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ABC LUNES 30 1 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA FÓRMULA DE MADRID L EL ASCENSO DE GALLARDÓN UIENES pensamos, con Borges, que la democracia se está convirtiendo en un curioso abuso de la estadística descreemos de las encuestas demoscópicas. Las que ha publicado ABC durante la última semana nos ofrecen, sin embargo, un ascenso digno de estudio, el de Alberto Ruiz- Gallardón quien, además de aparecer como el líder político mejor valorado por los españoles, incrementa en hasta tres puntos porcentuales sus expectativas de voto entre los madrileños, lo que se traduciría en una mayoría absoluta aplastante. Paradójicamente, este ascenso de Gallardón se logra a pesar de que sus votantes naturales (esto es, quienes se confiesan adeptos del Partido Popular) enjuician su gestión de manera más bien tibia. Una interpretación apresurada de estos datos demoscópicos nos empujaría a concluir que a Gallardón lo aprecian, a la postre, quienes en modo alguno esJUAN MANUEL tán dispuestos a votarlo, quienes de DE PRADA boquilla ensalzan su figura sin otra pretensión que crear desconciertos y malos rollos entre sus filas. Pero esta interpretación, amén de presumir maquiavelismos que son más propios de quienes manejan el cotarro mediático y político que del señor de la calle a quien asaltan los encuestadores, adolece de un esquematismo derivado de ciertas caracterizaciones tópicas e injustas. Es cierto que en el pasado Gallardón abundó en gestos de outsider un tanto torpes o exasperantes que contribuyeron a su infortunio; pero, desde hace algún tiempo, ha entendido que el mejor modo de hacer valer su singularidad no consiste en prodigar espantadas y desafecciones que sólo benefician a sus detractores, sino en integrarla en el caudal de su partido, en el que conviven corrientes muy diversas, algunas por cierto desoladoras. Gallardón encarna la posibilidad de una derecha ilustrada, matizada, liberada de apriorismos Q dogmáticos (lo que no debe confundirse con la labilidad) en la que muchos nos sentimos cómodos; mucho más cómodos, desde luego, que en esa derecha atrabiliaria, un poco atávica, que azuzan por igual la irresponsabilidad sectaria de nuestro actual Gobierno y cierto energumenismo mediático. Por supuesto que hay rasgos de Gallardón que provocan nuestra reticencia, incluso nuestro disgusto; pero de ahí a pintarlo con los trazos de la caricatura gruesa, como esbirro de Polanco, abducido sociata y masonazo media un trecho que sólo puede salvar la inquina irracional. Para mí, Gallardón es el único político de la derecha que admite una interpretación literaria, frente a la mayoría de sus correligionarios, cuyo comportamiento lo podría explicar sobradamente un prospecto que describiese el funcionamiento de un electrodoméstico. Ha cometido errores, algunos puramente formales, nacidos de una voluntad compulsiva de desmarcarse de esa derecha arriscada que lo zahiere (como aquella ventolera, luego sabiamente rectificada, de engalanar la Navidad con ropajes laicos) otros que presuponen un error moral de fondo, como el reparto de pildoritas abortivas; pero sorprende que a Gallardón le monten una pira cuando autoriza las pildoritas de marras y que, en cambio, otros correligionarios suyos presuman de distribuir condones a granel sin que nadie diga ni pío. También ha asumido personalmente fracasos olímpicos (sin duda, los dioses de la Hélade lo han castigado por no practicar ningún deporte) que, bien mirados, pueden considerarse una baza a su favor. Pero, con sus errores y sus fracasos a cuestas, Gallardón es el único político de primera línea que puede protagonizar una auténtica normalización de la derecha. Esperemos que algunos zotes de su partido así lo entiendan, después de que arrase en las próximas elecciones municipales, y le concedan la oportunidad que merece, la oportunidad que la derecha más atrabiliaria le pretende arrebatar. A política estatutaria delGobierno está empezando a dar sus frutos: mayorías absolutísimas del PP en la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, según el barómetro de Metroscopia para ABC. En Cataluña van a laminar a los populares a costa de convertir probablemente a Artur Mas en futuro presidente de la Generalitat, lo cual no deja de ser una manera muy sui generis de obtener una victoria, pero en las autonomías más pujantes- -Madrid, Valencia, Baleares, Navarra- -el PSOE lleva camino de comenzar una de las carreras descendentes más meteóricas de la política española. Si pese al caos de obras y zanjas que han beirutizado la capital el alcalde Gallardón está a 17 puntos IGNACIO de los socialistas, cuando CAMACHO empiecen las inauguraciones en serie a bombo y platillo se puede ver una escapada digna de Lance Armstrong. Si Esperanza Aguirre tiene más del 50 por 100 de intención de voto en medio del acoso administrativo con que el Gobierno busca el bloqueo de la Comunidad, el cabreo de Simancascon el Estatuto catalán produce hasta cierta ternura. Aupado sobre dos políticos de tan diferente estilo como idéntico relieve, el PP está convirtiendo Madrid en un fortín del que podría salir todo un laboratorio político en el que destilar las fórmulas de la alternativa de poder. Pronto habrá en el PSOE madrileño bofetadas para no ser candidato. La exitosa experiencia de Madrid debería servir también como espejo de virtudes en el propio Partido Popular, cuya tendencia al autocanibalismo empieza a resultar proverbial. Aguirre y Gallardón están demostrando que no hace falta ser monolíticos para ganarse la confianza de la gente. De hecho, representan dos conceptos y estilos de gobernar y de entender la política tan opuestos como complementarios cuando se saben combinar. La presidenta respalda su discurso liberal con una gestión de pragmática eficiencia y un esfuerzo personal rayano en el estajanovismo; el alcalde coquetea por su cuenta con el populismo socialdemócrata desde su célebre perfil de verso suelto Ambos tienen legítimas ambiciones, que habrán de manejar a base de medir bien los tiempos, pero ninguno de los dos ignora, pese a su conocida rivalidad, que el tándem tiene una eficacia electoral demoledora. Ése es el camino hacia un proyecto de mayoría como el que aglutinó Aznar. Un proyecto en el que quepan Acebes y Piqué, Aguirre y Gallardón, Arenas y Camps. En el PSOE conviven con pragmatismo tipos cuyas diferencias de modelo social y territorial son mucho más acusadas: Bono y Patxi López, Ibarra y Maragall, Guerra y Chaves, y no sólo no se pisan la manguera entre bomberos, sino que se tragan sin pestañear, prietas las filas, sapos como el del Estatuto. El día en que los líderes del PP aprendan a sumar y acompasar los tiempos, minimizar diferencias y jugar para el equipo, el fenómeno de Madrid tendrá su correlato en una alternativa nacional mucho más sólida. El combustible para el despegue corre a cuenta de la imprudencia del Gobierno.