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ABC LUNES 23 1 2006 59 FIRMAS EN ABC práctica ahorrativa del outsourcing o sea la externalización y reducción de los servicios. Marqué un número de teléfono que tenía todas las trazas de ser de mi tierra, y sin embargo, me hallé conversando con un amable pero incomprensible joven de India o Malasia. Proferir las mismas palabras de la misma lengua, sin compartir un fondo mínimo de experiencia cultural, no asegura la comunicación. Así se explica que mi nombre entrara en la base de datos de la línea aérea como Ruffell que suena igual que ruffle un volante fruncido en inglés; que la inicial de mi segundo nombre, P se convirtiera en T y que el nombre de mi calle, Flintshire se transformara en Flant Flishaards Yo lo había deletreado todo con palabras: R de Roma, U de Ucrania, S de Sevilla etc. Seis veces le dije al que me atendía que la inicial de mi segundo nombre era P de París, y salió una T de Toledo. No sorprende que se corrompiera a la vez mi dirección electrónica y no llegara nunca a mi ordenador la confirmación de mi reserva. Fui otra vez a la web de la empresa aérea a ver si por fin se me había corregido el nombre. ¡Qué alivio! Porque si me presentaba en el aeropuerto con un pasaporte a nombre de Russell y un billete expedido a Ruffell seguramente me detendrían las fuerzas de seguridad. Pero me esperaba una ¡nueva angustia! ¿Cómo puede una sola cosa tener más de un número en la misma serie de cosas? Creía perder mi fe en la lógica. Cuando pedí mi recibo electrónico, salieron dos números de billete, impresionantes porque cada uno tenía trece guarismos. Por una equivocación peor que las anteriores, pensé, se ha cargado otro segundo billete en mi tarjeta de crédito. Llamé de nuevo a la dirección, y me explicaron que en cada ocasión en que se corrigen errores, se le pone a un billete un nuevo número. Un solo billete, decían, podía tener hasta cinco o seis números. Todo muy lógico, excepto en el prosaico plano en el que moramos y pensamos los entes físicos llamados personas normales. Una de las grandes comodidades de la venta electrónica de los billetes es que tú mismo puedes imprimir tu tarjeta de embarque en casa e ir armado de ella al aeropuerto. Todavía no lo he hecho, porque tengo miedo a lo que pueda salir, no por ninguna imperfección de la informática, sino por lo que pueda haber metido allí mi exótico agente. ¿Aparecerá la plaza correcta? Porque desde el principio yo la pedí de pasillo, pero la primera vez me la dieron de ventanilla. Consolémonos. Aun en esos bellos antaños cuando los billetes se compraban directamente a personas visibles y comprensibles, se daban excepciones a esa añorada facilidad. En la Andalucía de hace medio siglo, dos días seguidos nos cerraron la taquilla de Renfe cuando yo era el siguiente. Subí al tren sin billete. Imagínense las consecuencias de intentar tal táctica en un avión actual. RUSSELL P. SEBOLD ENSAYISTA HAY QUE DEJARLO TODO AL ORDENADOR El billete del volador es ahora electrónico, virtual, invisible, aun cuando el cliente no lo haya pedido en internet, sino que ha hablado con un agente presumiblemente visible. De hecho, lo que es billete billete y te asegura la llegada a tu destino... N otro tiempo más sencillo, el viajero que partía a los pocos días tenía en su posesión un valioso documento, un inequívoco recibo del valor invertido en su inminente itinerario, un calmante consuelo para quien ansiaba ponerse en camino, subir a bordo o despegarse. Ese reconfortante rectángulo de cartulina acompaña aún a quien está próximo a salir en viaje marítimo o ferroviario. Mas, ¡ay del pasajero aéreo! que tiene un billete que no hay modo alguno de mirar para tranquilizarse. Pues el billete del volador es ahora electrónico, virtual, invisible, aun cuando el cliente no lo haya pedido en internet, sino que ha hablado con un agente presumiblemente visible. De hecho, lo que es billete E billete y te asegura la llegada a tu destino no es hoy en día sino un código consistente en seis letras mayúsculas, que tienes que grabar en la memoria, por ejemplo: fqeppr Exagero; te mandarán un billete en papel si quieres pagar un sobrecargo