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ABC LUNES 23 1 2006 Cultura 57 CLÁSICA Ibermúsica Obras de Mendelssohn, Schubert, R. Strauss y Brahms. Int. Orquesta Filarmónica de Múnich. Dir. Christian Thielemann. Lugar: Auditorio Nacional. Fecha: 18 y 19 de enero CLÁSICA Ciclo de RTVE Obra de E. Elgar. Intérpretes: Orquesta y Coro de RTVE y Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana. Director: A. Leaper. Solistas: D. Montague (mezzo) A. Dean Griffey (tenor) y P. Coleman- Wright (bajo) Lugar: Teatro Monumental, Madrid. El VIEJO ESTILO ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE uienes crean en la capacidad del arte para transmitir un mensaje pueden fijarse en el director Christian Thielemann. Por ejemplo, quienes le acaban de escuchar al frente de la Filarmónica de Múnich. Por supuesto que no se habla aquí de su gesto, de esa orden inflexible que Thielemann lanza con la mirada cuando fija la vista en quien osa sentarse tarde o en aquel que abandona la sala a destiempo (Ya podía servir para fulminar a los coches en triple fila que esperan, sin que nadie ponga remedio, en la puerta del Auditorio y no respetan ni a los peatones) Estas líneas se refieren al espíritu de alguna ya vieja tradición tardorromántica que, según se dice, Thielemann viene a resucitar. A ella pertenece la ampulosidad del estilo, la grandeza del discurso, el melodismo tenso, tantas veces encrespado, el gusto por las sonoridades densas, por las mínimas concesiones al más elemental disfrute... Algo ante lo que es difícil no plegarse, pues tiene, entre sus virtudes la calidad instrumental, que la orquesta de Múnich resuelve con especial equilibrio de planos entre las familias, un viento que suena ancho e integrado, una cuerda espesa, muy bien sostenida en el grave, vibrante y sustanciosa en el agudo. Todo ello demostró ser una gran herramienta a la hora de construir la movediza y compleja polifonía de las Metamorfosis de Strauss, escritas para 23 instrumentos de cuerda y que Thielemann prefiere interpretar con 49. En ella, se hizo alarde de la claridad entre líneas y de la regulación dinámica en el largo y horizontal discurso. También, para navegar por la nebulosa pastosidad de la cuarta sinfonía de Brahms en una realización sin concesiones, firme, impuesta y unitaria. Es obvio que Strauss, algo menos Brahms, se acomodan al sentir de Thielemann, a ese ampuloso arte comprometido que es una de las hazañas del polifórmico romanticismo tardío con el que el director berlinés se encuentra tan a gusto. Por eso su Mendelssohn y Schubert chirriaron por la herida abierta de la hinchazón, pese a lo deslumbrante del aliento orquestal, algo torpe al reaccionar ante algunos cambios de tempo y al lucimiento de trompas y demás solistas, sobre todo si se cree en un propósito más demostradamente poético. Tras la determinación de Thielemann resuena el viejo deseo de que cada hombre comprometa con su elección a la humanidad entera Él, al menos, lo intenta. Q EL GRAN ORATORIO DE ELGAR ANTONIO IGLESIAS U EFE Un instalador de alarmas robó el cellini Las autoridades austriacas revelaron ayer que el presunto autor del robo del Salero de oro del artista renacentista Benvenuto Cellini es un instalador de alarmas de 50 años y sin antecedentes llamado Robert M. informa Antonio Sánchez. El robo se produjo en mayo de 2003 en el Museo de Bellas Artes de Viena, después de que el autor trepara por un andamio y rompiera una ventana para acceder al museo. Robert M. estaba bebido y decidió el robo de forma espontánea. Al no saber qué hacer con ella, mantuvo la pieza escondida durante meses, enterrada en un cofre en un bosque a 120 kilómetros de Viena (en la imagen, los agentes durante el rescate de la obra, en una fotografía distribuida por la Policía) El Salero valorado en 50 millones de euros y considerado la Gioconda de la orfebrería, ha sido levemente dañado y será expuesto de nuevo próximamente. DANZA El Sur Coreografía y dirección general: Víctor Ullate. Dirección artística: Eduardo Lao. Música: Enrique y Estrella Morente. Dirección escénica: Mario Gas. Escenografía y vestuario: Pedro Moreno. Iluminación: Nicolás Fischtel. Principales intérpretes: Ana Noya, Luca Vetere, Yevgen Uzlenkov. Lugar: Teatro Gran Vía, Madrid FLAMENCO EN