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ABC SÁBADO 4 2 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ¿FUMABA MOZART EN LOS CAFÉS DE VIENA? Si el XX, en vez de un siglo wagneriano (y dodecafónico luego) hubiese sido mozartiano, otro gallo nos cantaría. Y si en vez de un siglo nietzschiano (y deconstructivo luego) hubiese sido... Mejor dejémoslo... E N la mayoría de cafés de la Viena mozartiana estaba prohibido el tabaco, como lo estaba fumar en la calle o en los restaurantes. Sólo en las tabernas más barriobajeras se permitía esa licencia oriental. Pero el Estado austríaco tenía el monopolio de su fabricación y había prohibido la importación de tabacos extranjeros, obligando a sus provincias adriáticas al consumo de cigarros austríacos. El boicot a esos cigarros, por ejemplo, sería años más tarde uno de los primeros signos de emancipación italiana. Lo cuenta Marcel Brion en su libro sobre la luminosa Viena de Mozart y la Viena de Schubert- -aquella que sitiaron los jenízaros de Murat y en cuyos salones el Congreso se divirtió tanto- confirmando una vez más que la Historia es una galería de espejos, y el hombre alguien al que se le va la luz mientras pierde el tiempo maquillándose. En esa Viena de Mozart se bebía mucho café y los animales exóticos eran atracción muy festejada. Se habían visto avestruces, elefantes, loros multicolores, camellos y hasta un armadillo, y se organizaban peleas de lobos, osos y leones. Pero apenas se podía fumar públicamente. Los simios y sus cabriolas gimnásticas ocupaban un lugar predominante entre las aficiones zoológicas del vienés. Como la música y, ahora, los aniversarios mozartianos que desde allí nos invaden, con la duda de si la globalización del buen gusto es su celebración o su banalización. nte la pregunta de Steiner, ¿Tolstoi o Dostoievski? ¿Mozart o Bach? uno siempre ha pensado en Tolstoi y en Bach. Pero así como la solución al primer caso es contundente, el segundo te deja con la sensación de ser un desagradecido. Desagradecido por tantas horas de emoción e impagables analogías y estrategias para la vida. Los aniversarios, al menos, impiden que esa sensación de desagradecimiento permanezca, tan grande es el disparate. Hace unos días los miembros del Instituto Forense de Innsbruck anunciaron su próximo dictamen sobre el cráneo de Mozart- ¿es el suyo, o no? -que se conserva en una vitrina vienesa, envuelto en una bandera austríaca. La necrofilia museística, ya saben, tan parecida a veces a las fiebres conmemorativas. Es curioso: Mozart acabó en la fosa común; no hubo monedas suficientes para su tumba. Las había dilapidado, como la fama. Pero el tiempo es un buen embalsamador; no sé si justo, pero sí generoso. Tanto como avara suele ser la contemporaneidad. Al entierro de Mozart- -cuentan que era un día muy frío, y la nieve una cortina espesa sobre Viena- -no pudo asistir ni su mujer. Sólo un perro acompañó al carromato. Sus huesos tuvieron un pudridero plebeyo, ajeno a su música. Si pensamos en el destino del cadáver mozartiano podemos deducir que ese cráneo tal vez sea el de un calderero, o el de un valet de palacio enfermo de tifus, que acabaron, ambos, en la misma fosa común. El Instituto de Innsbruck nos sacará de dudas en breve, por si las tuviéramos. Como hizo la Policía respecto al robo del salero de Cellini, supongo. O quizá esperen otros cincuenta años para volver a hablar de ese cráneo cuando se cumplan los tres siglos de su nacimiento. Ya puestos... cheas, ni clavicémbalos, ni arias de cristal, pero vida. H P A ero mientras tanto- -mientras evocaba al armadillo de Viena y los osos de los gitanos húngaros y los simios gimnastas- -he recordado otro episodio en