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ABC LUNES 6 2 2006 55 María Adánez aparca la comedia y encarna a una Salomé joven y obsesiva, dirigida por Miguel Narros El Museo de Arte Moderno de París reabre sus puertas con una exposición de Pierre Bonnard Maeztu y dos para que acabaran con el comediógrafo Muñoz Seca. Y tres sólo para que mataran también vilmente a Valencia II, a quien no sirvió de nada torear en Alicante a beneficio del Frente Popular sólo un día antes de ser tomada esta foto... Sé por boca de mi tío Miguel, pareja artística por aquel entonces de Argentinita, en cuántos festivales a favor de la causa hubo de participar. ¿Cómo decir no? La otra opción era ser fusilado por fascista El único que realmente tenía allí algo que festejar era el hombre con gafas que preside la foto y, paradójicamente, ostenta casi el único semblante grave del grupo: Julio Mangada, bastión de la defensa de Madrid, artífice de la estabilización del frente de Somosierra, ascendido por ello al generalato y a quien los artistas fueron invitados a tributar el homenaje al término del cual se impresionó esta fotografía, en el Teatro Calderón, el 21 de septiembre de 1936. ¿Es que no está Aleixandre en la muleta del Domingo Ortega conferenciante... ¿O Alberti en las sevillanas de Argentinita? Nos vemos y reconocemos, sobre todo, reflejados en las pupilas de un tiempo que se fue ...Junto a quien sonríe Pastora Imperio. Sonada fue en su día su boda con Rafael El Gallo, primo hermano del padre de Caracol. Su hija se había unido en matrimonio algo antes de la guerra a otro torero, Rafael Vega de los Reyes Gitanillo de Triana testigo en el futuro de la alternativa de mi abuelo y compañero suyo y de Cagancho en tantas tardes... La sigue Argentinita, el gran amor de Ignacio Sánchez Mejías- -cuñado a su vez de los Gallos- -y gran dama de la danza de aquel tiempo. A su lado, semioculto el rostro, la madre de mi abuelo: mi bisabuela Agustina, viva en los lienzos de Zuloaga, Anselmo Nieto, Benedito y Sorolla. A continuación, la actriz Catalina Bárcena, que esa noche había puesto en escena junto a Miguel Ligero una pieza de Arniches. De la Argentinita a Manolo Caracol Me cuesta trabajo, es la verdad, ahogar la emoción al repasar los rostros perlados de sudor y contorneados por el breve maquillaje que bastaba a esas facciones angulosas y rotundas para no empalidecer a la luz de los focos. Fijémonos en la fila principal del grupo e imaginemos nada más que lo irrepetible del cartel. Fragmentos de El amor brujo de Falla y Las calles de Cádiz de Ignacio Sánchez Mejías. Al baile: Pastora Imperio, Argentinita, Pilar López y Miguel Albaicín. Al cante: la Niña de los Peines y Caracol, padre e hijo. Al piano: Rafael Albaicín, matador de toros. Porque el segundo por la izquierda es, sí, purito entre el anular y el índice, nada menos que Manolo Caracol, cuya hija, tiempo al cabo, contraería nupcias con el pianista Arturo Pavón, sobrino precisamente de la mujer que luce collar a su lado: la Niña de los Peines, Reina de Saba del cante gitano para quien Federico se inventara sus lorqueñas y que hizo a Joselito El Gallo, en vísperas de Talavera, peinarse con los peines de sus aires por tangos. Entre ambos, asoma la nariz el guitarrista flamenco Pepe de Badajoz. A continuación de la Niña, en una de las escasas fotos conocidas en que puede vérsele sonreír abiertamente, está mi abuelo: Rafael Albaicín. A sus diecisiete años, aún Zuloaga no le había pintado, ni había granado tampoco su vocación taurina. Daba por entonces los primeros pasos de su después frustrada carrera de pianista... Y tenía alguna razón más que el resto de los artistas del programa para encontrarse allí. ¿Cuál? Hacía poco que habían ido a buscar a su casa, para matarlo, a su amigo Armando Moreno, falangista y, luego, actor reputado que se casaría con Nuria Espert. Al no hallarle en su domicilio, los mastines obligaron a la familia a identificar y dar las señas de cuantos aparecieran con él en alguna foto, por inocente que esta fuera, para que ocuparan el lugar del que se les había escurrido de entre las manos. Entre ellos, mi abuelo... En el umbral de la muerte Al lado de ella, mi tío, hermano de mi abuelo: Miguel Albaicín, pareja de baile- -ya lo hemos dicho- -de Argentinita