Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES 2 2 2006 Cultura 59 MEMORIA DE ALFONSO DE LA SERNA GONZALO ANES DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA A noticia de la muerte de Alfonso de la Serna me causó sorpresa y dolor. Sorpresa, porque la fragilidad de Alfonso y su poca salud en estos últimos años, que él sobrellevaba con una paciencia complaciente digna de admiración, parecía que las iba a conllevar siempre. Era previsible que nos sobreviviese a todos sus amigos por esa mala salud que exige orden y que asegura larga vida a quienes perseveran en cuidarse. Su muerte me causa dolor, por el buen amigo que era, por no volver ya a disfrutar de su conversación, de su sabiduría y de su buen hacer natural, perfeccionado al máximo posible durante toda su vida, como hijo de familia, como notabilísimo diplomático y como esposo y padre ejemplar. Le gustaba escribir y dio muestras de su gran valía literaria en importantes libros y en excepcionales artículos que publicó en la prensa diaria, como muestran sus geniales y bellísimas Terceras que tanto enriquecían al periódico ABC. Como buen escritor, era lento en decidir cuándo, cómo y sobre qué iba a tomar la pluma. Nunca se comprometía a escribir si se le insinuaba lo conveniente de que publicase una página sobre algún amigo común, sobresaliente por su sabiduría o por su ingenio. Cuando murió la excepcional Mercedes Ballesteros (la baronesa Alberta de La Codorniz y, además, gran escritora) le incomodó que se le quisiese comprometer a escribir sobre ella. No obstante, a los pocos días, publicó en ABC un magnífico artículo en el que supo valorar, con calidad suprema literaria, a la gran mujer que fue Mercedes Ballesteros. Ocurrió lo mismo con su amigo Emilio García Gómez, eminente arabista. A los cuarenta días de la muerte del maestro- -el 10 de julio de 1995- -escribió una Tercera con el título Don Emilio de Granada. Justificó la demora por haber necesitado que pasara algún tiempo para alejarse de la consternación de la muerte súbita, por haberse sentido incapaz, cuando recibió la triste noticia, de escribir el artículo necrológico que se le había solicitado. A los cuarenta días de la muerte, según la tradición islámica árabe, la familia del finado en reunión íntima, familiar y amistosa, -en el Al- bain- -se reza, se leen palabras del Corán y se recuerda al muerto con amor y sin lágrimas. Esto quiso hacer él con su amigo y maestro, recordándole en Marruecos, siendo Alfonso de la Serna embajador de España allí: recuerdos que le llevaron a rememorar la melancólica necrópolis de Chella, los patios de la medersa de Salé, de la época de los sultanes banu marín, o benimerines, tan semejantes a las edificaciones y espacios de la Alhambra, por la elegancia de su arquitectura y por sus finísimos estucos; o la ciudad de Fez, para García Gómez semejante en tantas cosas a Granada, sobre todo en su historia, y hermanadas las dos ciudades hasta en su comple- L mentariedad topográfica: la Alhambra en un cerro que, vuelto al revés, podría encajar en la hoya de Fez, con su caserío gris- verdoso integrado en el valle. Alfonso de la Serna fue un humanista capaz de profundizar en los más variados temas, históricos y culturales. Supo siempre, además, expresar las ideas que formulaba ante edificios, obras de arte, realidades sociales y políticas con una profundidad opuesta a la ligereza del diletante. Así, por ejemplo, su ingenio e intuición al explicar el significado de las dos estatuas de los emperadores inca y azteca Atahualpa y Moctezuma en las esquinas de la fachada principal del Palacio Real de Madrid, por querer los monarcas ilustrados del siglo de las luces- -sobre todo Fernando VI- -sentirse, en sus reinos de Indias, continuadores de los emperadores, en ese afán que tenía como fin que el gran conjunto hispano- indiano se integrase en aquel presente asumiendo todo su pasado, con el designio de proyectar sólidamente su unión hacía el futuro. N o es del caso que enumere aquí obras de Alfonso de la Serna, ni siquiera que exponga alguna de las conclusiones de las principales. Él era hombre de letras, capaz de hacer análisis políticos y sociológicos de gran riqueza y eficacia. Podía también valorar el arte en todas sus manifestaciones, como mostró en 1989, al colaborar en el libro titulado Embajadas