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ABC SÁBADO 4 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA CULIPARLANTES ONOCÍ a un diputado en Cortes al que llamaron la atención sus jefes por trabajar demasiado. Se había tomado en serio lo del mandato imperativo; era un estajanovista de las preguntas e interpelaciones, y los fines de semana iba por su provincia hablando con los electores. El aparato de su partido le pidió que moderase su actividad porque ponía en solfa la de sus compañeros. El hombre, abrumado, bajó el diapasón y se limitó a ir a las comisiones, votar en los plenos y pasar el rato leyendo la Prensa. Los parlamentarios, me decía preso de mala conciencia, somos las únicas personas que hablamos con el culo. Erraba: algunos de sus colegas llegaron a votar con los pies. Cada cierto tiempo, IGNACIO de modo recurrente, se CAMACHO reactiva el debate sobre los salarios de sus señorías. El presidente del Congreso, Manuel Marín, lo ha vuelto a plantear de modo indirecto al colgarlos en la web, en un gesto de transparencia que le honra, sobre todo porque él resulta de largo el mejor retribuido. La escala salarial de los padres de la patria es variopinta y, en su tramo más bajo, hasta se podría considerar modesta. A cambio, la exigencia laboral es mínima, tienen dos meses de vacaciones- ¿se puede permitir España un parón legislativo de todo enero? -y la pensión máxima asegurada con dos legislaturas en el escaño. Además, el oficio requiere poca cualificación: el único requisito indispensable es la obediencia a los aparatchiks que hacen las listas y ordenan con los dedos el sentido del voto. Es verdad que hay gente que pierde dinero, pero se trata de una minoría y raras veces se producen renuncias. La mayor parte de sus señorías, que por cierto jamás ha subido a la tribuna, no tendría más ingresos en su trabajo de origen. Por eso no se quejan: la vida en la enseñanza, en la sanidad, en las oficinas, es muy dura, muy desagradecida y no ofrece las mismas compensaciones intangibles ni proporciona prerrogativas y relieve social. La política española no da en manera alguna para hacerse rico- -honesta y legalmente, quiero decir- pero si de verdad fuese una tarea mal pagada no habría guantazos cada víspera electoral, ni empujones cada vez que se forma Gobierno. El 60 por ciento de las declaraciones de la renta en España está por debajo de los 18.000 euros anuales. Y de las pensiones, mejor no hablar. El sentido de la ejemplaridad de la política ha de partir de la conciencia de las condiciones de vida de los ciudadanos, que perciben a la clase dirigente como una casta de privilegiados chamanes. No hace falta ir, como en la Roma antigua, de la magistratura al arado, pero tampoco conviene olvidar que el pueblo soberano, además de pagar los impuestos que sostienen el tinglado, tiene que arar cada día con yuntas bastante más incómodas. C REÍRSE DE DIOS IGO con fruición las evoluciones de la polvareda mediática provocada por la publicación de las caricaturas de Mahoma en un periódico danés. Será una ocasión formidable para comprobar- -una vez más- -la debilidad de Occidente, su incapacidad para defender los valores que pomposamente proclama, y también una oportunidad regocijante para desenmascarar la cobardía de ciertos valentones que no tienen rebozo en hacer escarnio de la religión... siempre que la religión escarnecida sea la cristiana, por supuesto. La primera reacción occidental ante la condena decretada por los fanáticos islamistas ha consistido en afirmar que la libertad de expresión es sagrada. Declaración grandilocuente e inexacta, pues la libertad de expresión debe estar sometida a otros derechos más elementales, cual es la propia dignidad del hombre. Del mismo modo que la libertad de prensa no JUAN MANUEL puede amparar la descalificación DE PRADA gratuita y calumniosa de personas e instituciones, tampoco creo que deba proteger a quien agrede las creencias religiosas de una parte de la sociedad, pues dichas creencias forman parte del meollo mismo de la dignidad humana. Naturalmente, que la libertad de expresión no justifique el exabrupto pedestre o chabacano contra tal o cual religión no significa que no se pueda ironizar sobre la religión, o satirizar las imposturas de sus fieles y jerarquías. Estas declaraciones grandilocuentes sobre la libertad de expresión ya han empezado, sin embargo, a ser sustituidas por palinodias medrosas. Diversos mandatarios de organismos internacionales han reclamado sensibilidad hacia otras comunidades religiosas (pero la inclusión de ese otras quizá presuponga la existencia de una que no merece tal sensibilidad) o han recordado que la libertad de expresión debe respetar las creencias religiosas Sor- S prende que estos apóstoles del respeto y la sensibilidad no se preocupen de alzar su voz cuando la religión cristiana y sus símbolos son sistemáticamente vejados; quizá no les preocupe tanto el atropello de los sentimientos religiosos como la reacción que dicho atropello pueda originar entre los adeptos de la religión escarnecida. Y a esto se le llama, pura y simplemente, miedo. Si mañana surgiese un grupúsculo de fanáticos cristianos que amenazase con liquidar a quienes se atrevan a escarnecer sus creencias comprobaríamos que todos esos zascandiles que han convertido la religión cristiana en la diana de sus invectivas enmudecerían de inmediato. Como dichos zascandiles saben que tal cosa no ocurrirá, pueden entretenerse ofendiendo impunemente los pacíficos sentimientos religiosos de los cristianos, incluso pueden permitirse el lujo de posar ante la galería como gallardos transgresores. Así, por ejemplo, en España, durante los últimos meses, se han estrenado- -con subvenciones públicas- -obras de teatro blasfemas, se ha mostrado en televisión cómo se cocina un Cristo, se ha paseado en manifestaciones encabezadas por representantes del Gobierno una muñeca Nancy crucificada. También, por supuesto, se ha permitido la caracterización en diversas series y programas televisivos de los católicos como meapilas casposos, reprimidos sexuales y no sé cuántas lindezas más. Nuestro Código Penal tipifica los delitos contra los sentimientos religiosos; pero, por lo que se ve, la aplicación de la ley penal se suspende cuando la ofensa se infiere a determinada confesión religiosa y a quienes la profesan. No les quepa ninguna duda: tras las exaltaciones de la libertad de expresión, tras las palinodias medrosas, se acabará pidiendo perdón- -si hace falta, de rodillas- -por haber zaherido los sentimientos de otra comunidad religiosa. A los valentones que posan de transgresores siempre les quedarán, como dianas de sus invectivas, el Dios de los cristianos y sus pacíficos adeptos.