y su hermana Pilar. Había logrado evitar su envío al frente gracias a su dominio del francés e inglés y a los buenos contactos de Pompoff y Teddy, que le recomendaron como intérprete al Ministerio de la Guerra. En virtud de aquel providencial enchufe, había salvado la vida mi abuelo días atrás. Un funcionario alertó a mi tío de que en la lista de los que en cierta checa iban a pasear esa noche figuraba uno con sus mismos apellidos: García Escudero. Gracias a aquel aviso pudo por los pelos y a costa de mucha porfía, sacar a su hermano del umbral de la muerte. La noche en que fue disparada la foto que motiva estas líneas, el filo de la guillotina pendía aún sobre la cabeza de Rafael... Y siguió pendiendo hasta el día en que Rojo entregó Madrid. A la izquierda de mi tío, flor en lo alto, dos brazos para la historia del baile: Pilar López. Arriba del todo, pañuelo al cuello y con una mano de Mangada reposando en su hombro, juraría que está el guitarrista Víctor Rojas, hermano de Pastora Imperio. Ambos dieron a mi tía abuela, María D Albaicin, su primer papel importante: en la primera versión de El amor brujo estrenada en 1915 en el Lara por Martínez Sierra. Y, abajo del todo, al pie mismo de la foto, un niño de atezado semblante y unos once años de edad: Fati, primo de mi abuelo y, después, prominente bailaor, puntal de la célebre dinastía de los Pelaos. Son, en fin, dispuestos para el posado- -aunque ellos no le vieran- -por Ignacio Sánchez Mejías, algunos de los cantaores, toreros, bailaores y bailarines del 27, una generación mucho más que literaria y que días antes había perdido a Lorca en Fuente Grande, víctima del plomo de las bestias pardas del otro bando en una madrugada de regodeo e impiedad. Sólo Argentinita y Pilar conseguirían consumar, vía Orán, la anhelada evasión del Madrid cercado. Ninguno de los demás faranduleros de la foto se libró de casi tres años de miedo y privaciones. Mas la contienda llegó a su fin un día, y la Cibeles fue rescatada de la prisión en que había sido confinada. A mi abuelo le esperaban su boda, los pinceles de Zuloaga, los ruedos y el cine. A mi tío, los escenarios de América. A Caracol, interminables giras, el Lazo de Isabel la Católica, su mítico tablao Los Canasteros y muchas juergas con Cagancho, Gitanillo de Triana y Curro Romero. A la Niña de los Peines, su reino sevillano de La Campana y un homenaje nacional en Córdoba. A Pastora, la que volviera loca a toda una generación de intelectuales y artistas, el retiro apacible... y presentar a Manolete a Lupe Sino. A Argentinita, el prestigio renovado hasta su pronta muerte en 1945. A Pilar López, una dilatada carrera, el montaje de Café de Chinitas con Dalí en Nueva York y el magisterio vertido sobre Mario Maya, Gades, El Güito... A Mangada, finalmente, el exilio. Los descendientes Los descendientes de los artistas gitanos de esta foto- -Ortega, García, Escudero, Pavón, Vega... -coincidirían en los veraneos en San Rafael en los 50 y en los escenarios flamencos de los 60 en adelante. En cuanto a los hijos de éstos, seguimos a día de hoy cuidando la amistad y el cariño heredados en este Madrid que, apagadas las hogueras del odio, nuestros abuelos y bisabuelos contribuyeron a reconstruir y hacer más respirable con su arte. Nos vemos en Las Ventas cuando torean Aparicio, Antón Cortés, Manuel Amador o Javier Conde... Por ejemplo. En alguna que otra juerga memorable de las que todavía surgen. En Cardamomo o Casa Patas, al conjuro de las guitarras de Jerónimo Maya o Tomatito, o del cante de Ramón El Portugués... Y nos vemos y reconocemos, sobre todo, reflejados en las pupilas de un tiempo que se fue y en las auras- -que sí perviven- -de quienes, de nuestra sangre, un día lo habitaron. Largas colas para ver en Barcelona los papeles de Salamanca Más de mil personas han visitado la exposición sobre los papeles de Salamanca que desde ayer se puede ver en el Palau Moja de Barcelona, según ha informado la Consejería de Cultura de la Generalitat, que ha calificado de éxito la afluencia de público. Debido a que sólo podían visitar la muestra al mismo tiempo entre cincuenta y sesenta personas, se formaron largas colas en las calles adyacentes (en la imagen) El promedio de espera rondaba entre 45 minutos y una hora, aproximadamente EFE