de España y su historia, con fotografías de Gyenes. Alfonso de la Serna es el autor del texto del libro, en el que muestra sus conocimientos de arte y su dominio del lenguaje. Supo ver y valorar el carácter monumental de las embajadas de España en los países en los que sobresalen por las calidades artísticas de los edificios que las albergan y por las colecciones de obras de arte que las adornan y ennoblecen, todo ello herencia del prestigio de España en el mundo, símbolo de una larga tradición de política exterior que, en algunos casos, tenía su origen en el medioevo. Herencia de una gran nación que había representado importante papel en el mundo y que Alfonso de la Serna, en 1989, esperaba que siguiera representándolo, no por el prurito estrecho y vanidoso Alfonso de la Serna, en una imagen de archivo de nacionalismo anacrónico sino por el deseo de contribuir a la paz y al bienestar de la comunidad internacional. Y, en asuntos que parecían intrascendentes, Alfonso de la Serna veía siempre algo en lo que los demás no reparan. Así, como ejemplo que Asturias asumiese su autonomía incorporándola a seis veces centenaria denominación de Principado. Con ello, los asturianos supimos valorar la continuidad de la historia y, a la vez, dar un ejemplo integrador y trascendente. Alfonso de la Serna, insistió en esto en su Tercera de ABC del 14 de octubre de 1998, titulada Palabras en el Principado. l ejemplo integrador tenía, ya entonces, excepcional importancia, por ser previsible en un futuro próximo que se intensificase la tentación, entre algunos políticos, de fomentar las tendencias disgregadoras: la vuelta a algo que pudiera recordar los reinos de taifas La tentación, siempre acechante, como canto de sirena o como- -según palabras suyas- campanita rural que llamara a autolimitarse, a encerrarse en la aldea, a querer circunscribirse al terruño enmarcado por el límite que establecía la pertenencia a una comunidad. Como si lo que definiera y delimitara fuese el estar so el signo e campana de la iglesia parroquial. Por supuesto que las fuerzas disgregadoras de hoy tienen pretensiones mucho más ambiciosas que las de encerrarse en el propio terruño, pero el signo e campana es realidad histórica que puede utilizarse metafóricamente para designar uno de los aspectos del particularismo disgregador actual. Recordó Alfonso de la Serna en 1998 que, no más lejos que el tiempo de sus abuelos, España había caído en la aberración, entre ridícula y dramática a poco de proclamar la república el congreso y el senado de 11 de febrero de 1873, los cantonalistas de varias ciudades y pueblos del sur de España declararon la independencia de sus demarcaciones, y hasta entraron en guerras unos con otros. Los cantonalistas de Cartagena, al incautarse de la ciudad, arsenal y fragatas fondeadas en el puerto, pudieron atacar con éxito a los colindantes, por considerarlos enemigos. Estas manifestaciones disgregadoras, que pueden parecer fruto de fantasías propias del delirio, fueron reales, resultado, como señalaba Alfonso de la Serna, de la tentación dispersiva, sin objeto serio irracionalidad sentimental, y a veces montaraz, que suele asomar, cuando todo va bien. Parecería que la prosperidad, al emancipar a las gentes de las urgencias de sobrevivir, les llevaran a enrolarse bajo las banderas de la disgregación. En Asturias al tomar la denominación de Principado, se exaltó una tradición enraizada en los siglos en los que ya se veía próxima la recuperación de la España perdida a comienzos del siglo VIII. Este es ejemplo, entre tantos, de cómo Alfonso de la Serna, en la página de un periódico, trataba de un hecho histórico contemporáneo: la de celebrar que el 24 de septiembre de 1980 se crease en Oviedo la Fundación Príncipe de Asturias. La inteligencia, la mesura, la objetividad fueron, con la sabiduría, cualidades que permitieron siempre a Alfonso de la Serna interpretar y explicar las realidades del pasado y las del presente, siempre con el fin de servir a los demás, y de promover el entendimiento y la conciliación. E Le gustaba escribir y dio muestras de su gran valía literaria en importantes libros y en excepcionales artículos La inteligencia, la mesura, la objetividad fueron, con la sabiduría, cualidades que le permitieron explicar las realidades del pasado y las del presente