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ABC DOMINGO 29 1 2006 69 Barenboim sigue hospitalizado tras el desmayo que sufrió el viernes, poco antes de un concierto en la Staatsoper Escribir en español conculca la triada Territorio, Historia y Lengua sobre la que se quiere construir la patria vasca (1914- 1995) quien dominaba el euskera pero escribía en español y mantenía una relación no menos tensa con los actuales nacionalistas. En poesía, Gabriel Celaya (Hernani, 1911- Madrid, 1991) militante comunista, fue un altísimo representante de la gran poesía social y optó por el castellano como arma de combate. También el fuego poético del bilbaíno Blas de Otero ha avivado la poesía española del último medio siglo. Lírico fieramente humano en Pido la paz y la palabra y En castellano aborda al hombre español y su circunstancia. El escultor Jorge Oteiza (Orio, 1908- San Sebastián, 2003) creador de una obra indisoluble de la cultura y el paisaje vasco, asimismo escribía poesía en castellano como su Androcanto (1956) Esa generación también tuvo grandes narradores como Luis Martín Santos (1924- 1964) quien nació en Larache pero vivió en San Sebastián a partir de los cinco años; e Ignacio Aldecoa (Vitoria, 1925- Madrid, 1969) EL TIPO PSICOLÓGICO ESPAÑOL PÍO BAROJA C Verdes valles, colinas rojas Ya entre los vivos, el novelista Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923) ha recreado la saga de un pueblo vasco en Verdes valles, colinas rojas Por su parte, el historiador Miguel Artola (San Sebastián, 1923) que ha dedicado su vida al estudio de la transición desde el Antiguo Regimen a la modernidad, también ha recreado la historia de su San Sebastián natal. Otros vascos destacan con el maestro en el estudio de la historia propia y española como Juan Pablo Fusi (San Sebastián, 1945) autor de Política obrera en el País Vasco 1880- 1923 El problema vasco en la Segunda República y El País Vasco y Fernando García de Cortázar (Bilbao, 1942) el más importante divulgador de la historia de España en nuestros días. Y hay vascos que piensan en español como el filósofo Fernando Savater (San Sebastián, 1947) explorador de las obras de Cioran y Nietzsche, especialista en ética, hombre de saberes dieciochescos y activísimo miembro del Foro de Ermua; o el ensayista Jon Juaristi (Bilbao, 1951) quien pudo despertar del fanatismo de la identidad vasca y desentrañar las claves del victimismo nacionalista en El bucle melancólico y La némesis sagrada También hay vascos periodistas que brillan y viajan en castellano como Manu Leguineche (Arrazua, 1941) Y, para terminar, una gavilla de vascos de las últimas hornadas que narran en español como la popularísima Lucía Etxebarría (Bermeo, 1964) el espléndido autor de Fuegos con limón Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) y Pedro Ugarte (Bilbao, 1963) finalista del premio Herralde en 1996 con Los cuerpos de las nadadores con quien ponemos fin a una relación que podría continuar en un largo suma y sigue. uando el español marcha al extranjero, casi siempre tiene que soportar algún desdén y, lo que es más desagradable, alguna explicación acerca de la psicología española. Es ciertamente molesto oir á un francés ó á un inglés culto en cuestiones generales que, sin saber nuestro idioma ni conocer nuestro país, nos describe como un naturalista puede describir un coleóptero, con todas sus particularidades; pero es todavía mucho más desagradable oir á un americanito, que apenas sabe firmar y que lleva las plumas en la maleta, definirnos con lugares comunes cogidos de un libro francés. Yo, siempre que he hablado con extranjeros, he tratado de convencerles de que la psicología española, que pasa como verdadera é indudable, es un lugar común un tanto problemático. El español, según la distribución de papeles que han hecho Fouillee y otros escritores, es hidalgo, fanático, puntilloso, imaginativo, etc. etc. lo ha sido siempre y lo sigue siendo. ¿Qué hay de cierto en todo esto? Yo creo que muy poca cosa. Primeramente, no sabemos qué es lo permanente en España, y si desde un punto de vista espiritual hay una ó varias Españas, uno ó varios tipos de españoles. Los que creen en la unidad se basan en la antropología, en la literatura y en la historia; los que creen en la variedad se basan también en la antropología, en la literatura y en la historia. La antropología dice muy poco, por ahora: señala en la Península una gran variedad étnica; pero una variedad de tipos tan próximos, que no se puede deducir de ella consecuencia alguna. Se necesitará mucho tiempo para que la ciencia de las razas (la fantasía de las razas, según algunos) pueda obtener conclusiones, y es posible que cuando las obtenga no aclaren nada en la práctica; tal será con el tiempo la mezcla étnica en todos los pueblos. La base de los que creen que hay una psicología única en el español la encuentran en la literatura, y sobre todo en la literatura del siglo XVII. Yo creo que examinando esta tesis del tipo único del español se advierte que no ofrece gran