de cincuenta dólares; condición que resulta en que ya nadie lo tiene. Bien es verdad que puedes ir a la página web de tu compañía aérea e imprimir tu itinerario, que lleva el mágico código alfabético. Pero billete, no; no es billete al menos para los que llevamos viviendo más de medio siglo con esas sosegadoras cartulinas. Mayor inquietud te acosa a la hora de pedir el billete, sobre todo si te equivocas al elegir el modo de hacerlo. Pedir billete en internet es lo más fácil y lo más seguro, pero la compañía con que acostumbro viajar a España tenía en sus líneas telefónicas estupendos empleados americanos que llevaban largos años allí y, además de despacharte el billete, te daban maravillosos consejos (por ejemplo, adelantar en un día tu salida y ahorrarte setenta y cinco dólares en el precio del billete) Ignoraba que esos agentes de marras habían caído víctimas de la nueva y engorrosa JAIME DE PINIÉS BIANCHI FORO ARRUPE MADRID LA FINANCIACIÓN DE LA SANIDAD Y EL CO- PAGO A factura sanitaria crece exponencialmente en España. Los factores que explican este crecimiento son fáciles de identificar: 1) hay 3,8 millones de nuevos ciudadanos que usan nuestro sistema sanitario; 2) la expectativa de vida en nuestro país es alta y creciente (82 años para las mujeres y 78 para los varones) 3) la tecnología impulsa a nuevas aplicaciones y usos; y, cómo no, 4) los españoles acudimos a los centros sanitarios cada vez con mayor frecuencia- -hasta 10 veces al año como media por persona. Lógicamente, con esta creciente demanda, las fricciones del sistema sanitario chirrían cada vez más ya que los recursos por definición son limitados. La situación de la sanidad es más apremiante que la educativa ya que, esta última, aún padeciendo las tensiones de una población creciente, tiene una mayor capacidad de absorción. En la medicina lo que cuenta es el coste por persona, un coste que ha doblado en los L últimos 5 años, superando ya con creces la cifra de 1.000 euros anuales por persona. El problema de la sanidad y su financiación fueron el objeto de debate del Foro Arrupe Madrid, dirigido por doña Ana Pastor, ex ministra de Sanidad. Según Ana Pastor, la Constitución española establece que la sanidad es una prestación pública y universal. A diferencia de la educación que también debe ser universal y que no es un servicio público ya que los padres tienen libertad para seleccionar la formación religiosa y moral de sus hijos y pueden intervenir en el control y gestión de todos los centros sostenidos por la administración con fondos públicos, la sanidad sí es un servicio público. No obstante, la provisión del servicio sanitario puede valerse de recursos privados. A la postre lo que interesa es un servicio eficaz y moderno. Una de las vías que los países de nuestro entorno han desarrollado para racionalizar la sanidad y con- seguir un servicio más eficaz y moderno, es el co- pago, formula mediante la cual el usuario contribuye una fracción del pago del medicamento o del servicio médico prestado. Sin embargo, Ana Pastor dejó claro que no es una defensora del co- pago ya que ve en ello un sistema que crea efectos perversos, pues considera que golpea a los más débiles, a los enfermos. A pesar de esta visión políticamente correcta de la ponente, muchos asistentes del Foro Arrupe argumentaron que un sistema de copago no es necesariamente malo, sino más bien parte ineludible de la solución. Cuando todo es gratis, las situaciones de abuso se multiplican y llevan como en la actualidad a un verdadero derroche. Todo tiene su valor y si en España nos decantamos por un sistema de mayor utilización sin límites, nos condenaremos a ser justo eso, proveedores de servicios primarios y a la cola de los avances más importantes de la sanidad moderna. Otra versión clásica del pan para hoy y hambre para mañana Muchos en el Foro Arrupe detectaban miedo en la clase política, tanto de derechas como de izquierdas, para afrontar una solución tan ineludible como políticamente incorrecta. El co- pago llegará a España cuando, irremediablemente, sea demasiado económicamente costoso ignorarlo; y con ello poder afrontar una atención sanitaria de calidad para todos.