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ABC MARTES 31 1 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA DIGNIDAD DE LOS GOYA La Academia tiene la virtud de convertir en perdedores a artistas que están muy lejos de serlo, y además nos los presentan en primer plano: ¡Mire usted la risa forzada de Armendáriz, o la entrañable y sutil sombra de decepción en la cara de Manuel Alexandre... A ceremonia de los premios Goya y el alma que la alienta, es decir, la Academia del Cine Español, siempre han sido una de las dianas preferidas para ese ejercicio tan propio que es el lanzamiento de dardo untado de sarcasmo. Y algunas de las imágenes ofrecidas ayer por la Prensa, en las que venían mezcladas moda y morda, glamour y escarnio, dejan un margen ya muy pequeño para otras críticas razonadas y razonables. Dicho de otro modo: después de ver algunas fotos de portada a todo color con los responsables de la Cultura y Colindantes, uno ha de saberse muy bien su papel para empeñarse en la búsqueda de otro retrato más conveniente, noble y no tan solemne, de la ocasión. Por no decir sencillamente más digno. L or mi parte, intentaré sostener la dignidad de estos Premios Goya en la enorme calidad de la película que ha ganado los galardones más importantes. La vida secreta de las palabras y su directora, Isabel Coixet, son, porque así lo han decidido los miembros de la Academia, el máximo destello que ha ofrecido este pasado año el cine español, aunque por apariencia, discurso, lenguaje y profundidad anímica no lo parezca. Y francamente, no es cómodo, pues para ello, para sostener la dignidad de la ceremonia con esa exclusiva peana de Coixet y su película, no hay más modo que caer en una evidente contradicción: la ceremonia se salva por Isabel Coixet, aunque la propia Isabel Coixet desluzca la ceremonia (su torpeza como recogedora de premios sólo es comparable a su enorme potencial como directora de cine) con gestos, balbuceos y ñoñerías que desmerecen la envergadura y la ínfula de sus dones narrativos. La vida secreta de las palabras es una película extrema, tanto por lo que cuenta como por el lugar en el que decide ser contada. Si se le acerca el oído a esta película, nos habla de dos personajes enclaustrados en sus entrañas y que esculpen su soledad en el bloque de piedra de su existencia... una mujer imperceptible que vivirá un imperceptible cruce de sentimientos con un hombre exiguo, inmóvil, calcinado por fuera y por dentro, postrado, ciego, paciente... Ella es su enfermera, como en una versión neoclásica de El paciente inglés o madura, envejecida, del cuento de Cortázar La señorita Cora La colisión entre estas dos soledades hurañas que se miran, se repelen y seducen con la sugestión del imán, forma un cuerpo triste, apesadumbrado, receloso del pasado y del futuro, sin ansias de presente, pero al tiempo atravesado por una luz de inmerecida (o indeseada) euforia que sólo se comprende tras el atisbo cauteloso del alma llena de precauciones de Isabel Coixet, que alienta al tiempo la aflicción y el júbilo: batiburrillo sentimental que se le puede ver, por otra P parte, cada vez que recoge un premio. Y estos personajes aislados, resbaladizos y grasientos viven su historia, su soledad pringosa y fría, en una plataforma petrolífera en el medio del océano, que más que el lugar que habitan parece una conjetura de su paisaje interior. ¿Paisaje? Nadie diría que con todo este paisaje se esté ante la película española del año... Habla, desde luego, de la guerra, pero ni siquiera es la guerra, sino ésa otra más lejana y reciente vivida o muerta en los Balcanes. Su lengua, mediante la cual se desvelará la vida secreta de las palabras, es el inglés y quienes las dicen (o las callan, pues ella recubre las suyas de silencio y sigilo) son dos actores como Tim Robbins y Sarah Polley. Tampoco le es familiar al ordinario cine español (ordinario, en el sentido de asiduo) ese rumor tan impúdico, conmovedor y húmedo de los diálogos que rocían la imagen de literatura exuberante, frondosa y carnosa, salida, sin duda, de las cualidades de Isabel Coixet, pero rumiada y digerida por la magnífica interpretación de sus actores. ¡Ah... las grandes frases cuando las dicen los grandes actores! esta entrada en tropel de la película de Isabel Coixet en la noche de los Goya- -mejor película, mejor directora, mejor guión original y mejor dirección de producción- -ha de producirnos también una sensación bañada de paradoja: consuelo y desconcierto. El consuelo de ver la gala resuelta mediante un recurso exclusivamente cinematográfico (el éxito de una gran película) y el desconcierto de sabernos en manos de una Academia antojadiza, arbitraria, caprichosa e incapaz de mantener ni un gramo de rigor en sus apuestas profesionales: ya sabemos que la Academia es un cuerpo amorfo formado por muchos individuos libres, pero cómo se le convence ahora a ese buen director llamado Montxo Armendáriz de que ha sido enviado a Hollywood en representación de una Academia que no cree en él... Que no cree en él ni siquiera un poquito: ni dos premios Goya. En el cine tal vez tengan su orla de encanto, pero en la vida los perdedores no son una visión agradable, y nuestra Academia tiene la virtud de convertir en perdedores a personas o artistas que están muy lejos de serlo, y además nos los presentan en patético primer plano: ¡Mire usted la risa forzada de Armendáriz, o la entrañable y sutil sombra de decepción en la cara de Manuel Alexandre... ay algo antipático, retador, impertinente en esos y otros gestos de la Academia de Cine. Claro que la simpatía es una anguila... Nadie sabe cómo se coge ni de qué manantial brota, cómo nace y rezuma ese agua que le es tan necesaria a todos (hay tanta sed de ella) sin duda también esencial para un lugar tan abstracto como la Academia del Cine. Hay algo de mirada torva, desconfiada hacia todo aquél o aquello que no es de la familia... de la familia cercana. Hay un modo raro, esquinado en sus movimientos en apariencia sencillos, supuestamente claros ¿alquien sabe por qué se le hizo ese soterrado- -y siempre merecido- -homenaje a Fernando Fernán Gómez cuando el homenajeado era Pedro Masó? Se celebraba el veinte aniversario de estos premios y se decidió, por lo tanto, embadurnar la ceremonia con una manita de nostalgia (la memoria es un lugar cálido del que nadie debería ser expulsado impunemente) y se hizo un largo- -para muchos, tal vez, prolijo- -recorrido por los éxitos de estas dos últimas décadas. Y ello dio lugar al bendito refrigerio de poseer durante unos instantes la imagen de inolvidables, como Pilar Miró o Paco Rabal o Fernando Rey... Pero también dio pie a la sombría impresión (en realidad, certidumbre) de ausencia de algunos de sus príncipes destronados: impresión de cuadrilátero, de lona y de rincón vacío... Con el agravante de la vara en plena fiesta, del puyazo rencoroso y amparado tras la media verdad (que es esa mentira disfrazada) a sólo uno de los ausentes, a José Luis Garci. Pero reúno las piezas: Cuatro horas podría no haber sido mucho tiempo; veinte años podría no haber sido nada; todo el cine español, además de los ganadores, podría haber sentido el calor de la fiesta; el espectador podría haber ardido en deseos de ver todo lo que allí se promocionó; y uno podría haber tenido la sensación de Oscar por algo más que el simple detalle de la hora. H Y E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Crítico de Cine