Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
62 Cultura EN LA MUERTE DE ALFONSO DE LA SERNA MIÉRCOLES 1 2 2006 ABC DIPLOMÁTICO E INTELECTUAL MIGUEL ÁNGEL MORATINOS Ministro de Asuntos Exteriores A lfonso de la Serna, el Embajador De la Serna, era ante todo un hombre afable, íntegro y conciliador. Fue precursor de la política de buena vecindad con los países del Magreb y, de manera muy especial, con Marruecos. En este país despertó mi curiosidad por el mundo árabe y se convirtió en mi mentor. En los primeros pasos de mi andadura diplomática actuó de guía experimentado y me trasladó su pasión serena por las costumbres, la historia y la vida política de los magrebíes. Alfonso de la Serna mantuvo siempre que no podemos juzgar las sociedades árabes con nuestra propia escala de valores, porque oscurece nuestra visión y acentúa la incomprensión y los reflejos psicológicos negativos. A lo largo de su dilatada trayectoria diplomática siempre supo ponerse en el lugar del otro. Y, de este modo, sirvió a su país con humildad y entrega, desde 1947. Su trayectoria profesional fue fecunda y en ella desplegó todas sus energías, como al frente de la Dirección General de Relaciones Culturales y Científicas, cargo que ocupó en dos períodos (1962- 68 y 1976- 77) Fue Embajador de España en Túnez (1968- 72) Suecia (1972- 76) Marruecos (1977- 82) y ante los Organismos Internacionales con sede en Ginebra (1983- 86) Entendió la acción exterior como un servicio a los intereses colectivos de la sociedad española y no escatimó el tiempo para el acuerdo y la conciliación, ni en su trabajo, ni en su vida personal. Prueba de ello, son las distinciones que acumuló a lo largo de su vida, entre las que destacan las Grandes Cruces del Mérito Civil, Alfonso X El Sabio y la Estrella Polar, de Suecia, así como los Grandes Cordones de las Órdenes del Uissam Alauita, de Marruecos, y de la República de Túnez. El Embajador De la Serna era heredero de una tradición familiar de intelectuales y periodistas. Nieto de la escritora Concha Espina, hijo del periodista Víctor de la Serna y hermano de los también informadores Jesús y Víctor de la Serna, mantuvo una equidistancia ecuánime y analítica frente a la realidad que le tocó vivir. Su actividad literaria y periodística está impregnada de este enfoque perceptivo, que se ha visto siempre enriquecido por sus cualidades humanas e intelectuales. El Embajador De la Serna no sólo ha sido un maestro, sino también un fiel amigo y compañero, que se mantuvo siempre lejos de los focos de la apariencia. De manera humilde y reservada, nos ha legado un patrimonio profesional y humano que, por su profundidad y amplitud, trasciende ladesmemoria parailuminar elcamino de la paz y la concordia. Alfonso de la Serna falleció el miércoles pasado en Madrid ERNESTO AGUDO ALFONSO DE LA SERNA MARCELINO OREJA AGUIRRE ex Ministro de Asuntos Exteriores S ON tantos los recuerdos que se agolpan en mi memoria, que me resulta difícil acertar el perfil de ese hombre bueno, recto, afable, culto, respetuoso con todo el mundo, con una curiosidad universal y una vocación diplomática, que permaneció viva hasta el último instante de su existencia. Tuve la enorme fortuna de conocerle recién ingresado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, hace más de cuarenta años, cuando era director general de Culturales. Su primer destino había sido México, en una circunstancia muy difícil, ya que la representación oficial correspondía al gobierno republicano en el exilio y España tenía una presencia oficiosa, en una situación anómala para un diplomático, pero que precisamente por eso necesitaba de personas que tuvieran el tacto y el talento para acomodarse a aquella peculiar realidad. Allí descubrió muchas cosas, pero algo que recordé muchas veces a lo largo de mi vida fue la fuerza del mestizaje, que impregna la cultura, el folclore, los modos de vida de aquel pueblo y que aparece desde los cruceros en los bordes de los caminos, a los retablos orientalizantes, el arte de charrería o el corrido romanceado y que impregna toda la realidad nacional y produce ese origen contradictorio, tan difícil de comprender, pero que él entendió bien y le permitió contemplar con profundo respeto y con amor a ese pueblo singular y magnífico que es el pueblo mexicano, con un alma, como decía la hermosa metáfora de Pablo Antonio Cuadra, con las raíces hundidas en el limo profundo, rico y misterioso del mundo indio y sus ramas meciéndose al