ZAPATILLAS JULIO BRAVO oco hay que decir ya ahora de la labor empeñada de Víctor Ullate en favor de la danza. La creación de su compañía, que este año cumple la mayoría de edad (se presentó en 1988 en el teatro Arriaga de Bilbao) significó un soplo de aire fresco dentro del panorama de nuestra danza y desde entonces ha sido una indiscutible referencia, además de una fecunda cantera de bailarines que hoy son estrellas en las principales compañías de todo el mundo. Negarle su contribución y su esfuerzo sería un acto de injusticia. En estos dieciocho años la compañía de Víctor Ullate ha pasado por muy distintas etapas. Ahora parece asentada sobre la base de un conjunto joven y vigoroso, compacto y ajusta- P do a los deseos de su director. Así se ha podido comprobar en El Sur el nuevo trabajo de Ullate, con el que el zaragozano ha vuelto a una de sus más destacadas líneas de trabajo: la unión de la danza clásica (o neoclásica) con el flamenco. Es una fórmula en la que Víctor Ullate se siente cómodo y que le ha dado buenos resultados. En El Sur ha ido un paso más allá y ha vuelto la mirada hacia la música de Enrique y Estrella Morente. Con grabaciones de los dos cantaores ha compuesto un popurrí musical sobre el que ha tejido una historia inspirada (casi hasta la literalidad en ocasiones) en Lorca y, especialmente, en su Yerma No obstante, la historia de amor y desamor, de celos y desgarro que se plantea en el escenario la viste Ullate con una coreografía que se desarrolla a saltos, que busca el efecto más que el dramatismo, donde el vuelo de las faldas de las mujeres se convierte en su principal activo y donde falta sinceridad por mucho que sus intérpretes (especialmente Ana Noya y Yevgen Uzlenkov, estupendos bailarines) traten de otorgársela. El resultado es un espectáculo gris y desangelado, que remonta el vuelo en algunos momentos corales en los que la frescura de los bailarines sale a la superficie. La música (hay canciones verdaderamente bellas, naturalmente) pocas veces tiene que ver con lo que está ocurriendo en el escenario, y tampoco se deja ver el trabajo escénico realizado por Mario Gas. na de las obras que mayor prestigio le concedió al compositor inglés Edwar Elgar es indudablemente su oratorio en dos partes, El sueño de Geroncio sobre un texto religioso del cardenal Newman que, desde su estreno en el Festival de Sirmingham, en 1900, ha sido dado a conocer en múltiples lugares siendo recibido con éxito siempre, aunque no pocos lo hayan tildado de falto de ese poderoso aliciente que denominamos personalidad. Y, en efecto, todo a lo largo de su duración, hora y media exactamente, se deja admirar una escritura sincera y sin esos rubores que no pocos sienten ante una semejanza o influencia. Al comienzo de la primera parte, iniciado con un largo periodo orquestal, Wagner podría sentirse muy cerca, pero también las marcas del sinfonismo alemán de los Schumann o Brahms imperarán durante el entero transcurso del gran oratorio, en el que sus abundantes climas calmos, con reflexiva mano, dispone unas orquestaciones de perfecta adecuación, con mucha sensibilidad, comunicando el espiritual diálogo con el Todopoderoso. Llevó El sueño de Geroncio a puerto seguro, la diestra batuta titular de la Sinfónica de RTVE, Adrian Leaper, no importándole hasta sepultar en momentos a los tres solistas, porque su pulso dibuja sin ambages el total sonoro, lo más esenciado de la partitura. Los tres solistas- -el tenor Anthony Dean Griffey, el bajo Peter Coleman- Wright y la mezzosoprano Diane Montague (citados por el orden de su intervención) -lucieron una realmente extraordinaria clase, muy en particular por la seguridad de los agudos del primero y la última. A su extremada calidad, sumémosle la espléndida categoría tanto del Coro que prepara Mariano Alfonso, como el añadido- -hasta ochenta voces mixtas en total- -del Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana, cuyo titular es Jordi Casas, y en este aspecto fundamental de la interpretación hallaremos la principal razón del triunfo de la tarde- noche. Aun así, personalmente no hallo disculpa alguna para que los solistas bebieran cara al público de sus ostensibles botellines... les aseguro que en la historia del canto sus más famosas voces no lo hacían jamás...