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62 Los domingos DOMINGO 22 1 2006 ABC EL PERFIL DE LA SEMANA EN LA ACERA ESCRIBÍ TU NOMBRE FERNANDO IWASAKI RICHARD SERRA Escultor El genial artista norteamericano ha sido esta semana involuntario protagonista de una insólita y bochornosa noticia: el Museo Reina Sofía ha extraviado una escultura suya de 38 toneladas El Señor de los aceros Atapuerca forever l ministro Bono le ha recordado al Ejército que su misión no es defender la España de los Reyes Católicos Me imagino que no será porque entonces los Reyes Católicos unificaron España, sino porque el ministro quiso remontarse a una etapa medieval y oscura de nuestra historia. En realidad, uno detecta un escaso apego a la historia. Cuando celebramos el V Centenario del Descubrimiento de América, por ejemplo, hubo golpes de pecho, contriciones públicas y unas letanías noruegas que más vale olvidar por bochornosas. Tampoco se recuerda con especial cariño a nuestro siglo XIX, esa centuria provinciana y cateta. En realidad, ni siquiera se salva la época de nuestra historia romana, porque en Andalucía tuvimos una consejera de Cultura que se negaba a restaurar los monumentos romanos argumentando que de ahí había salido Mussolini. ¿Y el siglo XX? Salvo los breves años de gobierno republicano y los que siguieron a la muerte de Franco, tampoco parece que haya nada bueno que recordar de nuestro triste siglo XX. Somos un país con historia, sí, aunque parece que los políticos españoles se avergüenzan de esa historia y por eso cada cierto tiempo cambian los nombres de las plazas, retiran estatuas, componen himnos, crean banderas o borran las alegorías políticamente incorrectas de los escudos de las ciudades. ¿Y entonces por qué se burlan de los políticos hispanoamericanos que retiran de las plazas públicas las estatuas de los conquistadores españoles? ¿Por qué cuando lo ordenan ellos es expresión de madurez y cuando lo ordenan otros es síntoma de estupidez? Para mí, cualquier intento de maquillar la historia es una estupidez, ya se produzca en España como en Hispanoamérica. A ningún presidente de los Estados Unidos le disgustaría ser asociado con Washington, Lincoln o Roosevelt. Para un lord inglés sería un honor compararlo con cualquiera de los firmantes de la Carta Magna. No creo descaminarme si aseguro que los presidentes franceses tampoco le harían ascos a una grandeur semejante a la de Carlomagno, Luis III o Napoleón. Y sospecho que a Berlusconi le haría feliz que lo asociaran indistintamente con Augusto, Lorenzo de Medici o Garibaldi. Pero en España hay que andarse con tiento, porque según a quién y cómo, cualquier alusión a un personaje o época histórica puede ser un agravio, una afrenta o un insulto. Sin embargo, miren por dónde no todos los argumentos medievales caen en saco roto, porque cuando se trata de reivindicar los fueros y derechos medievales de ciertos nacionalismos históricos, ahí sí que no hay Constitución, ni Transición, ni Democracia que valga, porque esos argumentos medievales sí son incontestables y por añadidura más valiosos y recomendables que los de los Reyes Católicos, esos tiranos que acabaron con la España plural y multicultural que hoy estamos empeñados en reconstruir. ¿Se imaginan cómo sería el mapa de España si cada reino protoespañol reivindicara sus fueros, sus derechos y sus privilegios medievales? En cualquier caso, qué difícil es retroceder en el tiempo para buscar una época que nos una y nos reconcilie. Una España que no sea ni una, ni grande, ni libre, sino todo lo contrario. Una España sin militares, ni reyes, ni hidalgos, ni romanos. Una España sin las dos Españas que decía Machado... ¿Cuál es el gentilicio de Atapuerca? www. fernandoiwasaki. com Mec POR NATIVIDAD PULIDO E rié en un ambiente relativamente aislado, en una casa en las dunas de arena de Bay Area con muy pocas cosas alrededor... Así comienza una clarividente conversación que mantuvo Richard Serra con Hal Foster, incluida