el que Mozart también fue de cráneo. Había en el siglo XIX un cráneo expuesto en otra vitrina, sobre el que alguien había grabado la palabra mozart También había banderas y flores a sus pies, muchas flores. Y a finales de ese siglo, cuando Viena bailaba sus últimos valses y en Berlín el Káiser sonreía como un gato ante un plato de sardinas, el cráneo desapareció. Nadie supo si el robo lo había cometido un melómano perverso, un iconoclasta o un fetichista con aficiones hamletianas. Nadie supo nada más de ese cráneo. Y el gato del Káiser se abalanzó sobre el plato de sardinas europeas y Francia fue una morgue envuelta en gases mortíferos y luego se firmó el Tratado de Versalles y en Rusia se encharcaron en la revolución más sangrienta. Nadie recordaba ya ese primer cráneo de Mozart. Y volvió a estallar otra guerra y toda Europa fue una gigantesca fosa común- -lo fue hasta el aire, tan mozartiano- -y aún hoy padecemos ciertas amnesias, peligrosas amnesias, fruto de la imposibilidad de retener tanto horror en la memoria. Aquel cráneo desaparecido sólo era uno más entre millones con nombre y apellidos y una vida detrás. Sin cor- asta que llegó el Año Mozart de 1991, ¿recuerdan? y pasaron los meses y unos niños que jugaban en San Petersburgo- -antes Leningrado, antes Petrogrado, antes San Petersburgo: la afición del tiempo a cerrar círculos de humo alrededor de las revoluciones- -descubrieron un cráneo con la palabra mozart grabada en el parietal. La prensa se hizo eco del hallazgo: era el cráneo desaparecido. Pero luego habló la ciencia y la ciencia suele tener un humor más fino que el fetichismo. Tiene incluso cierta crueldad fría, la ciencia, si eso no es una redundancia. Tras un minucioso estudio de la calavera, el comité de forenses y antropólogos dictaminó: El cráneo que lleva inscrita la palabra mozart no es el cráneo de Mozart, sino el de un orangután que vivió a finales del siglo XVIII Y pese a que en la película Amadeus se nos había representado a un Mozart más parecido a un tití de Malasia cruzado con un lemur de Madagascar, quedó claro que no había ninguna relación entre ambos cráneos. Olvidando, claro está, que sí podía haberla, que tal vez ese orangután que recaló en Viena había sido enterrado en la misma fosa que Wolfgang Amadeus Mozart una mañana en que la nieve caía de tal manera que no dejaba ver la calle. Pero consuela saber que cuando se adora un cráneo, éste acaba siendo el de un orangután. Como consuela saber que tampoco Mozart podía fumar en los cafés de Viena, ni en sus restaurantes, ni en la calle siquiera, aunque nevara. ¿Quizá unos pellizcos de rapé? Cuando el teatro donde se celebraban las peleas de animales ardió, éstas acabaron prohibiéndose, pero los simios gimnastas continuaron actuando entre aplausos y uno de esos simios acabó con la palabra mozart grabada en el parietal. ¿La burla de un compositor celoso? No creo. Y en cambio sí hay algo de burla cadavérica en estas celebraciones masivas que le dejan a uno tan aturdido: un raro espejismo en la historia del siglo XX y lo que va del XXI- -tan poco mozartianos- Porque si el XX, en vez de un siglo wagneriano (y dodecafónico luego) hubiese sido mozartiano, otro gallo nos cantaría. Y si en vez de un siglo nietzschiano (y deconstructivo luego) hubiese sido... Mejor dejémoslo. O regresemos a Steiner: ¿Mozart o Bach? Bach, porque su música no es de este mundo. La de Mozart, en cambio, sí. Por eso la celebramos: es el mejor espejo que hay en la casa, el que más nos embellece. Ante él estamos ahora, con tanto aniversario, cuando lo que en verdad celebramos, me temo, es que Mozart no podía fumar en los cafés. Hasta que la luz se apague. JOSÉ CARLOS LLOP Escritor