se sitúa en el extremo del espectro. Hace algunos años se suscitó una fuerte polémica ante la posibilidad de que algunas paredes del viejo y repleto Museo del Prado se colorearan. Hoy a nadie le asusta ver que algún color envuelve los cuadros de muchas galerías. El efecto se ha confirmado estimulante. Como en este Auditorio, y ante la peculiar música que ha inaugurado el ciclo Residencias, inserto en la temporada del CDMC. Son en total cuatro conciertos en los que, con astucia, el organizador ha dejado cualquier decisión en manos de los intérpretes. Para ello se reúne a distintos grupos españoles que de manera colegiada deciden los detalles de la sesión. Propuesta interesante, en un momento en el que tanto se habla y escribe sobre la creación musical y sus intérpretes, y en el que la calidad de nuestros grupos se ha hecho indiscutible. Para esta temporada se ha contado con la colaboración de Neopercusión y el Trío Arbós que, para comenzar, han decidido coger la paleta y pintar paisajes sonoros a través de la música de George Crumb, Jonathan Harvey, Terry Riley y Jesús Torres. Es, por tanto, la mejor ocasión para hablar de ellos, para barrer cualquier complejo y para reconocer lo mucho que son capaces de lograr gentes como Garbayo, Borrego, José Miguel Gómez, Guillem, Rubio, Gálvez y, el invitado, Cortese, cuando se juntan en un escenario y respiran de manera tan sincronizada. De entrada, porque en cada uno hay un deseo de buscar la calidad del sonido, imprescindible en cualquier programa, pero más en éste, a veces esencialmente tan atmosférico y equilibrista por la cuerda de lo ligero y lo sutil. Luego, porque en todos se genera una precisión que es imprescindible ante la repetitiva sincronía de otras obras. Afinación, impulso, gusto, convicción y seguridad son las armas puestas en juego por quienes habían elaborado un inteligente y novedoso programa tan afín a la frontera y que es anticipo de otros por venir. Habrá que oírles... Bajo la advocación de esa roja capilla erigida para la música de hoy. L ahora hablemos de Cervantes, o para ser más precisos, sigamos hablando de aquel gran español que tanto amó España y del que, pese a su grandeza, sabemos menos cosas de las que quisiéramos. Y no me refiero tanto a su aspecto físico, del que apenas sí tenemos otros indicios que aquellos que nos da su autorretrato inserto en el Prólogo de las Novelas Ejemplares en 1613 (por lo tanto, de un Miguel de Cervantes que ya ha entrado en la ancianidad) sino a cómo fue su vida, cuáles fueron sus ilusiones, cuáles sus aventuras (que no fueron pocas) y cuáles sus desventuras, que, ¡ay! fueron demasiadas. Por lo menos sí sabemos algo de sus sueños. Por ejemplo, del que tuvo cuando no era más que un adolescente, cuando tenía diecisiete o dieciocho años. Por entonces, Cervantes está viviendo con los suyos, con sus padres Rodrigo Cervantes, el cirujano- barbero, y su madre doña Leonor de Cortinas; con sus hermanas Andrea, Luisa y Magdalena; y con sus hermanos Rodrigo, apenas un muchacho, y Juan, todavía un niño. Es una casa en la que hay poco dinero. Pero, sorprendentemente, veremos a Cervantes, no en un oficio que le permitiera llevar algunos maravedís a la casa paterna, sino acudiendo al Estudio de la Villa, regentado entonces por un gramático de prestigio: el maestro López de Hoyos. Y nos hacemos la pregunta, la que sin duda se hizo el propio Miguel de Cervantes: ¿qué quería ser en la vida? Frecuentemente, al menos en el seno familiar, tal pregunta suele contestarse de modo rotundo: hacer carrera en una profesión que dé dinero, brillo y honra. Por entonces se recordaba la frase: por el mar, por la Iglesia o en la Corte. Ahora bien, en otros casos- -cierto, más bien raros- -ese no es el planteamiento. No el de hacerse un hombre de provecho tan del gusto de la burguesía de todos los tiempos, sino el de dar rienda suelta a la vocación. O lo que es lo mismo: soñar con algo que llene tu vida, sin importarte demasiado el lado económico de la cuestión. Pues bien, eso sí lo sabemos del joven Cervantes, de aquel que vivía con los suyos en el Madrid de los años sesenta. Cervantes tuvo entonces un sueño, y yo diría que un hermoso sueño: el de ser poeta de la Corte de Felipe II e Isabel de Valois, al modo como aquel otro gran poeta, que él admiraba tanto, Garcilaso de la Vega, lo había sido en la Corte de Carlos V y de la emperatriz Isabel. Un sueño que atisbamos por lo que nos indica su maestro, aquel López de Hoyos que regentaba