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ABC MIÉRCOLES 25 1 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA FRACTURA L QUIERO SER DANÉS IENE que ser maravilloso vivir en un sitio que no sea una nación de naciones, sino una nación en condiciones. Donde cada mañana no te pegues un susto de muerte con la chorrada insensata y malvada que se le haya ocurrido al que iba a acabar con la ETA y de momento está acabando con España. Tiene que ser maravilloso vivir, por ejemplo, en Dinamarca, donde no hay ningún Carod, ni Otegui, ni Chaves con camisa negra. ¿Han visto a Chaves con la camisa negra en el comité de su partido? Chaves vio que los que iban de camisa negra, uniforme totalitario- musoliniano de ERC, sacaban la tajada y se quedaban con el manso de los presupuestos, y le dijo a su señora esposa: -Antoñita, échame en la maleta una camisa negra, que tengo comité federal y verás tú si me pagan la deuda histórica o no me la pagan cuando me presente disfrazado de Carod... ANTONIO Púsose Chaves la camisa negra. BURGOS No sirvió de nada. Pues Antoñita, cosas de mujeres, se confundió de camisa negra. Y en lugar de echarle en la maleta la de Carod, le puso la de los palmeros de Peret, el de la rumba catalana. Hay diferentes camisas negras catalanas. No es lo mismo la de Carod que la de los palmeros de Peret. La de Chaves es de éstas: de tocar las palmas a todo lo que se mueva, a ZP, al Estatuto catalán, hasta al descenso de Andalucía a la segunda división autonómica. Es lo que hace el Sindicato de los Calladitos. Los que decían, gallitos, que España no hay más que una, y que es la única nación, ya los ven: de Belinda. Bono, Ibarra, Chaves, los novelistas Leguina y Escuredo, todos callados. La pela es la pela y con los cargos de comer no se juega. Y si maravilloso tiene que ser vivir en una nación donde el gobierno no tenga de socios a los que quieren acabar con ella, nada te digo si no sienten vergüenza alguna en mostrar al mundo su forma de Esta- T do: la Monarquía. Dinamarca ha vivido el mismo gozoso trance histórico que España, pero de qué modo tan distinto. En Dinamarca ha nacido el sucesor del heredero, el primogénito del Príncipe Federico y de su esposa, Mary. Al cambio, como nuestra Infanta Doña Leonor. Pero cuando nació Christian, que tal es el nombre del heredero danés, no lo presentaron a la Prensa de modo cutre en el aparcamiento de la clínica, en plan vámonos que nos vamos, como le hicieron a la pobre Infantita que será un día Reina. Dejad los salones del Palacio Real para mejor ocasión, hijos míos, que la presentación de una Infanta de España en el aparcamiento de una clínica es mucho más democrática En Dinamarca, obviamente, no hicieron una segunda presentación de Christian en vaqueros y en una residencia playera modelo Viajes Halcón. Allí, como son tan raros, usan los salones de los palacios de la Corte. Y visten a los niños con gusto y mimo, de lo que son, de príncipes, y no con estos pantaloncitos vaqueros como de ayuda humanitaria, sobre los que me queda una duda: ¿eran de las rebajas de Carrefour o de las oportunidades de Alcampo? Y al final, pero no lo último, el bautizo. En Copenhague celebraron el bautizo de Christian en la capilla del Castillo de Christianborg, con órgano y coral, ceremonial, pompa y circunstancia, como se merece un futuro heredero, y asistieron todas las Casas Reales europeas. Aquí, ya ven, en el Madrid de la capilla de Palacio, de Los Jerónimos, de La Almudena, la futura Reina de España fue bautizada en el vestíbulo de un chalé buenecito de la carretera del Pardo, vulgo Palacio de la Zarzuela. Nada de altar ni de capilla: pila de Santo Domingo pelada y mondada, casi palangana de Pilatos. Y nada de presencia de otras casas reales. Que se note poquito que somos una Monarquía y que formamos parte de la Unión Europea. Porque, si no, los tíos de la camisa negra que van a acabar con todo esto se pueden cabrear antes de tiempo. ¿Dónde hay que echar los papeles para ser danés? O peor es la fractura. La doble fractura, sentimental y moral, que este proceso superfluo y estéril ha provocado sin necesidad en el tejido invisible de la convivencia. Sentimental porque este debate de enconos, lejos de anclar a Cataluña en España, como proclaman sus triunfalistas arúspices, ha abierto una brecha quizá definitiva de alejamientos e incomprensiones. Moral porque para muchos españoles, votantes o simpatizantes de la izquierda, esta crisis les coloca ante una encrucijada de convicciones que les obliga a elegir entre su ideología y su conciencia, entre su partido y su nación. Al apostar de modo terminante por la alianza con el nacionalismo, Zapatero sitúa a gran parte de su electorado a contraviento de su tendencia naIGNACIO tural. Con mejores o peoCAMACHO res razones, la izquierda sólo encuentra su razón de ser en una opción por la igualdad contra los privilegios, sean éstos de ciudadanos, de corporaciones, de clases o de territorios. Y para eso se necesita un Estado capaz de redistribuir recursos y servicios, incompatible con esta alborozada confederalidad que adelgaza hasta la anorexia el modelo solidario y lo subvierte en una amalgama de nacioncitas rampantes, egoístas y ensimismadas. Pero el presidente ha trazado una estrategia que cambia ideología por hegemonía, equidad por poder, y ha cambiado las reglas del juego dejando a la izquierda que se siente y se quiere española en una especie de perpleja orfandad moral que la empujará a la abstención o a votar con la nariz tapada, y que acabará perjudicando al propio sistema democrático. Al final, la única razón real por la que el Gobierno ha sacado adelante el Estatuto catalán es la de aislar al PP mediante una alianza que echa por las piedras el carro de los principios nacionales del proyecto socialista. Puede obtener con ello réditos inmediatos- -el caso Piqué es una muestra- pero ahonda un desencuentro de fondo que va a tener consecuencias nefastas en el equilibrio de la concordia civil, rota de modo artificial y arbitrario. Como las va a tener la otra gran falla que ya se aprecia en el paisaje sociológico, la que cava una grieta sentimental entre Cataluña y el resto, la que siembra de desavenencia y sospecha una relación históricamente frágil y desconfiada. Rajoy propone un improbable referéndum nacional porque sabe que una España irritada diría mayoritariamente que no a una aventura antiigualitaria. Por esa misma razón jamás lo aceptará Zapatero, y por eso su responsabilidad es tan profunda como el calado de su error esencial: porque siendo el jefe del Gobierno de toda España ha preferido actuar sólo a conveniencia de partes, y de qué partes. Y está enfrentando- -él y sólo él, que es el llamado a tomar las decisiones- -no sólo a Cataluña y España, sino a los españoles entre sí mismos. Aun en el caso de que le sirva para afianzarse en el poder, que está por demostrar, debería meditar si esa estrategia merece el precio de una herida tan grave.