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ABC MARTES 31 1 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ¿QUIÉN TEME A TERESA? O TERRORISMO EN EL CAMERINO LECCIONA de modo escabroso que cada avance del islamismo en las urnas corresponda en general al travestismo de alguna organización terrorista en grupo parlamentario. Más allá del Oriente Medio, Sinn Fein y Herri Batasuna en algo se asemejan a tal proceso. En Oriente Medio, antes de la victoria de Hamás en Palestina, teníamos los escaños para los Hermanos Musulmanes en Egipto, el voto a Hizbollá en Líbano, la llegada de Ajmadinejad a la cúpula iraní o los avances fundamentalistas en las urnas sauditas. Se negocia en busca del mal menor, se pacta o se claudica: así es como el terrorismo se siente invitado a pasar por el camerino y reaparece en escena con chaqué de estadista. Es la consecuencia casi sistemática de la contemporización en nombre de la paz. En los reinos de la ambigüedad, las buenas intenciones buscan un fair play mientras los terroristas no cesan de VALENTÍ practicar el asesinato, la extorsión y PUIG el chantaje. De alguna manera habrán contribuido a la corrupción de Al Fatah los más de quinientos millones de euros anuales que la Unión Europea enviaba a la Autoridad Palestina casi a fondo perdido. De aquellos buenos sentimientos y generosidades proviene que Hamás tenga votos de los palestinos moderados, hartos de contemplar los usos cleptocráticos y del entorno de Arafat. Para quien gobierna, no existe problema político más envenenado que el terrorismo: de una parte combatirlo, de otra la tentación de darle la llave del camerino para que se vista de otra cosa para, de una vez por todas, dejar de ser terrorismo. ETA pretende la desintegración de España, Hamás quiere destruir Israel: por el camino, muerte y destrucción. Hamás ha matado para afirmarse en Palestina y así poder acabar con el Estado de Israel: quien proponga ahora tratarles como si todo esto no hubiera ocurrido quizás algún día obtenga el premio Nobel de la Paz, pero A su iniciativa resultará ser, como casi siempre, un largo trayecto de exigencias por una parte y entregas por la otra, de experimentos semánticos por un lado y de brutalidad impositiva por el otro. También dice Hamás que lleva un año de tregua. Mientras Rodríguez Zapatero espera las señales de humo de ETA, el caso de Hamás reabre un viejo dilema para la Europa que pasa estos días bajo la nieve y para unos Estados Unidos que están a la espera del discurso sobre el estado de la Unión de George W. Bush. Los expertos de Washington hablan de una fatiga causada por la polarización. Es una polarización que- -según el ilustre Christian Science Monitor -se da en la política, pero no con la misma intensidad en un electorado por lo general pragmático. Fatiga, polarización: suena a familiar visto desde España. Sea como sea, a este discurso del estado de la Unión el presidente norteamericano le va a tener que inyectar pasión y rigor: ahí fuera, muy a lo lejos, tiene la teocracia atómica de Ajmadinejad y el tictac de la bomba de relojería de Hamás arrimada a Israel. Ante las escalinatas del Capitolio pulula toda la abigarrada trama de problemas de política interior- -gasto público, salud, competitividad o inmigración ilegal- -que inquieta a la ciudadanía de los Estados Unidos. También en la Unión Europea nos afectan asuntos más inmediatos que el Oriente Medio, pero ése no es un momento como para que la clase política europea se ensimisme una vez más en la ambigüedad y la pretensión de añeja neutralidad. Condoleezza Rice ha dicho a Hamás que no se puede tener un pie puesto en la política y otro en el terror. Como en España ha demostrado la Ley de Partidos en sus mejores tiempos, la máxima presión policial, el acoso constante, la cooperación internacional, la desactivación infatigable y la consistencia de la opinión pública son el método empíricamente más contrastado para atajar el terror. Algo ocurre cuando terroristas como Hamás hacen campaña electoral. vpuig abc. es CHO años hace ya que mataron a Alberto Jiménez Becerril, y en la mirada hermosa y transparente de su hermana Teresa se ha solidificado una nube de dolor que empezó trasminada de tristeza y ha acabado cuajando en un poso de rabia. Alguien debe de temer la fuerza interior de esa mirada cuando a su dueña le impidieron hablar, como otras veces, en la entrega del premio de la Fundación que lleva el nombre del concejal sevillano, asesinado junto a su esposa en una noche gélida de los años de plomo que ahora parecen destinados a ese anaquel de la memoria donde reposan los recuerdos incómodos, las punzadas perturbadoras, las evocaciones engorrosas cuya pena conviene oriIGNACIO llar para sobrevivir en el CAMACHO río tumultuoso de la vida. En ese acto se habló de paz, de justicia, de perdón, de memoria, pero no se citó por su nombre a los asesinos ni a la siniestra banda de la que formaban parte, cuya sola mención parece ahora un enojoso obstáculo político. Curiosa manera de recordar. Han cambiado los tiempos, y acaso se ha vuelto incómoda la costumbre de llamar a las cosas por su nombre. Quizá por eso estorbaba, como un fardo penoso y cargante, la voz limpia y serena de Teresa, que no quiere olvidar ni perdonar a quienes no perdonaron la ocasión de dejar a tres niños huérfanos y encima pidieron champán en la cárcel para brindar por el preciso éxito de su hazaña. Porque Alberto Jiménez Becerril y su esposa Ascensión no fueron víctimas de un fatal accidente de tráfico, ni perecieron a causa de eso que ahora se llama genéricamente la violencia como si hubieran fallecido en una pelea tabernaria. No. Los mataron por la espalda unos pistoleros de la ETA que afortunadamente pagan en la cárcel una parte de su espantosa culpa. Digo una parte porque crímenes así, tan alevosos, tan gratuitos, tan crueles, no tienen en la tierra manera de completa expiación, tan profundo como resulta el mal que hacen y tan irreversible como se vuelve su huella. Por eso Teresa no quiere perdonar, y está en su derecho porque los demás a veces recordamos a Alberto y su sonrisa, a Ascensión y su bondad, y continuamos viviendo nuestras cosas y nuestros afanes, pero a ella le cambió la vida y sabe cómo cambió la de su madre, la de sus sobrinos, la de su gente. Y siente rabia y le arden las tripas cuando desde esa Italia en la que halló refugio lee las noticias de una España en la que la memoria dolorida de las víctimas camina hacia un ingrato nirvana de extravíos. Teresa Jiménez Becerril no quiere bajar las persianas de su legítima furia interior, de su rebeldía moral ante la aceptación de lo inevitable. Por eso no la dejan romper con sus palabras el delicado equilibrio de este disimulo colectivo, aunque desde la hondura de su mirada proclame las bárbaras, terribles, amorosas crueldades (Celaya) de su verdad sin tapujos, dura como un látigo en la conciencia, helada como un cuchillo en la carne.