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60 Los domingos DOMINGO 5 2 2006 ABC PREPUBLICACIÓN. Pedro González- Trevijano, catedrático de Constitucional y rector de la Universidad Rey Juan Carlos, ha escrito La mirada del poder. De Gengis Jan a Churchill. Diez semblanzas históricas (Ed. Temas de Hoy) que incluyen las de españoles como Fernando el Católico o Carlos V... Si la detallada biografía de cada personaje es interesante, lo es más el análisis de su aportación. Aunque lo más original del ensayo es la utilización del arte como prueba de la evolución de las figuras seleccionadas. Esos retratos, esa herencia estética, nos ayudan a ver el rostro real de personalidades que ya son historia, aunque muchos de sus gestos se sigan declinando en presente Napoleón Bonaparte Ha blar de Nabulione, Buonaparte, Bonaparte, Napoleón y Napoleón I, cualquiera que sea el nombre para referirse a él, es hacerlo de un sol, de un nuevo Alejandro Magno, Aníbal, César o Carlomagno, de un personaje histórico transformado en mito político y heredero, en cuanto tal, de todo el conglomerado de la renovatio Romani imperi, por más que éste fuera quien disolvió el Sacro Imperio Romano Germánico en 1806, al día siguiente del triunfo en Austerlitz Dicho en otras palabras, estamos ante figuras, como las que se recogen en esta obra (Fernando el Católico, Carlos V, Washington, etc. epocales es decir, que fundan las bases de un nuevo orden. Su atracción por las matemáticas, su dominio de las lenguas griega y latina, el estudio de biografías y el placer por la literatura son bien conocidas. Aún muy joven escribe varias obritas, como Réflexions sur l état de nature, impregnada de los planteamientos de Rousseau, Dialogue sur l amour, Le souper de Beaucaire, en el que se defendía con ardor la unidad de Francia frente a los federalismos, y ya durante su cautiverio en la isla de Santa Elena, redactará el Mémorial de Sainte- Hélène, donde hace una apología de su persona y su vida pública. Según nos relata James Westfall Thomson, la biblioteca portátil de Napoleón se encontraba integrada por un millar de volúmenes, guardados en maletas de cuero forradas con terciopelo verde. De las obras españolas se tiene constancia de El Quijote, La Celestina, libros de Quevedo, Gracián, y las historias de Carlos Coloma, Hurtado de Mendoza, el padre Mariana y Solís, aunque nuestro estadista entendía poco el castellano. Además, cuando comienza la campaña de Egipto, se hace acompañar de personalidades de su tiempo que lo seguirán en su aventura: sabios como Dolomieu, Monge, Geoffroy, Saint- Hilaire, Berthollet, etc. el dibujante Denon, destacados médicos como Dupuytren, Dulac y Leclairol, o literatos como Arnaud y Parceval. Con el mismo ánimo, Napoleón procederá a nivel nacional a la reorganización de las estructuras administrativas, poniendo los cimientos de la moderna administración. Todo le parece poco. Todo se le antoja necesario, para que Francia se convierta de un impulso en un Estado más moderno que su rival británico Y en esta tarea iría más allá: pavimenta carreteras, tiende puentes y funda la Legión de Honor el 19 de mayo de 1802, después de poner fin a las prebendas medievales y superar los recelos iniciales que veían la decisión como contraria al principio de igualdad; reorganiza la administración financiera de Francia, a través de la Ley de 30 Brumario (21 de noviembre de 1799) con la creación de cuerpos jerarquizados de preceptores, recaudadores y tesoreros; instituye las antes citadas prefecturas (17 de febrero de 1800) impulsa las escuelas estatales o lycées (1 de mayo de 1802) funda el Banco de Francia el 6 de enero de 1800 y las Cámaras de Comercio en 1802; pone la primera piedra de la Universidad imperial en 1806, colocando a su cabeza a un hombre de letras y de prestigio como era Louis Fontanes; impone la obligación de los depósitos y archivos administrativos; lega el patrón bimetálico o franc de Germinal (28 de marzo de 1803) y fomenta la industrialización que se consolidará en el siguiente siglo, etc. Al mismo tiempo, en el campo del Derecho público se- Gros más hábil políticamente que David, que manifestaba reparos iniciales por la causa napoleónica, abrazó inmediatamente la estela del emperador. Gros, no hay duda, es un publicista atento e inmediato, diríamos en palabras de hoy, de Bonaparte rá catalizador de lo que conocemos como el recurso contencioso- administrativo, es decir, un mecanismo que permite el enjuiciamiento de los actos de las administraciones, y que Napoleón atribuirá a dos órganos diferenciados: el Consejo de Estado, en lo central, y los Consejos de Prefectura, en los departamentos, y es que, dirá García de Enterría, la historia del recurso contencioso- administrativo corre, paradójicamente, con la historia de la centralización: son los jacobinos, primero, los autores del famoso centralismo revolucionario... y es Napoleón, más tarde y definitivamente, el gran constructor del Estado centralizador francés moderno, modelo para toda la Europa del siglo XIX, y que dista aún de haber perdido actualidad En efecto, Napoleón incide directamente en la fijación de los valores estéticos de su reinado y, en particular, de los arquitectónicos, para lo que un llamado Conseil des Bâtiments Civiles supervisa las obras. En dicha labor destaca el papel jugado por una persona de su completa confianza, Louis Bruyère, que es designado director de obras de París en 1811. A él se añadirían los nombres de los dos arquitectos del régimen bonapartista por excelencia: Pierre Fontaine, que se erige desde el año de 1813 en el principal de sus arquitectos, y Charles Percier, quienes iniciarían una tarea en común durante más de treinta años. Y si éstos son sus talentos, que ennoblecen su paso por la historia, qué mejor que los cuadros de historia para resaltar su personalidad, su capacidad de dirección y mando. Y, desde luego, no era posible encontrar para tal fin un mejor retratista que Jacques- Louis David. Nadie como David para plasmar a la par grandeza y genio. Primero, el cuadro que le representa como general victorioso, cual un nuevo Aníbal, cruzando los Alpes en Grand- Saint- Bernard, en 1800. Después vendría la explosión final con su coronación como emperador por el papa en 1804 y su retrato de gabinete como hombre de Estado. Napoleón, basta con observar los tres cuadros con cierto detalle, es consciente de la trascendencia de la apariencia. Su impresionante figura a caballo en el primero de los óleos no desmerece, aunque desde luego no posee la misma calidad, la grandiosidad del retrato pintado por Tiziano, Carlos V en la batalla de Mühlberg, en 1548. Disfruta de la misma majestuosidad, pero añade un componente más: su aspecto desafiante. Estamos en 1800, desde 1799 detenta el puesto de Primer Cónsul. Pero esta situación de poder le resulta claramente insuficiente. Más tarde llegaría su nombramiento en 1802 como cónsul vitalicio y, por fin, emperador en 1804. Por eso, en el retrato de su coronación ya no existe esa pose desafiante: ha logrado el poder absoluto. Él es ya el único poder en Francia. Por ello no deja de ser significativa la acción simbólica en la historia francesa de retomar sus cenizas en los tiempos de la restaurada monarquía de julio, o la convicción de los doctrinarios de la contrarrevolución, como Joseph de Maistre, de presentar la Revolución como una expiación querida por Dios, al tiempo que Napoleón es encumbrado como un instrumento de la Providencia divina. Providencia que extendería más allá de Francia, al coronarse rey de Italia ciñéndose la simbólica y anhelada corona de hierro, el 26 de mayo de 1805. Para casarse con la archiduquesa María Luisa, hija del emperador de Austria