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ABC DOMINGO 5 2 2006 Los domingos 61 (el 2 de abril de 1810) tras el divorcio de Josefina, en una búsqueda desesperada de descendencia: el que sería llamado el rey de Roma (marzo de 1811) Un poder que Bonaparte siente tan opuesto a los reyes como a los dictados de la masa. Estamos, es evidente, ante la expresión de lo que Max Weber denominó legitimidad carismática, basada en una específica y excepcional santidad, heroísmo y ejemplaridad de carácter de una persona individual La legitimación de las formas de gobierno dictatoriales. La legitimación del poder basada en la creencia de los arrebatadores dones excepcionales para asumir y ejercer el poder en beneficio de la comunidad. Así se entiende su desprecio hacia la palabra liberal que no oculta, incluso, tergiversa y maltrata para la defensa interesada de sus propósitos. Pero antes de detenernos en la conquista del poder político, realicemos un apunte de sus primeros años en Córcega a mediados del siglo XVIII. Los primeros años de nuestro estadista se desenvuelven en un ambiente que, si no es de abundancia, sí de cierta estabilidad y respetabilidad familiar; un tiempo en el que gozó del afecto que le dispensaba su ama de cría, una tal Camilla Illari, pues su madre Leticia siempre manifestó una acentuada predilección, ante la desesperación del propio Napoleón, por su hermano mayor, José. Esto llevaba al joven Bonaparte a tratar de llamar su atención por cualquier medio posible; y, evidentemente, no todos ellos eran acertados, terminando en frecuentes castigos y penas. Los años revolucionarios de 1789 a 1793 son, en cualquier caso, difíciles de seguir, al estar marcados, seguramente como los propios acontecimientos, por la improvisación y cierta anarquía. La ocasión para demostrar su valía y su lealtad al nuevo orden se le presenta al encomendársele el mando de la artillería en el asedio de Tolón, que había sido tomada en los levantiscos tiempos de 1793 por la flota inglesa. Napoleón recobra el puerto de la ciudad en diciembre de 1793 y se le nombra general de brigada y comandante en jefe de la artillería del Ejército de Italia, iniciando lo que será, a partir de ese momento, una imparable carrera militar. Pero otra vez, las pruebas y dificultades seguían acechándole. El régimen termidoriano, que había puesto fin al jacobinismo radical, tras el golpe de Estado del 9 al 10 de Termidor, veía con recelo a nuestro apuesto militar. Las alteraciones políticas que sufre el país a partir del mes de marzo de 1797, con la segunda de las guerras contra la Francia de la Revolución de 1789, confirman su llegada gracias a la hábil conspiración de Sieyès. Ya había alcanzado la base del ascenso que le permitiría cumplir su deseo: aglutinar el poder de Francia. De entonces hay un lienzo espléndido y habitualmente reproducido, del pintor francés Antoine- Jean Gros, en el presente caso de forma justificada en la pintura de la época. El artista, nacido en 1771 en Bas- Meudo, cerca de París, está considerado como uno de los precursores del romanticismo francés. Igual que le sucedería, como veremos, a Ingres, fue discípulo de David. Después de desplazarse a Roma en 1793 por razones políticas, conocerá a Bonaparte en 1796 en la ciudad de Milán, quien se encontraba al mando de las tropas militares. En 1799 regresará a Francia, donde desarrollará una importante labor artística. El cuadro que recogemos, Napoleón en Arcole, óleo sobre lienzo, 73 x 59 cm, Museo del Louvre, es la primera de las obras que ejecutó por encargo de Napoleón, y gracias a la cual obtuvo su designación como inspector de víveres. El retrato está fechado en 1796 La pintura representa el momento en que Bonaparte asalta el puente de dicho nombre, que se encontraba sitiado por las fuerzas austríacas, si bien el artista se centra sólo en plasmar el semblante del futuro emperador de Francia, desentendiéndose del ambiente de la batalla (16- 17 de noviembre) Un rostro atrayente, dominador, al tiempo que bello de facciones y que, de formar parte de su tropa, todos seguiríamos. Gros forma parte, junto con Girodet, Gérard, Guérin, Ingres y el miniaturista Isabey, del grupo de los principales discípulos del neoclasicista David. Como su maestro, él también consiguió erigirse en pintor imperial de Bonaparte. Más hábil políticamente que David, que manifestaba reparos iniciales por adscribirse a la nueva causa napoleónica, abrazó inmediatamente la estela del emperador. Gros, no hay duda, es un publicista atento e inmediato, diríamos en palabras de hoy, de Napoleón Bonaparte. Y en este sentido hay que entender la realización de otros encargos, pensados y ejecutados por y para realzar la figura del gran hombre. Éste es el caso de la magnífica composición de Napoleón visitando el Hospital de apestados en Jaffa, de 1804, donde se reproduce una escena de la campaña de Egipto. Asimismo, debemos resaltar otro lienzo de semejante factura e intenciones, La batalla de Eylau, fechado en 1807 y que rememora un feroz choque entre las tropas francesas y rusas en el mes de febrero de ese mismo año, que terminó en tablas entre ambos bandos rivales, con un elevado número de bajas para las dos formaciones. Pero para eso está la pintura de historia, debió de pensar Gros. Las tablas se transformaron en una brillante y espectacular victoria. Y del mismo tipo sería también el cuadro La batalla de las Pirámides, librada el 21 de julio de 1798, de quien fue calificado por su asombrosa paleta el Homero de la epopeya napoleónica encumbrando la figura del egregio militar y conquistador de Oriente. O la anterior La batalla de Nazaret, fechada en 1801 y ejecutada al presentarse el pintor a un concurso público para conmemorar una de las victorias del mariscal Junot contra las fuerzas turcas. Una obra de corte romántico, que hacía las delicias de Géricault y Delacroix. Título: La mirada del poder. De Gengis Jan a Churchill. Diez semblanzas históricas Autor: Pedro González- Trevijano Editorial: Temas de Hoy Páginas: 520 Fecha de publicación: 14 de febrero