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ABC JUEVES 2 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ESPAÑOLIDADES E ESPERANDO A HAMÁS L A victoria de Hamás en los territorios ocupados ha dejado atónitos a muchos gobiernos pero ha demostrado la capacidad de reacción rápida de dos administraciones. Condoleezza Rice y Javier Solana han probado que en este caso sí había plan B. El lunes, la canciller alemana, Angela Merkel, se entrevistaba en Ramala con el presidente Mahmoud Abbas. Dos hechos han pasado inadvertidos: la secretaria de Estado de EE. UU. comprometida con el proceso de paz, se ha adelantado. Los palestinos, ha venido a decir, acaban de celebrar unas elecciones libres y los resultados deben respetarse. El proyecto de Rice para Oriente Próximo propone elecciones no manipuladas en once países, carentes de experiencia electoral. Lo cual podrá quizá tener un coste para Estados Unidos pero dotará de legitimidad, quizá también de continuidad, al cambio que los occidentales tratan de favorecer. Después de algunas obviedades (no negociaremos con DARÍO grupos terroristas, etcétera) el presiVALCÁRCEL dente Bush ha insistido en la misma línea: habrá que aceptar la respuesta de las urnas. Segundo, la Unión Europea, que también condena la violencia de Hamás, marca una diferencia táctica. Si Hamás no abandona ese camino, será responsable de la ingobernabilidad palestina. Transformada en organización política, tendrá pleno derecho a ocupar el espacio que le corresponda. Estas son declaraciones oficiales apoyadas sin embargo en una sólida capa de realidad. Habrá una parte secreta, sin duda. Pero también una confesión de la nueva realidad. En medio del desorden de los últimos días, algunos círculos de Hamás han anunciado que no abandonarán la lucha armada: Seguiremos combatiendo contra el ocupante sionista Pero de pronto el antiguo mantra ha envejecido. El alto mando de Hamás analiza deprisa el nuevo escenario, apremiado sobre todo por la UE, primer financiador de los palestinos. El consejo de 12 miembros que dirige Hamás revisa la línea táctica del proyec- to. En una organización cerrada y fuertemente jerarquizada, parece que la cabeza más influyente, Mahmoud Zahar, médico del jeque Yassin, asesinado en 2004 por los israelíes (Zahar escapó por poco a otro atentado israelí) reflexiona sobre un cambio radical. Es bonito hacer declaraciones sobre una gran Palestina desde el Jordán al Mediterráneo. Y es excitante hablar del gran Israel. Pero son dos aspiraciones enteramente irreales. La historia vivida día por día ha demostrado, durante 21.176 días, su inviabilidad. La capacidad de resistencia es inagotable, en ambos lados. El responsable de la política exterior de la UE canaliza una ayuda de 550 millones de euros año a la Autoridad Palestina. Estados Unidos apoya con 1.100 millones año a Israel, 210 millones a la AP. Javier Solana ha hecho saber que espera una rápida redefinición de Hamás. El compás de espera no debe durar. Hamás tratará de influir en las elecciones de Israel del 28 de marzo. No es imposible que el doctor Zahar proponga que ese punto del programa islamista, la destrucción de Israel, se aplace una o varias generaciones. En la segunda intifada, Hamás ha cometido 50 atentados suicidas, cientos de muertos, incontables heridos. Israel ha matado también a cientos de palestinos, en acción de guerra y meros asesinatos. Nada de esto es equidistancia sino resumen de lo que hay (los criterios de este columnista tienen poco interés para el lector: sólo su información le permite ocupar semanalmente este espacio) ¿Quién empezó? La infantil pregunta no tiene contestación. Hamás cree que Palestina fue invadida en 1948, en 1967... Israel se defiende con tecnología, talento y crueldad; Hamás, por el momento, sólo cuenta con los dos últimos. Pero la crueldad ha empezado a perder terreno. El esfuerzo negociador- -querido por el 64 por ciento de los israelíes- -avanza. El triunfo de Hamás es una incógnita. Hay mucho temor pero más esperanza. Siempre hemos creído en el derecho de Israel a tener unas fronteras seguras y reconocidas. La historia enseña que no podrán conseguirlas matando palestinos sino pactando con ellos. N esta confusa España de tres naciones seguras y una probable (Maragall dixit) en este alborotado país de repentina diáspora centrífuga, en este errático Estado disparatadamente cantonal y fraccionario, resulta que hay unos raros ciudadanos para los que llamarse españoles no sólo es una salvaguarda moral y una garantía democrática, sino una orgullosa seña de identidad colectiva. Son los habitantes de Ceuta y Melilla, a quienes, de seguir así las cosas, de continuar este errático concurso de apostasía de la españolidad, habría que declarar pronto especies protegidas de una suerte de parque nacional... si no fuese porque el Tribunal Constitucional ha sentenciado de manera paradójica que los parques nacionaIGNACIO les han de estar asimisCAMACHO mo bajo el control de las autonomías. Pues bien: a estos ciudadanos empecinadamente españoles, justamente a ellos, les ha negado Zapatero el reconocimiento explícito de su intensa, obstinada españolidad. Digo explícito porque es evidente que la visita del jefe del Gobierno de España constituye en sí misma una declaración de integración nacional, y es digna de un aplauso menos cicatero de lo que el presidente se ha mostrado a la hora de reconocer lo obvio. Pero el anhelo que los ceutíes y melillenses sienten por un compromiso específico que defina su pertenencia inequívoca a la nación, la afanosa voluntad de esos ciudadanos por disipar sus densas brumas de olvido, merecía acaso un respaldo menos tacaño, un aliento más decidido, un amparo menos roñica. Tras varios aplazamientos de conveniencia, Zapatero ha viajado a las dos ciudades norteafricanas como el que entra pisando huevos. Y precisamente para no pisar los huevos de Marruecos, dicho sea con perdón, se ha movido en una calculada delicadeza conceptual, en una cierta ambigüedad cuidadosa de no alborotar el statu quo. El presidente se comprometió a ir, durante la crisis de las vallas, y ha ido, pero minimizando la contrariedad del vecino. Él eludía la alusión a la españolidad, y los marroquíes se limitaban a protestar de oficio, sin demasiado énfasis, mandando a un funcionario que tirase de manual retórico para consolar a su parroquia irredenta. El gesto queda hecho con el menor coste posible a ambos lados de la complicada frontera, donde aguardan los sinpapeles y su ansiosa zozobra en tierra de nadie. Sólo que a los ceutíes y a los melillenses se les ha quedado un sabor agridulce. Agradecen el detalle, se confortan con las promesas de inversiones, pero para una vez que España se acuerda de ellos echan de menos un poco de cariño menos vergonzante. Y tienen razón. Sobre todo porque, en este tiempo áspero y desagradecido, en esta época de desafectos nacionales, ellos le dan la vuelta a la vieja, célebre sentencia de Cánovas y se sienten españoles no porque no puedan, sino porque no quieren ser otra cosa.