en el catálogo de La materia del tiempo ese festín de acero retorcido que compite en espectacularidad y belleza con el retorcido titanio de Frank Gehry en el Guggenheim de Bilbao. Serra no es un artista al uso. Más que en su estudio, en una galería o en un museo, se halla como pez en el agua en acerías y astilleros, echándole un pulso y desafiando a la gravedad, jugando por unos instantes a ser un dios del acero, material que modela a placer en torsiones elípticas imposibles. Uno de sus primeros recuerdos le transporta al Golden Gate, que atraviesa en coche, camino del Marine, el astillero donde trabajaba su padre (de origen mallorquín, por cierto) como montador de tuberías. Ese día cumplía cuatro años. Su mejor regalo fue presenciar, extasiado, la botadura de un buque. Toda la materia prima que necesitaba se encuentra en la reserva de este recuerdo confiesa. De San Francisco, donde nació el 2 de noviembre de 1939, su desbocado ansia de conocer, de ver, de hacer, de sentir le llevó a la cálida California, donde se licenció en Literatura Inglesa; a la ilustrada Yale, donde hizo lo propio en Bellas Artes; al sereno Kioto, donde estudió sus templos zen y hermosos jardines (para Serra, esta ciudad japonesa definió de nuevo mi manera de mirar a la deslumbrante Europa, adonde llegó con sus gloriosos veinte años y una beca Fulbright bajo el brazo, que le permitió coquetear con la Vecchia Signora y tener una experiencia, casi religiosa, con Velázquez en el Museo del Prado. Su encuentro con Las Meninas dice, fue una especie de epifanía; cambió radicalmente el rumbo de mi trabajo. El cuadro me dejó estupefacto y cuanto más pensaba en él más confuso me sentía. Me veía involucrado en el cuadro... Velázquez me miraba a mí A su regreso a Florencia tiró sus lienzos al Arno y empezó a yuxtaponer animales disecados y vivos en jaulas. Había muerto el pintor. ¡Viva el escultor! La tridimensionalidad se había colado en su obra. Ya para siempre. En mastodónticas escul- turas en fibra de vidrio, caucho, plomo fundido o acero cortén. Él, en cambio, es menudo, con cara de enfado crónico, y una mirada penetrante que recuerda mucho a la de Picasso. De ésas que te atraviesan y te fulminan. Pero, cuando habla de su trabajo (a los grandes artistas les gusta hacerlo) este ciclón de la naturaleza se desborda. Libreta y lapicero en mano, habla a la vez que dibuja. Quiere que oigas, pero también que veas, sus pensamientos. Que bullen y de qué manera. De su poderosa cabeza han salido algunas de las mejores esculturas del arte contemporáneo. Hay una (para vergüenza de los españoles) que se encuentra en paradero desconocido por la negligencia e irresponsabilidad de demasiada gente durante demasiados años. Se busca serra de 38 toneladas. Razón: Museo Reina Sofía. Para muchos, a sus 66 años, es el mejor escultor vivo. Basta pasear por la Sala Arcelor del Guggenheim bilbaíno, perderse entre las sinuosas formas de las ocho piezas de Serra que custodia (al artista lo que le interesa realmente es la experiencia de los visitantes al transitar, al vivir sus esculturas) para constatar que no es una frase hecha más. Thomas Krens, director de la Fundación Guggenheim, llegó a comparar este espacio con la Capilla Sixtina. Serra, que como todos los genios tiene un fino sentido del humor, contestó en una entrevista concedida a ABC: Krens no es el Papa, ni yo Miguel Ángel Amigo de Jasper Johns, Robert Rauschenberg, Frank Stella, Philip Guston, Bruce Nauman o Donald Judd; compañero inseparable de Clara Weyergraf, su esposa, con quien vive una eterna luna de miel a caballo entre Nueva York y Nueva Escocia, Richard Serra lleva años tocando la gloria con sus dedos. La 49 Bienal de Venecia así se lo recordó otorgándole el León de Oro. En estos momentos se recupera de una operación de rodilla. Genio y figura, no tiene pelos en la lengua a la hora de entonar un mea culpa por su país: cree que Bush es peor que Nixon y que Estados Unidos se ha vuelto arrogante.