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ABC SÁBADO 21 1 2006 Cultura 55 TEMPLOS DE LA CULTURA Espectacular imagen nocturna del Louvre, el primer museo que hizo de la conservación del patrimonio y la educación del público sus principales objetivos MADRID. El Museo del Louvre no es sólo el más famoso y más grande de los museos del mundo, aunque probablemente sea ambas cosas, sobre todo con los más de 60.000 metros cuadrados de superficie que alcanzara después de la extraordinaria transformación a la que lo sometió François Mitterand en los años ochenta. Pero si por algún motivo el Louvre merece el adjetivo grand con el que fue rebautizado después de su agigantamiento, es por ser el padre y la madre de todos los museos: el Louvre fue el primer museo de la historia contemporánea, el primero en hacer de la conservación del patrimonio público y la educación del pueblo sus dos objetivos principales. Mientras que los museos occidentales intentan adaptarse con mayor o menor fortuna a su nueva función de atractivo turístico- -un paso, por cierto, que el Louvre ha dado con mayor aplomo que ninguno de sus competidores europeos- -el recuerdo de sus orígenes resulta hoy más significativo que nunca. Antiguo palacio de los reyes Capetos, el viejo donjon medieval es hoy solo una ruina literalmente aplastada bajo los edificios acumulados a lo largo de ochocientos años de historia. Hasta la bellísima fachada renacentista que el arquitecto Pierre Lescot construyera para Francisco I queda oculta detrás de la imponente columnata de Perrault y el abrazo de las AFP Mañana, con ABC, segunda entrega de la colección Museos del Mundo el Louvre de París, por tan sólo 10,95 euros más Arte para educar TEXTO: FELIPE PEREDA dos galerías que se estiran junto a la orilla del Sena. El Louvre es un todo, un museo de la historia de la arquitectura francesa, pero desde 1793 es el primer museo público del mundo. 1793 es la fecha clave en la que abrió sus puertas, en uno de los momentos trascendentales de la Revolución Francesa. Hacía tiempo que el palacio servía para la exposición pública de obras de arte: la Academia de las Artes tenía su sede en el edificio; los Salones (algo así como el prototipo de las exposiciones modernas de pintura) se realizaban en el Salón Carrée en años alternos ya desde tiempos del Rey Sol; hasta el Conde d Angiviller había ensayado en sus salas un primer proyecto museográfico que debía mostrar públicamente el compromiso de Luis XVI con la modernización del Estado- -sobra decir que sin éxito- Y, sin embargo, el verdadero bautizo del Louvre (y con él, el del museo moderno) llegó con las banderas tricolores. Fue después de la caída de la Monarquía y la nacionalización de sus colecciones cuando el Comité de Instrucción Pública decidió crear una nueva institución al servicio de la educación cultural, científica y cívica de los ciudadanos; un museo donde el pueblo pudiera hacer suyo el progreso de las artes porque su belleza no era ya el patrimonio de unos pocos, sino el espejo de la unidad nacional para la regeneración del pueblo. En las jacobinas palabras de Jean- