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62 Los domingos DOMINGO 29 1 2006 ABC VIAJE A LOS CONFINES DEL DRAGÓN ROJO Año nuevo chino Vida de canes Más de 300 millones de chinos viajan con motivo del Año Nuevo Lunar, como la limpiadora Xiao Fen Yuan, que hace un viaje de más de 30 horas en tren desde Pekín hasta la mísera provincia de Sichuan TEXTO Y FOTOS: PABLO M. DÍEZ, CORRESPONSAL EN PEKÍN uando Occidente aún no se ha recuperado de la resaca de las Navidades, hoy comienza en buena parte de Asia el Nuevo Año Lunar. Como no podía ser de otra manera, dicha fiesta resulta especialmente multitudinaria en el país más poblado del planeta, China. Aunque parezca inaudito, esta inmensa nación de 1.300 millones de habitantes, donde los bancos abren hasta los domingos y la construcción de rascacielos no se detiene ni siquiera de noche, se paraliza prácticamente por completo durante estas fechas tan señaladas para despedir al Año del Gallo y dar la bienvenida al del Perro. No en vano, en las dos semanas anteriores y posteriores a la Fiesta de la Primavera, como también se denomina en mandarín a esta celebración, se mueven de una punta a otra del coloso oriental más de 300 millones de personas, de las cuales la mayoría son emigrantes rurales que vuelven a casa después de un año de duro trabajo en las grandes ciudades. Uno de estos 150 millones de chinos que han tenido que abandonar el campo para buscarse la vida en las macrourbes que proliferan en el gigante asiático es Xiao Fen Yuan, una criada de 40 años que trabaja limpiando casas en Pekín. Al igual que sus sufridos y laboriosos compatriotas, esta mujer menuda, pero llena de energía y optimismo, aprovecha el Año Nuevo Lunar para reunirse con su familia en la remota provincia de Sichuan, situada a más de 2.000 kilómetros de distancia al suroeste de la capital china. Para ello, tomó el pasado día 21 el tren que salía de la Estación Oeste de Pekín a las 11 menos diez de la noche en dirección a Chengdu, la ciudad más importante de Sichuan. Junto a ella, ABC realizó este impresionante recorrido que dura 32 horas y atraviesa media China. Toda una odisea por el corazón del dragón rojo que comenzó en la misma esta- C Xiao Fen Yuan, en la escalera, decora su casa con motivo del Año Nuevo Chino. ción de Pekín, atestada por miles de personas que se agolpaban junto a sus bultos en las enormes salas de espera donde los viajeros esperaban pacientemente su turno para acceder a los andenes. Aunque Xiao Fen Yuan tuvo suerte y pudo subirse a su tren sin más complicaciones que abrirse camino a codazos entre la multitud, las fuertes nevadas registradas la semana pasada en varias provincias del sur habían inmovilizado tan sólo un día antes a 160.000 personas por todo el país, más de la mitad sólo en Pekín. Pero el hecho de que no sufriera ningún retraso no significa que el viaje fuera fácil en el ferrocarril número 1163, cuyos billetes oscilan entre los 650 yuanes (65,83 euros) de las literas más confortables y los 205 yuanes (20,76 euros) de los asientos normales. Decenas de pasajeros que ni siquiera pudieron conseguir una de estas plazas tan incómodas tuvieron que realizar todo el trayecto a pie o acurrucados sobre su equipaje en los estrechos pasillos. En tan lamentables condiciones, que empeoraban a medida que pasaban las horas y se iban ensuciando los servicios, el tren Aunque hacía ya un año que la familia no se veía, en el reencuentro no se produjeron abrazos ni besos ni lágrimas dejó atrás al cabo de un día de viaje las cuencas mineras de la provincia de Shaanxi, la populosa región agrícola de Henan y la antigua capital imperial de Xi an, famosa en el mundo entero por sus guerreros de terracota. En este agotador recorrido, el denominador común fue la nieve y los nefastos efectos medioambientales que el desenfrenado crecimiento industrial chino está causando en el entorno, plagado de obsoletas fábricas cuyas larguísimas chimeneas no cesaban de expulsar humaredas que a menudo impedían que el sol hiciera acto de presencia. El mismo panorama ausente de cualquier atisbo de color, pero esta vez por las nubes que cubren la húmeda provincia de Sichuan, estaba esperando a Xiao Fen Yuan en la Estación del Norte de Chengdu, donde el tren llegó con dos horas de retraso a las nueve de la mañana del pasado lunes. Tras abandonar el recinto en medio de una riada de gente, la mujer tuvo que sortear otra multitud para tomar un autobús en dirección a su condado natal de Xing Wen, a otras seis horas de viaje. Allí, en su granja de Ming Sheng, la estaban esperando su marido, Xia Fu Hua, y su segundo hijo, Xia Wei, de 12 años de edad. Ahora que la otra hija, Xia Xue Mei, de 18 años, está a punto de marcharse a trabajar como criada a España, del pequeño se encarga el padre, quien tuvo que dejar la fábrica de muebles de Pekín en la que estaba empleado por la enfermedad pulmonar que le provocaron los barnices. Aunque hacía ya un año que la familia no se veía, en el reencuentro no se produjeron abrazos ni besos ni lágrimas, tan sólo unas afables y tímidas sonrisas propias de la contención e ingenuidad que caracterizan al espíritu chino. Por eso, entre sus vecinos y parientes despertó más expectación el periodista lao wai (extranjero) que acompañaba a Xiao Fen Yuan, cuya presencia había sido anuncia- da con varios meses de antelación en todo el valle en el que se enclava su casa. Un lugar donde, por cierto, nunca antes habían visto a un occidental... salvo en la televisión, claro. Bienvenido a mi hogar, lamento que sea tan pobre se excusó la mujer cargando con su maleta por el enfangado sendero que conducía hasta la vivienda, a la que se llega a través de un tortuoso camino de barro donde a duras penas pueden cruzarse las motocicletas en las que se suelen mover los campesinos con los desvencijados camiones y furgonetas que comunican un pueblo con otro. Dicha construcción, de dos plantas y aspecto sencillo, se levanta en medio de una zona plagada de cultivos distribuidos en terrazas. Hasta donde alcanza la vista, todo el terreno está labrado por la mano del hombre y aprovechado para la agricultura, puesto que las familias viven aquí de los dos mús de tierra (1,2 hectáreas) que posee cada una, donde cultivan arroz, patatas, coles, tabaco y hasta té. A pesar de disponer de tales productos, y de los cerdos, patos y gallinas domésticos que campan a sus anchas por todas las casas del mundo rural chino, los granje-