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ABC MIÉRCOLES 1 2 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA OSCARITOS SA insufrible autosatisfacción con que el cine español se homenajea a sí mismo en una triste parodia de la gala de los Oscar, esa patética arrogancia sin ingenio con que se espeja en los deslumbrantes ritos de Hollywood, esa desvaída fiesta deshabitada de talento, esa hueca pasarela de vanidad engreída es la metáfora exacta de la banalidad de un sector creativo cuyo peor defecto acaso no sea tanto la carencia de brillantez o de calidad como la ausencia casi absoluta de todo atisbo de autocrítica. Un cine vacío de interés y de espectadores, cuyos agentes intelectuales e industriales deberían estar preguntándose por las causas ciertas y profundas de la desafección del público, se evade de la necesidad de IGNACIO mirarse el interior con CAMACHO una sonda de rigor y exigencia para aplaudirse sin recato bajo el oropel trivial de los vestidos y el maquillaje que a duras penas disfrazan su inanidad esencial, su recurrente insustancialidad, su elemental irrelevancia. Estaban todos la otra noche allí, en lo de los Goya, encantados de haberse conocido, sonrientes y felices de cocerse en su propio caldo endogámico, sintiéndose guapos y famosos, jugando al Oscar de la señorita Pepis en medio de un completo alejamiento de la terca realidad, que es la de un cine inocuo, falto de garra y de atractivo, apegado a los viejos vicios garbanceros de un superficial costumbrismo o una tormentosa introspección, que sobrevive bajo el proteccionismo siempre insuficiente de un poder experto en el manejo- -y con cicatería- -del tráfico de favores y el clientelismo ideológico. Hay excepciones, claro, y lo es el intimismo existencial de una Isabel Coixet, o el sólido pulso narrativo de un Amenábar, pero se trata de gotas evaporadas de una nube de mediocridad en la que lo más desalentador no es su aburrida incompetencia, sino su inagotable petulancia y su torpe engreimiento. Y claro, luego vienen los Oscar de verdad, con su incontrastable exigencia competitiva, y ponen a cada cual en su sitio. Cómo iba la Academia de Hollywood a tomar en cuenta la candidatura de una peliculita esforzada y correcta, pero sin vuelo ni ambición, a la que ni siquiera la Academia Española ha querido premiar con un par de estatuillas de su cansada pedrea de galardones. (Que ésa es otra: ¿de veras hay en España cine para tanto premio? Y aunque de vez en cuando hayamos puesto alguna esperanzadora pica de aislado talento sobre la rutilante alfombra roja de Los Ángeles, allí no cuentan las subvenciones, ni impresionan los vestidos de muñeca, ni vale la retórica vacua del autohalago ensimismado. Quizá por eso la industria cinematográfica nacional descargue tanta enfática complacencia sobre su propio ombligo: para consolarse de su fatigosa intrascendencia, de su irrelevante adocenamiento, de su soberbia vulgaridad, de su clamorosa medianía. E VIVA LA PEPA DE 1978 I Rajoy fuese a pedir un referéndum sobre las mantecadas, lo más lógico es que empezara a recoger firmas en Astorga. Pero como es sobre la nación española y la igualdad de derechos de sus ciudadanos, ha empezado en la Cuna de la Libertad, donde se meció entre olas la primera Constitución. Cádiz, Constitución, Viva la Pepa. Ojú. Mucho cuidado, que los nuevos servilones pueden encerrar otra vez tras las rejas del castillo de la Caleta a los liberales de 1812 o 2006, da lo mismo. Mal lo tiene la nieta de La Pepa con su tocayo José Luis Rodríguez, que escrito así parece El Puma. ¡Ya está, Carlos Herrera! Por eso este hombre no quiere que le llamemos lo que es, Rodríguez: para que no lo confundamos con El Puma, el cantante venezolano. En cuestión de abrazos de hermanos con sabor venezolano aquí no hay más Puma que Chávez) Hay que ser un auténtico virtuoso ANTONIO de las complicaciones y de la creaBURGOS ción de problemas innecesarios para que lo que estaba tan claro en 1812 (que España es una nación de ciudadanos libres e iguales que ostentan la soberanía) sea ahora una disputada cuestión que hay que defender con las democráticas armas de las firmas. Bajo un cielo que huele a erizos de febrero, que espera la lluvia, la lluvia de papelillos y serpentinas, coincidiendo con el arranque del concurso del Carnaval en el teatro, Rajoy se fue a la Plaza de las Flores. Deliciosa Plaza de las Flores, donde las rosas frescas del día te van guiando por el Cádiz de la Constitución. Plaza que también lleva el nombre de Almirante Topete. El que en la bahía de 1868, ante un horizonte de velas soberanas, lanzó un grito que hoy sería políticamente incorrecto. Vamos, una a- Menaza: ¡Viva España con honra! se oyó gritar ayer nuevamente junto a los blancos muros de esta ciudad. ¡Qué antigüedad! Como en Cádiz quedan tan buenas tiendas de anticuarios y de duros antiguos, S ¿no iría a eso Rajoy, y no a por atún encebollado y a recoger firmas? ¿No iría a Cádiz por antigüedades, buscando la verdad de la Constitución como quien quiere un estrado isabelino y la igualdad de los ciudadanos de la nación española como quien busca un cuadro costumbrista del XIX con azotea gaditana, macetas, tendederos, mocita cosiendo y cura? Porque todo eso de la Constitución, la nación, la igualdad de los ciudadanos, y nada digo de España, y nada digo de la honra, son antigüedades a los ojos del sunami progre que se está tragando España como el maremoto de 1755. Rajoy recogió firmas en la Plaza de las Flores. En la plaza de las Flores vimos a un equilibrista que atravesaba el alambre con un pañuelo en la vista cantaba una antigua chirigota. Ha vuelto a sonar su copla. En la plaza de las Flores vimos ayer a un equilibrista que, además sin red, atravesaba el alambre, el finísimo alambre de la legalidad constitucional al que los socios separatistas del Gobierno le quieren meter el cortafrío del chantaje. Firma a firma, todos podemos ser carpinteros de ribera que hagamos del fino alambre lo que siempre fue: calabrote de patache de la nave del Estado. Mejor sitio no podía haber elegido Rajoy para esta revolución constitucional por el plan antiguo. Quintaesencia de España, donde residió la nación soberana cuando estaba más perdida que el barco del arroz, Covadonga contra Napoleón, lo que no sabe Rajoy, gallego en su freidor de firmas, es que el viento y la mar también estamparon ayer su nombre en la Plaza de las Flores. El viento antiguo de goletas firmó; Viva España con honra Y la mar de bergantines, desde el castillo de Santa Catalina donde los servilones encerraban a los liberales, le respondió, como un óle: ¡Viva la Pepa! A ver si oyen el Viva España con honra del Viva la Pepa de 1978 estos vivalavirgen que sólo quieren permanecer en el poder aunque la nación soberana, como el equilibrista de la chirigota antigua, se pegue el pellejazo del siglo.