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ABC LUNES 6 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA A DOS BARAJAS U DE RODILLAS Y ABRASADITOS IENTRAS Irán, el país islámico que con mayor prontitud, entusiasmo y socarronería se ha adherido a la zapateril Alianza de Civilizaciones, enriquece uranio a toda pastilla, en Beirut y Damasco las turbas enardecidas incendian embajadas y consulados occidentales. El pensamiento débil preconiza que los principios de la tolerancia, el respeto y la convivencia deben regir nuestra relación con el Islam; pero suele olvidar que dichos principios degeneran en flatus voci cuando no se sostienen sobre una defensa convincente de los propios valores. Un mero análisis empírico nos demuestra que el Islam no ha producido instituciones políticas comparables a las que se han desarrollado en el seno de la civilización occidental. Sin embargo, parece prohibido afirmar que el modelo occidental es mejor que el islámico; así, todo diálogo se convierte en una forma de desistimiento. Y diJUAN MANUEL cho desistimiento halla su primera DE PRADA expresión en la aceptación mansurrona de un lenguaje genuflexo. Cuando, por ejemplo, se afirma- -para justificar el estallido de furia vesánica que ha desatado la publicación de las caricaturas de Mahoma- -que la religión musulmana no es idólatra se insinúa tácitamente que la religión católica sí lo es, afirmación radicalmente falsa. La veneración de imágenes en la religión católica no se dirige a las imágenes en sí mismas, sino a la realidad que representan, el Dios encarnado que, a través de su representación iconográfica, se hace más próximo e inteligible al hombre. Gracias a que la iconoclasia no se impuso en Europa, la civilización occidental ha alcanzado cimas artísticas- -Miguel Ángel, Caravaggio, El Greco- -que le han sido vedadas a la civilización islámica. Pero definiendo la religión musulmana como contraria a la idolatría, en lugar de afirmar su fundamentalismo iconoclasta, el pensamiento débil soslaya las enojosas valoraciones negativas. M Prescindamos, pues, de las valoraciones y supongamos que la iconoclasia musulmana no empobrece las manifestaciones artísticas de su cultura (lo cual es casi tanto como suponer que sus regímenes teocráticos no reprimen el desarrollo de las instituciones políticas) Abstengámonos de entablar comparaciones; convendremos, sin embargo, que cualquier Alianza de Civilizaciones debe sustentarse sobre la base de la reciprocidad. Enseguida descubriremos que en ningún país islámico los occidentales pueden disfrutar, ni remotamente, del grado de libertad que se reconoce en Occidente a los musulmanes. Diversos grupos extremistas musulmanes- -de Hizbolá a las talibanes, de Al Qaeda a Hamás- -han predicado sin ambages la guerra santa a Occidente. Algunos ilusos todavía alegan que no se trata propiamente de una guerra declarada, sino de actos aislados de terrorismo, impulsados por unos pocos fanáticos. Basta contemplar las imágenes de furor vandálico que nos llegan en estos días de Damasco y Beirut para comprobar la falsedad de estas aseveraciones: la embriaguez del odio es un festín unánime, una sed de sangre compartida. ¿Es posible una alianza cuando uno de los bandos, por debilidad o miedo, no se atreve a proclamar la defensa de sus valores, mientras el otro no está dispuesto a ceder ni un ápice en los suyos, sabedor de que en el rigor beligerante de su defensa acabará logrando la claudicación del adversario? En circunstancias normales, ante el allanamiento de sus embajadas, Occidente ya habría decretado sanciones amparadas por el Derecho Internacional. Pero el Derecho Internacional es otro producto de la civilización occidental que tampoco conviene invocar, para no exasperar los ánimos del otro bando. Y rezar ya no sabemos; antes deberíamos despojarnos de nuestros tiquismiquis laicistas. Entre tanto, el odio islámico nos socarra con sus llamas. Acabaremos de rodillas y abrasaditos, en un ejercicio de dontancredismo claudicante y suicida. N extraño principio emparentado con las leyes de Murphy rige el sector de las obras públicas; consiste en que, se tarde lo que se tarde en construir un proyecto, su inauguración tendrá lugar indefectiblemente antes de que esté completamente acabado. Este siniestro e implacable postulado volvió a presidir ayer la apertura al público, tras varios aplazamientos, de la nueva megaterminal del aeropuerto de Barajas. Cinco años largos y 6.200 millones de eurosdespués de empezar, la flamante instalación se puso en marcha en medio del más perfecto caos. En virtud del citado e inapelableprecepto, es bastante probable que de haberse estrenado una semana más tarde, el nuevo aeropuerto adoleciese de los mismos defectos que hubieron de soportar ayer vaIGNACIO rios miles de resignados CAMACHO viajeros, agraciados con la lotería de servir de conejillos de indias del experimento. Pero ni ellos, que lo sufrieron, ni los demás, que lo pagamos también con nuestros impuestos, alcanzamos a comprender que una obra de tal envergadura se abra sin un mínimo de garantías funcionales que amortigüen las molestias y otorguen cierta coherencia a una operación necesariamente compleja. Debe de ser que, por mucho que avance nuestro desarrollo tecnológico, llevamos en los genes colectivosun sustratoinmarcesible de inclinación a la chapuza. En un gesto de arrogancia exculpatoria muy propio de su profesión, pero no exento de razón práctica, el arquitecto Rafael Moneo me dijo una vez que los fallos funcionales de un edificio de esta clase hay que imputárselos a la responsabilidad de un cliente que no establece adecuadamente el programa de necesidades básicas. Los clientes de Barajas se llaman Iberia, AENA y Fomento- -sí, el Ministerio de la infalible Magdalena Álvarez- en todos esos organismos hay una porción considerable de gente lo bastante bien pagada para estar obligada a saber que en un aeropuerto hay que construir, por ejemplo, escaleras mecánicas de subida, y no sólo de bajada. Ya es bastante irritante que el Metro esté a dos años de distancia- -alguien tendrá también la culpa, por cierto, y me temo que sea la misma Magdalena- y que la salida del aparcamiento para 9.000 coches sea un minúsculo cuello de botella. Cuesta más entenderque nadie haya previsto que las lanzaderas de enlace entre edificios se vuelvan insuficientes en capacidad y se llenen de usuarios como piojos en costura- ¿qué pasará en las fechas punteras de vacaciones? que un local tan gigantesco necesita más de un ridículo ascensor o que las descomunales dimensiones alargan los tiempos de embarque en perjuicio de unos pasajeros que, naturalmente, encontraron estropeados los servicios de facturación automática. Nada de eso saldrá en las lujosas revistas de arquitectura que recogen la belleza transparente de la Terminal con sus columnas luminosas como arbotantes de una catedral high tech. Pero lo realmente terminal es la incompetencia de unas autoridades que siempre juegan a dos barajas, sabedoras de que el público no tiene otro comodín que la paciencia.