alto viento de la cultura occidental Por eso cuando firmé en París el restablecimiento de relaciones con México, una de mis primeras llamadas fue para Alfonso, que celebró muchísimo el reencuentro de nuestros dos países. De México fue a Portugal, que sería uno de los grandes amores de Alfonso de la Serna. Hace apenas unas semanas vino a verme preocupado por las consecuencias que una aproximación ferroviaria a través del AVE entre Madrid y Lisboa podía tener en la tentación de empresas extranjeras de instalarse en España y hacer la ida y vuelta de sus ejecutivos en el día provocando un malestar en nuestro país hermano. Me pareció admirable esta inquietud de alguien que conservaba intacta su vocación profesional, aunque careciera de responsabilidad, y que sintiera la necesidad de transmitir su deseo de acercar la distancia espiritual entre nuestras dos naciones. Una vez más volvió a recordarme los lejanos tiempos juveniles en Portugal y evocó el alma portuguesa, compleja pero transparente, sensible pero sensata, y me citó la divisa heráldica de la Casa de Avis, la dinastía real que se embarcó en la fabulosa aventura de los descubrimientos marítimos, luciendo en su escudo la palabras talento de las cosas bien hechas que para él puede repre- Escribió muchos artículos sobre Marruecos y un libro excepcional, Al sur de Tarifa que debiera ser libro de texto para los jóvenes diplomáticos sentar una divisa para todo Portugal. En 1977 le propuse como embajador de España en Marruecos. Eran momentos difíciles, en los que la política exterior tenía que encontrar un equilibrio entre dos Estados del norte de África, peligrosamente enfrentados y con serias repercusiones para España: Argelia y Marruecos. Su labor fue realmente excepcional. Conocía el país a fondo, penetró en su realidad social, política y económica, en su historia y en sus costumbres, era llamado por el Rey Hassan II para hablar de cultura, y más tarde le nombraría miembro de la Academia Real, los ministros le respetaban a pesar de la tensión que con frecuencia existía entre los gobiernos, pero él sostuvo siempre el equilibrio, la ecuanimidad, sin dejar de exponer con firmeza la defensa de los intereses españoles y proponiendo soluciones ante las situaciones de conflicto. Escribió muchos artículos sobre Marruecos y un libro excepcional, Al sur de Tarifa que debiera ser libro de texto para los jóvenes diplomáticos españoles, y en él menciona la paradoja de nuestros desconocimientos recíprocos pese a la proximidad de lo que él llamaba el lejano Magreb de ahí enfrente En su última conversación me recordaba esas barreras que tanto estorban nuestro mutuo y claro entendimiento, el empeño de juzgar a la sociedad marroquí conforme a nuestra propia escala de valores. Por eso escribió este gran libro, para construir un tramo del puente que algún día pueda franquear todos los fosos y enlazar firmemente las dos orillas. A lo largo de casi medio siglo, Alfonso de la Serna ha ido desmenuzando en las Terceras de ABC, que reunió en un libro Las fronteras sensibles de España sus ilusiones, sus sentimientos, sus nostalgias, sus emociones. En sus escritos siempre había un mensaje, una intención, un deseo de mostrar sus experiencias y saberes y adornado con la más extraordinaria riqueza de lenguaje, heredera de una tradición- -su padre, Víctor de la Serna, y su abuela Concha Espina- -con los que había aprendido aquello que Fernando Castiella siempre le atribuía: El sabor de buenas letras Y además de escritor, Alfonso era un gran conversador, con calma, pero con agudeza, penetraba en los temas con enorme delicadeza, pero defendiendo con convicción sus ideas y sus ideales. Fue un cristiano ejemplar, un monárquico convencido y sólo fruncía el ceño cuando se ponía en entredicho la unidad de España. En todo lo demás era abierto, liberal, comprensivo, tolerante, escuchaba a todos, discrepaba con elegancia y respetaba a los demás, aunque pensaran de forma muy distinta a la suya. Montañés de raza, fue un agudo conocedor e intérprete de los temas vascos que conocía, sobre todo, a través de Ana, su mujer, persona llena de encanto y de inteligencia, que le acompañó en sus aventuras diplomáticas, culturales e intelectuales. Su espíritu juvenil era un estímulo para todos y sus amigos y compañeros y cuantos le conocimos recordaremos siempre a este caballero ejemplar, modelo de diplomáticos, de intelectuales y de especial persona cuya memoria permanecerá siempre viva entre nosotros.