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ABC JUEVES 2 2 2006 61 FIRMAS EN ABC rio de justicia distributiva promocional. Otra cosa son las entidades privadas, las empresas y las Fundaciones. Cada uno con su dinero puede hacer lo que quiera. Ellos sí pueden buscar la excelencia y la visibilidad, aunque hay que decir que, en muchos casos, dejan bastante que desear. Recuérdese que hace solo algunos años, hablar de una Fundación en España imponía respeto y admiración. Cuando se proponía un proyecto o se pedía una ayuda de cualquier signo, había la seguridad de que, si la acogían, se solucionaba un problema real, del que uno se quedaba agradecido de por vida, por la autoridad moral de quien la concedía y el reconocimiento de a quien se le otorgaba. No está de más decir que hoy, la mayor parte de estas Fundaciones están desprestigiadas, o, más bien, se han convertido en mendicantes. Siempre se ha entendido que una Fundación es un patrimonio al servicio de una idea. Ahora es lo contrario: una idea al servicio de un patrimonio. Hace algunos años estuve en Estados Unidos a estudiar el movimiento fundacional y, en mi ingenuidad, cuando les dije que ya por entonces, en nuestro país, había del orden de dos mil fundaciones, se quedaron sorprendidos y, con sorna, me hicieron ver que España era un país admirable con un enorme carácter filantrópico. Ellos llamaban Fundaciones a lo que de verdad debe de ser una fundación, pensando en esas cuyo capital social y el presupuesto destinado a actividades sociales y promocionales, tenían un numero de ceros, en dólares, que nada más ver la cifra, deslumbraba. Por otra parte, sabido es, que en muchas ocasiones, las grandes Fundaciones, Bancos y empresas importantes, vienen financiando en buena parte, proyectos culturales promovidos por las Administraciones Públicas, a la que se sienten condicionados directa o indirectamente, con lo cual dejan de financiar otras actividades de la mas propia sociedad civil. El objetivo para la promoción cultural de los pueblos de España no está en un dirigismo a ultranza de costosos proyectos caídos del cielo, sino haciendo posible la convivencia en un entorno de cultura general, basado en la idiosincrasia de cada pueblo, sin partidismos políticos, dejándoles a ellos, a su tercera edad y a su juventud, facilitándoles los medios que ellos mismos administren y orientándoles en una escalada masiva de valores contrastados. Lógicamente, todo esto que les cuento se podría haber dicho de manera más solemne y menos caústica, empleando términos y conceptos tales como la cooperación integrada, las redes de interlocución e interacción, las iniciativas cogestionadas, las identidades colectivas o la homogeneización de la globalización, conceptos sobre los que se pueden escribir tochos enormes, pero quiero pensar que los posibles lectores agradezcan mi intento de escribir para que se me entienda. Y, ya que he empezado este artículo con una ocurrencia personal, no quiero terminarlo sin una dedicatoria final, destinada a mi amigo Mario Antolín, hombre de teatro y galerista, reciente y tristemente desaparecido, con quien he tenido, a propósito de todo esto, conversaciones deliciosas hablando de tanto pillo a los que él, tan certeramente, calificaba como trepas culturales JOSÉ ANTONIO MESA BASÁN ESCRITOR DE LA PROMOCIÓN CULTURAL Algunos insisten en que la solución a sus problemas estructurales se puede encontrar en esas industrias culturales, parte muy mínima del sector servicios... RÉANME que el título de este artículo era Promociones Culturales Pepito S. L. pero mi mujer, a quien leo mis colaboraciones antes de mandarlas al periódico, ha torcido el gesto y, claro, me decido a cambiarlo. Ya se sabe, uno nace donde nace y a uno le entierran en el pueblo de su mujer. Pero vamos al grano. En España- -empieza a costar trabajo saber qué decimos al escribir esta palabra- -se ha puesto de moda la cultura, lo que la gente llama cultura, y por eso lo que abunda es la fiebre por crear empresas culturales, denominadas por algunos más expertos, industrias culturales. Para mí tengo que Europa nos empuja a ello, que bien le viene, pero ello requeriría un análisis profundamente serio. Por cambiar, nos están cambiando hasta las denominaciones más arraigadas. Hasta ahora, en las regiones desfavorecidas, hablábamos de desarrollo agrario, mientras que hoy se habla de desarrollo rural, creándose una auténtica confusión, pues, mientras el primero es factor determinante, el segundo es consecuencia resultante. De ahí, que cuando si se pide al iniciado de turno alguna aclaración, ya no la dan, porque, en definitiva, nadie sabe cómo se concreta eso. Señalan cuatro o cinco posibilidades de pequeñísima monta, a la que tratan de incorporar a unos pocos lugareños que no saben a qué dedicarse y que se autoengañan creyendo que están descubriendo el mediterráneo. Todo como muy bonito, personalizado, bucólico, y de alta calidad de vida, basado en que la empresa son ellos, dueños de su propio destino. Pues bien, salvo en algunos casos, todo eso, a la corta más que a la larga, se está quedando en nada, por lo que empieza a despertar nuevamente la desilusión. Y, digámoslo ya de una vez, en términos económicos ese planteamiento que, alcil es el continente y lo complicado el contenido. Encargar el proyecto y posteriormente la obra, puede tener