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ABC LUNES 23 1 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL SORPASSO S NO HAY FUTURO ASTA hace poco, las parejas sin descendencia eran miradas con una suerte de caridad compungida; presumíamos que, si no habían procreado, se debía a que alguna deficiencia orgánica se lo impedía. Tratábamos a estas parejas sin hijos con esa especie de funesta obsequiosidad que empleamos con los familiares de un difunto, cuando acudimos al velatorio a confortarlos. Ahora empieza a suceder lo contrario: a las parejas con hijos se las empieza a mirar con una mezcla de aprensión y desconfianza, como si fueran pringados a quienes el farmacéutico del barrio endosa las cajas de condones averiados; las parejas sin hijos, en cambio, son contempladas con una fascinada curiosidad, incluso con envidia. Se han convertido en un modelo social digno de emulación, en creadores de tendencias incluso se les ha adjudicado una designación que suena risueña y megacool, dinkis (derivaJUAN MANUEL da del acrónimo DINK: Double IncoDE PRADA me, No Kids Son parejas que han dimitido voluntariamente de la procreación, encerradas en la cápsula de un amor sin prolongaciones, como Narcisos atrapados en su fuente. Ya ni siquiera necesitan justificar las razones de su elección; pero, en caso de que alguien se las pregunte, responden con una munición orgullosa y archisabida: desean prolongar su juventud (pero en el fondo saben que son jóvenes fiambres, y que no hay modo más infalible de acelerar el advenimiento de la vejez que la compulsiva manía de disimularlo con afeites juveniles) desean alcanzar la estabilidad laboral (pero una vez alcanzado este objetivo, la ambición les dictará seguir ascendiendo) desean disfrutar de sus ratos de asueto, de sus vacaciones, y, sobre todo, de su dinero con una intensidad que no les permitiría la fundación de una familia. No negaremos que haya razones sociales, económicas, psicológicas e incluso ideológicas por las que en- H tre los europeos se ha extendido un modelo de convivencia tan narcisista y ensimismado en el disfrute de un bienestar puramente material. Pero, más allá de estas razones coyunturales (que no son sino lastimosas coartadas) existe una razón mucho más honda, que es el hastío vital. El amor que no se prolonga en otro ser acaba sucumbiendo a la náusea de su propia esterilidad; esos dinkies que se juntan para inventar una forma de entrega postiza que en realidad es una forma de egoísmo recíproco encarnan, acaso sin saberlo, el emblema de un fin de época. Algo muy grave está ocurriendo, cuando un continente que atraviesa la etapa más próspera de su historia, que dispone de medios para combatir la enfermedad y prolongar la vida, que parece haberse sacudido la amenaza de las guerras, plagas y catástrofes naturales que en otras épocas diezmaron su población, presenta una tasa de nacimientos (sólo rectificada por el flujo de inmigrantes) que ha caído por debajo del nivel de sustitución. Algo muy grave está ocurriendo, cuando cada vez más europeos se niegan a crear una nueva generación. Los pueblos que dimiten de la procreación son pueblos que han perdido la fe en el futuro. El suicidio demográfico, ese arrebato de automutilación (Solzhenitsyn) que está minando la vitalidad europea, delata la crisis de una forma de civilización. Falta una esperanza que dé sentido a nuestra vida y a nuestra historia. La debilitación del concepto de familia, el ombliguismo existencial, el egoísmo parasitario de las nuevas generaciones que postergan o declinan la oportunidad de reproducirse no son sino síntomas de esa crisis. Europa no sólo carece de recursos para mantener su civilización, sino que ni siquiera posee argumentos para prolongar su existencia. A este hastío vital que mata la imaginación, entorpece el deseo y niega el futuro humano se le considera, sin embargo, una tendencia digna de ser emulada. Ha llegado el momento de cerrar el quiosco y esperar la llegada de los bárbaros. IGUEN lloviendo encuestas sobre el tejado del Gobierno y el único paraguas que se le ocurre abrir es el de un Estatuto maquillado con los mismos socios que están provocando una estampida de votos, lo que no constituye más que una fuga hacia adelante en la que cada acuerdo es otra palada de tierra sobre la igualdad y la solidaridad del Estado. Poco parece importarle a Zapatero esa profunda brecha afectiva entre Cataluña y el resto de España que señalaba ayer el Barómetro de ABC. Está tratando de salir del atolladero a base de insistir en el error que ha abierto un sumidero en el pavimento del poder. Quizá pueda tapar parte de la vía de agua, pero los datos son contumaces, sondeo tras sondeo: primero tenía el aliento IGNACIO del PP en la nuca, y ahoCAMACHO ra ha empezado a verle la matrícula a su adversario. Haría mal la oposición, sin embargo, en entender este sorpasso demoscópico como un augurio de que Rajoy está a dos pasos de la Moncloa. Hasta ahora, lo que los ciudadanos manifiestan es su inquietud, su desconcierto, su miedo por la deriva de la cuestión territorial, pero aún no han dicho con claridad que sientan la necesidad de una alternativa. El PP va ganando porque muchos electores del 14 de marzo, espantados por el rumbo de los acontecimientos, han retirado de momento su confianza a los socialistas. Eso aún no significa que haya cuajado el vuelco; pueden volver, y en ello confía el Gobierno, si se serena el paisaje político. Difícil tal como están las cosas, pero el poder es el poder y tiene aún muchos recursos, sobre todo económicos, para activar programas de expansión de gasto y levantar algo del crédito perdido. El gran mérito de Mariano Rajoy es mantener prietas sus filas de votantes sin que se produzcan defecciones, lo que no es poco a dos años de su inesperada derrota. Tiene intactas las esperanzas de los suyos, pero necesita ganarse además las de ese núcleo intermedio que hace oscilar las balanzas electorales. Y para eso no le basta con la sensatez frente al delirio: tiene la obligación de levantar expectativas, formular propuestas, transmitir la promesa seria de un horizonte nuevo. Actuar no sólo como oposición eficaz, sino como alternativa viable y creíble. En estos momentos, lo que las encuestas manifiestan es que el Gobierno está perdiendo las elecciones, no que el PP las vaya a ganar. Aunque como balance a mitad de mandato es toda una exhibición de incompetencia, resulta improbable esperar que Zapatero se suicide. Y si lo hace, va a dejar un panorama tan devastado que necesitará una ciclópea tarea de reconstrucción demiúrgica. Ése es el desafío del PP de Rajoy: convencernos de que esto tiene arreglo y mostrarnos una receta que nos podamos creer. Un regeneracionismo de urgencia para combatir el pesimismo de la desolación. De poco le serviría vencer sobre un montón de escombros de desconfianza colectiva.