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ABC SÁBADO 28 1 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ESCRIBIR COMO DIOS AYA finta. Si Juan Pablo II fue futbolista aficionado en su juventud polaca, este Papa bávaro debe de haber jugado de media punta en los juveniles del Bayern Munich. Desde que se anunció la primera encíclica del Pontificado estaba la progresía- -y también, parte de la ortodoxia, por qué negarlo- -en espera de un Ratzinger flamígero, tronante contra los pecados de la modernidad, azote del relativismo, y he aquí que saca un texto hermoso, bien plumeado, sereno, sobre la fuerza del amor como motor del mundo. Y encima le mete leña a los fundamentalismos religiosos y morales, elogia las organizaciones humanitarias, pide disIGNACIO tancia entre la Iglesia y CAMACHO el Estado y muestra respeto hacia el eros como expresión de la corporeidad amorosa. ¿Y éste era el inquisidor, el dóberman de la Iglesia, el feroz cancerbero de la doctrina? Los detractores prejuiciosos que le saludaron con etiquetas de desprecio se han quedado, por el momento, con la cintura doblada por el regate. El Papa Benedicto no lleva debajo de la sotana al rottweiler de Dios sino al filósofo Ratzinger: un teólogo abierto a la discusión ecuménica, escrutador concienzudo de la tradición del pensamiento europeo, meditador reflexivo, estudioso moralista cuya honda solidez arranca del conocimiento de los clásicos y las raíces filológicas de la doctrina. Lo que diga podrá gustar más o menos, pero va a ser difícil discutirle las ideas en el plano intelectual. Este no es un Pontífice forjado en la experiencia metalúrgica y fabril, como su antecesor, ni en el carisma parroquial de un Juan XXIII, sino un pensador crecido en el paisaje de la cultura y de los libros, y autor de una docena y media de ellos. Será más rígido con las masas, pero maneja las ideas con la familiaridad de un sabio. Y como tal conoce que el secreto de la convicción no reside sólo en el interior de los conceptos, sino en la claridad y belleza de su exposición. Vaya, que sabe escribir, que le importa el estilo, que aprecia y valora la intensidad expresiva del lenguaje. Por eso la encíclica Deus caritas est está construida mediante un verdadero esfuerzo de voluntad literaria. Tiene una prosa serena, suave, clara, que brinca en la filosofía con la pasión de un erudito. Lo mismo cita a Aristóteles que a Nieztche, a Descartes que a Marx. Es prosa doctrinal, pero prosa bella, surgida del deseo de convencer a través de la palabra. No es la obra del funcionario vaticano que citaba a los teólogos críticos para echarles la bronca, sino la del Pontífice que los llamó recién investido para invitarlos al diálogo. Es la escritura de un hombre que se ha pasado medio siglo sumergido en la lectura de toda la sabiduría compilada del Universo, y que ha aprendido a destilarla en el alambique del idioma. Un respeto, pues, para este Papa filósofo que, de momento, ha demostrado que escribe como Dios. V MIRAD CÓMO SE AMAN N su Apología contra los gentiles, Tertuliano nos ofrece un testimonio de primera mano sobre la vida de los cristianos primitivos. Allí leemos que los paganos, admirados de la fraternidad que se entablaba entre los seguidores de Jesús, murmuraban envidiosos: Mirad cómo se aman Sin duda, esta concepción de la Iglesia como comunidad fundada en el amor, donde todos- -con sus flaquezas e imperfecciones- -tienen cabida fue el fermento que facilitó la expansión de la fe en el Galileo; y deberíamos preguntarnos, con espíritu crítico, si no habrá sido precisamente el decaimiento de esa concepción y su sustitución por otra demasiado legalista la que ha determinado a la postre su retroceso. Al recordarnos en su encíclica que el amor es el acontecimiento nuclear de la experiencia cristiana, Benedicto XVI nos propone un viaje hacia las raíces JUAN MANUEL mismas de la fe, que San Juan supo DE PRADA compendiar en una sola frase: Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él Habría que destacar de esta encíclica, en primer lugar, la belleza de su escritura. Aunque maneja arduos conceptos, Benedicto XVI rehúye el alambicamiento expresivo y el galimatías escolástico. Sabe, como Ortega, que la claridad es la cortesía suprema del filósofo; sus frases son siempre de una sintaxis diáfana y su razonamiento terso, no exento de una contenida vibración poética. Ocurre así, por ejemplo, cuando refuta a Nietzsche, sosteniendo que el cristianismo no niega el eros humano, sino tan sólo su desviación destructora, dominada por el puro instinto: Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse del otro. Ya no busca sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía el bien del amado Ese eros convertido en agapé, que se entrega y desea ser para el otro no es sino E reflejo del amor divino, que se proyecta previamente sobre cada hombre. Y esa experiencia íntima del amor divino tiene que ser, naturalmente, comunicada a otros, a través del ejercicio de la caridad. En la segunda parte de su encíclica, Benedicto XVI prueba a definir, en comunión con la doctrina social de la Iglesia, los contornos de la caridad cristiana. Reconociendo que la misión de instaurar un orden justo en la sociedad es propia del Estado y no de la Iglesia, corresponde a ésta sin embargo dar respuesta inmediata en una determinada situación Quienes han caracterizado sumariamente a Benedicto XVI como un severo fundamentalista deberán envainarse ahora sus vituperios, ante afirmaciones que recuperan el sentido primigenio del amor cristiano: Quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe de la Iglesia. Es consciente de que el amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos impulsa a amar. El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor Lo cual no es óbice para que esa elocuencia callada del amor, que se alimenta en el encuentro con Cristo, se exprese a través de la oración, cuya importancia Benedicto XVI resalta ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos comprometidos en el servicio caritativo De este modo, reclamando el consuelo del Espíritu, el cristiano puede ejercer su labor caritativa de manera más esperanzada y paciente, en unidad íntima con Dios. Benedicto XVI sabe, como el místico de Fontiveros, que en el atardecer de nuestra vida se nos juzgará sobre el amor. Con su primera encíclica, ha querido recordarnos cuál debe ser la opción fundamental en la vida de un cristiano. Ojalá sirvan sus palabras para que, como en tiempos de Tertuliano, se vuelva a escuchar aquella frase admirativa: Mirad cómo se aman