sus ventajas, y, desde luego, visibilidad tiene, sobre todo, la del acto inaugural al que se invitan a las más relevantes autoridades y si puede ser en fechas preelectorales, tanto mejor. El continente, rellenar esa edificación de actividades acordes a la inversión e importancia del llamado centro cultural, es otro cantar. Hoy día se expone, se representa, se publica, se premian, auténticas naderías aupadas en la subvención. Pero, en todo caso, no está ahí lo peor, sino en el mismo error conceptual que tales planteamientos comportan. En nuestro país, que estamos a niveles bajísimos de motivación cultural, lo urgente es buscar la participación masiva de las gentes para su disfrute y promoción, lo que requiere, formación a raudales, locales de convivencia a tenor de lo disponible, que los hay y desaprovechados, aulas pequeñas e intercambios personales para los protagonismos solidarios, que son los que ahorman la sociedad. Todo lo demás, se reduce a exhibicionismo propio de países autocráticos. Me viene el recuerdo de los muchos comentarios oídos durante mi etapa universitaria, en la que, cuando nos visitaban representantes académicos europeos e incluso norteamericanos, se quedaban sorprendidos de nuestras Universidades Laborales y Colegios Mayores, cuya magnificencia les aturdía. En esos países desarrollados, sus centros de formación profesional, sus residencias de estudiantes, eran mucho más modestas, salvo algunos casos, justificados por la historia y la tradición. Lo que ellos construían eran centros y residencias económicas, llamadas de ladrillo rojo pero que daban albergue y acogida a miles de estudiantes y trabajadores y no sólo a privilegiados, porque ellos sabían que la excelencia viene sola, cuando se dispone de una extendida base piramidal. El Estado, la Administración pública, con el dinero directo del contribuyente, -me decían- debe de ir a lo masivo, por un elemental crite- C gunas veces, en el ámbito familiar puede dar resultado, cuando se plantea genéricamente a escala comarcal, provincial y no digo ya regional, es un auténtico desastre. Miren ustedes, la economía, la que hemos estudiado es y será siempre la economía, y ésta, nos pongamos como nos pongamos, tiene tres sectores productivos: agrícola, industria y servicios. A los que añadir algún otro, cierto, pero de mucho menor efecto multiplicador, que es lo que de verdad, cuenta. Sin embargo, en varias regiones españolas, Comunidades autonómicas incluso, algunos insisten en que la solución a sus problemas estructurales se puede encontrar en esas industrias culturales, parte muy mínima del sector servicios, y de retorcida terminología, porque la industria, que se sepa, hace referencia a los objetos y a la materia, y, por el contrario, la cultura lo es para las ideas y el espíritu. Quienes nos hemos dedicado toda la vida a ese mundo de la cultura, estamos realmente sorprendidos de tanta iniciativa, tanto proyecto y tanta producción, y que nadie vea un recelo competencial, que no va por ahí, sino por el temor al advenedizo, que por falta de formación y de experiencia, se cree que en este campo de la cultura todo es posible, todo vale y todo el monte es orégano. La clave está, a mi juicio, en las subvenciones que, efectivamente las hay, y se dan como churros. Estamos en el momento de lo inmediato, de la visibilidad, del sponsor de lo fácil, de la rentabilidad política, del voto y del ja, ja, ja. Desde hace algunos años, la respuesta a ese reto cultural es desmesurada. No hay nada más que pasearse por algunos centros culturales para darse cuenta. Se han construido importantes edificaciones bajo tal denominación, sin pensar que lo fá- SANTIAGO TENA ESCRITOR AL MUNDO ENTERO A CABAN de llamar a la puerta. Apenas le he abierto la mirilla a un hombre de barba que no tenía nada que hacer en esta casa a las doce y media de la noche, y apresuradamente he echado todas las llaves y he dejado a Chelo de guardia en el salón, mientras yo escribo aquí al lado. Le he prometido que hoy duermo en el sofá. Y en este aspecto, aunque a uno se le pueda ocurrir escribir las cosas más bonitas sobre el amor y la caridad y el per- dón, la verdad es que la vida sigue su curso y nuestras costumbres no distan tanto de los que van un poco menos de espirituales, pero ese problema lo tengo resuelto con mi apoyo incondicional al corazón, pues tal apoyo me libera de cualquier tipo de obligación o de deber preestablecido, y solo me pide hacer en cada momento lo que en ese momento piense o más bien sienta que es mejor hacer. El otro día mi amiga Cristina me decía que ella siempre hace lo que siente, y me lo decía con letras muy grandes, y quisiera yo poder presumir de lo mismo, pero de lo que sí puedo presumir en las últimas semanas es de haber ganado una seguridad que antes no tenía, seguridad que yo achaco a haber encontrado una manera fiel y disfrutable de encontrar un rebote más que aceptable a cada ráfaga de sentimientos que pongo por escrito. Cada mañana me encuentro un mínimo de veinte mensajes en mi correo electrónico, y ninguno o apenas ninguno publicitario, apenas ninguno de invitación a tal o cual recital. La mayoría, casi todos, los que rebotan desde palabras como estas que en realidad quisiera hacer llegar al mundo entero, que ya he encontrado una manera demostrable de hacer que lleguen al mundo entero. ¿A que sí?