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16 Nacional EL DESAFÍO DEL ESTATUTO CATALÁN LA NEGOCIACIÓN DOMINGO 29 1 2006 ABC José Luis Rodríguez Zapatero ha confesado que la negociación con Mas fue la más compleja y delicada que ha tenido que afrontar, en términos políticos, desde que asumió el liderazgo del PSOE en el año 2000 El pacto de La Moncloa GONZALO LÓPEZ ALBA MADRID. En el espacioso salón con vistas a los jardines situado en la planta baja de la residencia privada del Palacio de la Moncloa, donde José Luis Rodríguez Zapatero ve los partidos del Barça cuando invita a sus amigos, se fraguó y selló, al filo de la medianoche del sábado día 21, el pacto sobre el nuevo Estatuto de Cataluña entre el presidente del Gobierno y el líder de CiU, Artur Mas. Las siete horas que duró esta reunión fue, según confesión del presidente a colaboradores cercanos, la negociación más importante, compleja, y delicada en términos políticos que Zapatero ha tenido que afrontar desde el año 2000 cuando asumió el liderazgo del PSOE y empezó a trascender su querencia por el pacto. Pero, antes de llegar a esas horas decisivas, para alcanzar el pacto de La Moncloa que algunos han dado en llamar la alianza entre sensatos fue menester un largo recorrido- -dieciocho meses de negociación en Cataluña y cuatro en Madrid- -lleno de curvas, pendientes, frenazos y acelerones. La primera oportunidad se dio a finales de diciembre, cuando Rubalcaba había logrado convencer a todos sus interlocutores de que el acuerdo tenía que cerrarse o darse por imposible antes de que concluyera el plazo para presentar enmiendas, el día 27. Su estrategia de arrancar el acuerdo con la presión del reloj la arruinó- -con gran irritación en su partido- -el presidente del Congreso, Manuel Marín, al negarse, ante la oposición del PP, a aprobar una miniprórroga de tres días. La segunda se produjo en la segunda semana de enero. Rubalcaba había conseguido encarrilar de nuevo las negociaciones en su viaje del día 5 a Barcelona, que aprovechó también para transmitir a Pasqual Maragall la conveniencia de que se mantuviera al margen en esta fase del proceso, con- -entre otros- -el argumento de que había que preservar el papel institucional del presidente de la Generalitat por si la reforma finalmente embarrancaba. Pero unos días más tarde, el 10, Maragall volvió a echar por tierra la estrategia del equipo negociador al convocar una reunión del cuatripartito en la que CiU, PSC, ERC e ICV se conjuraron en la exigencia de una Agencia Tributaria única para Cataluña y de su definición como nación en el articulado del Estatuto. Ese día Rubalcaba se fue a la cama de madrugada y sin saber cómo desenredar la madeja. Joan Saura- -otra de las particularidades de este proceso es que se han trenzado muchas complicidades y afectividades personales- le había hecho un diagnóstico muy gráfico de la situación: Nos hemos consorciado. ¿A ver cómo rompemos ahora el consorcio? ¿Qué le damos a Mas? La negociación había vuelto a encallar en dos asuntos que, más allá de sus repercusiones prácticas, tienen un fuerte contenido simbólico: la nación y la Agencia Tributaria. El análisis de fondo seguía siendo que todos quieren el pacto, pero nadie quiere ser el primero en dar el sí y la gran pregunta era: ¿Qué le damos a Mas? El apoyo de CiU se consideró siempre políticamente imprescindible- -por mucho que Maragall dijera que se podía sacar adelante la reforma sólo con ERC- pero, según admitían entonces los negociadores gubernamentales, el texto se parece muy poco al Dos oportunidades fallidas El negociador del presidente, Alfredo Pérez Rubalcaba, había acariciado por dos veces con la yema de los dedos la posibilidad de servir a su jefe el acuerdo en bandeja, pero- -una de las particularidades de este complejo proceso negociador- -fueron dos correligionarios quienes desbarataron sus expectativas. La fórmula de nación fue consultada con Chaves, que informó a los demás presidentes autonómicos del PSOE Maragall y Duran no tuvieron conocimiento previo de la cita decisiva entre Zapatero y Mas aprobado por el Parlamento de Cataluña y es muy bajo para sus exigencias En la última reunión multilateral, celebrada el 20 de enero, CiU mantuvo una actitud muy reacia al acuerdo, lo que tiñó de negro las expectativas de la delegación socialista. Sin embargo, el De la trascendencia de un punto y seguido La espinosa cuestión de la denominación de Cataluña se resolvió mediante el uso combinado y sucesivo de tijeras, semántica, doctrina constitucional y, finalmente, ortografía. El equipo negociador designado por Zapatero había reducido a un folio los tres del farragoso preámbulo aprobado por el Parlamento de Cataluña. Este texto, el único redactado sobre esa cuestión, fue el que se trasladó al cuatripartito en la última reunión multilateral, la celebrada el jueves 20 de enero. La redacción original era: Coherentemente con todo lo anterior, de modo natural, muchos ciudadanos y ciudadanas catalanes sienten a Cataluña como una nación... Esta redacción se adelgazó en intervenciones sucesivas. Así, se suprimió coherentemente con todo lo anterior -la historia de Cataluña- -a propuesta de Josep Antoni Duran Lleida, de modo natural a iniciativa de Joan Puigcercós y muchos a sugerencia de Manuela de Madre, para quedar en: Ciudadanos y ciudadanas catalanes sienten a Cataluña como una nación Fue en esta frase en la que se concentraron Zapatero y Mas hasta llegar a la redacción final: El Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de ciudadanas y ciudadanos catalanes, ha definido, de forma ampliamente mayoritaria, a Cataluña como una nación. La Constitución española, en su artículo segundo, reconoce la realidad nacional de Cataluña como una nacionalidad Mas intentó, sin éxito, suprimir el punto y seguido para establecer una equiparación directa entre la definición acordada por el Parlamento de Cataluña y la recogida en la Constitución, con el objetivo de reforzar la equiparación de hecho entre nación y nacionalidad: El Parlamento de Cataluña ha definido... a Cataluña como una nación, realidad nacional que la Constitución reconoce como una nacionalidad Zapatero lo rechazó porque, aunque hay constitucionalistas y doctrina que sostienen que el reconocimiento de Cataluña como nación no hubiera vulnerado la Constitución por cuanto la soberanía no reside en la nación española sino en el pueblo español el presidente del Gobierno ya había concluido que ese reconocimiento era altamente peligroso desde el punto de vista político El punto y seguido, según expertos que participaron en la negociación, es el dique que establece claramente que el sentimiento de nación reflejado en el acuerdo del Parlamento catalán se traduce constitucionalmente como nacionalidad lo que se refuerza manteniendo en el artículo 1 esta denominación, la misma que utiliza el Estatuto vigente. En cuanto a la financiación, sólo hubo una propuesta por escrito del Gobierno- -sobre la que luego se fueron introduciendo variantes- que había sido negociada previamente por el vicepresidente económico, Pedro Solbes, y el consejero de Economía de la Generalitat, Antoni Castells, que tienen una relación de confianza que viene de antiguo. Cuando Solbes fue nombrado ministro de Economía por Felipe González, en 1993, eligió a Castells como representante español en el Tribunal de Cuentas de la Unión Europea, y posteriormente coincidieron en la política comunitaria cuando el ahora vicepresidente segundo fue nombrado comisario. El acuerdo en financiación no difiere sustancialmente de lo que ya se había acordado, a pesar de que Artur Mas había dicho en una de las últimas reuniones celebradas en Barcelona que para esto, no hace falta cambiar el Estatuto