el Estudio de la Villa. Pues cuando a López de Hoyos le toca escribir una pormenorizada crónica de los luctuosos sucesos ocurridos en la Corte en 1568, y especialmente relatar la muerte de aquella adorable criatura tan querida por los madrileños, la reina Isabel de Valois, López de Hoyos nos dará la primera pista de un joven poeta llamado Miguel de Cervantes. UN REESTRENO AGRADABLE LUIS MARTÍN L Manuel Fernández Álvarez HERAS 1568 había sido un año verdaderamente terrible en la Corte. Isabel de Valois había muerto de un mal parto. Y en ese mismo año el Rey ordenaba la estrecha prisión de su hijo, el príncipe don Carlos, en cuya prisión, y unos meses antes que la Reina, moriría el desventurado Príncipe. Y para hacer más sombrío el panorama, en aquel mismo verano habían sido degollados, por orden regia, en la Grand Place de Bruselas, los condes de Egmont y de Horn. De todos aquellos dramáticos sucesos, el maestro López de Hoyos se limitará a evocar la muerte de la dulce Reina de España. Y como quería adornar su seca proa de cronista con algún poema, acudió a su mejor discípulo, a Miguel de Cervantes. Y eso no es una suposición, pues el propio López de Hoyos se expresa en estos términos: que insertaba en su Crónica unas redondillas y una elegía: ...de Miguel de Cervantes... Y añadía el maestro: ...nuestro charo y amado discípulo Pero no haría falta acudir al testimonio de López de Hoyos para conocer esa gran inclinación de Cervantes, desde su juventud, hacia la poesía. Él mismo nos lo confesará cuando ya ha entrado en la senectud: ...desde mis tiernos años amé el arte dulce de la agradable poesía... Sin embargo, otro sería el derrotero de su vida, como es tan notorio, porque surgiría un suceso que acabaría trastocándolo todo. Se trataría de un penoso incidente que haría intervenir a la Justicia y sobre el que poseemos un documento del mayor interés, que bien puede ser materia propia para que intervenga un historiador. Porque, en definitiva, y tal como expresó en su día el gran hispanista francés Pierre Vilar, a Cervantes y a su obra hay que entenderlos en clave de historia. Lo hemos de ver. a ubicuidad que revela la música de África en las programaciones de cada temporada alguna vez proporciona sorpresas que pueden hacer agradable la noche de cualquier parroquiano dispuesto a escuchar música en directo. Vuelve a tocarle turno ahora a Sara Tavares, una vocalista lisboeta con antecedentes caboverdianos muy interesada en defender la universalidad de la música de aquellas islas africanas, aunque sea estandarizando los arreglos de sus canciones hasta el punto de hacer que su entrega carezca de otra pretensión que no sea la de ser simplemente agradable. Sara se presenta con un trabajo que, recientemente, ha aparecido en forma de disco, después de estrenarse en nuestro país, hace cuatro años, con aquel Mi- Ma- Bo que produjese el imaginativo Lokua Kanza. La nueva grabación se llama Balancê y lleva una rúbrica instrumental de pop que, aunque potente y bien facturada, sitúa sus canciones en el peligroso terreno de los apátridas, porque a nadie pertenecen. Por otra parte, la sugerente comunicación que una vez tuve la impresión de comprobar en su presencia escénica parece haberse esfumado ahora. Su imbricación con el público no es equivalente a la frescura de su canto aterciopelado, que consigue abrir una perspectiva sobre otras sonoridades que casi se podrían tomar como una variante de los primeros hallazgos del mencionado Lokua Kanza. Y, sobre esta atmósfera de colores múltiples, el trabajo de una banda que, en ningún momento, evidencia formas feas. Antes bien, sus componentes tocan bonito, son correctos y asépticos. Lo único malo es que no sorprenden. Sus placeres se capturan de forma rotunda en las guitarras y en las percusiones. Todo es legítimo en la recreación de los ambientes más intimistas, en su paseo por las crestas más rítmicas de algunas composiciones y en el regreso a todas esas melodías que sobrevuelan la geografía de influencia lusa, Brasil, cómo no, incluido. El público podría tomarle simpatía a esta mujer si la próxima vez que decida presentarse entre nosotros demostrara un crecimiento similar al de Lura, que sí parece que sea el recambio para la gran diva Cesaria Evora. El parecido de Sara con ésta se reduce, digan lo que digan los que afirman estas cosas, a evidencias como el idioma utilizado para expresarse, o a la procedencia de ambas del mismo secarral geográfico. No subyuga. Sólo es agradable.