consistencia. La literatura española, como todas, tiene el sello de la cultura y de la ideología de la época; nuestra literatura toma de fuera y presta también á fuera sus productos. Así, el Poema del Cid se forma, al parecer de algunos eruditos, por influencia de la canción de Rolando; el Cid, tan español, tiene en su gestación, según estos investigadores, algo de francés, y después vuelve á tener una nueva personalidad francesa en Corneille. Estos préstamos son constantes en las literaturas. Mo- El artículo de Pío Baroja se publicó en ABC el 2 de enero de 1917 junto con las noticias de la Primera Guerra Mundial liere imita á Alarcón y á Tirso; después Moratín imitará a Moliere. ¿En qué literatura no pasará esto? ¿Cuál de ellas no estará hendida, atravesada por la influencia de las otras? Se podría decir que hay algo peculiar en cada literatura; quizá es cierto; ¿pero qué es lo peculiar en nuestra literatura? ¿Cuál es su característica? ¿Es el énfasis? ¿Es la exageración? Entonces Corneille y Víctor Hugo son más españoles que los españoles mismos. ¿Es el conceptismo? ¿Hay conceptistas en todas partes? El que busque razonamientos ó datos en la historia para orientarse y ver si hay unidad ó variedad en el tipo español á través del tiempo, se encontrará con que la historia de España está por hacer. Se conoce, sí, una narración anecdótica de los Reyes y de sus familias; pero la vida de los pueblos y de las comarcas está en la obscuridad. No sólo los detalles, sino lo más fundamental queda sin aclaración. Así, por ejemplo, un proceso tan importante como el de la supuesta decadencia de España está sin resolver. Corre desde hace tiempo como una verdad inconcusa que España, en tiempo de los Reyes Católicos, tenía 25 ó 30 millones de habitantes. Esta afirmación, que se repite y parece cierta a fuerza de ser repetida, no está basada en nada. Confrontando datos de aquí y de allí se llegaría á creer que España nunca tuvo en el siglo XVI una población superior á cinco ó seis millones de habitantes. Otra manifestación de la misma idea es la decadencia de la cultura. Se supone gratuitamente que España en los siglos XVI y XVII fue un gran centro de cultura, que decayó por completo. Para hacer destacar más esta idea se ha intentado dar un aire de esplen- dor a los siglos XVI y XVII, y hundir en la sombra el XVIII, cosa que no es la realidad, ni mucho menos. El siglo XVIII español no es un siglo vacío de cultura. Tiene, es cierto, una inferioridad artística con relación al anterior pero nada más. España, probablemente, nunca ha sido un centro de cultura: nuestro país ha estado siempre en la frontera de la civilización. El fruto artístico y literario de España es un fruto periférico, de una zona donde la cultura se mezcla con la naturaleza. Los que quieren afirmar á España como foco de cultura en el siglo XVI suelen citar á Luis Vives, á Miguel Servet, á Loyola y á otros que no tenían de español más que el nacimiento. ¿Se explica que estos hombres hubiesen salido definitivamente de España si en su país hubiesen tenido un foco intenso de cultura? España no ha poseído nunca grandes medios materiales, no ha contado con emporios de civilización. Además de esto, su economía pobre fué perturbada por el descubrimiento de América. Han faltado en nuestro territorio las ciudades ricas, comerciales, populosas. Hombres cumbres repletos de sentido pedagógico, como los del centro de Europa, no los ha tenido España, no por falta de genio, sino por falta de ambiente y de riqueza: así no ha habido entre nosotros humanista del tipo de Erasmo, de Voltaire, de Diderot, de Goethe, como no hemos tenido sabios del estilo de Lavoissier ú Hoerschel, ni pintores á lo Leonardo de Vinci. Los grandes hombres de España parecen nacidos solos y desnudos en medio de la Naturaleza; así son Calderón, Velázquez, Goya. Son los tipos de la cultura periférica, como esos pioneer que edifican su granja en los últimos linderos del mundo civilizado. La creencia de que España no ha entrado definitivamente todavía en la zona central de la civilización hace pensar en una posible transformación de España; hace pénsar también en que el tipo del español, hoy obscuro para nosotros, llegue á aclararse, á decantarse y á verse en él de una manera precisa sus aptitudes. Ha de llegar un día, relativamente próximo, en que la población de España se haga densa, en que las ciudades estén rebosando, en que la paz esté segura y no haya peligro de algaradas ni de motines. Al mismo tiempo, el norte de África se habrá civilizado, y la Península será un paso de un continente a otro. Entonces España será una nación de cultura central, tendrá una política seria, sus estadísticas serán irreprochables, sus escuelas estarán perfectamente organizadas, producirá su ciencia en sus laboratorios y su arte en sus talleres. Quizá entonces algún español recalcitrante se queje y diga: ¡Cuánto mejor se debía vivir en la España desorganizada de antes! Pero esta queja podría repetirla un descontento en el paraíso de Mahoma ó en la Nirvana de Buda.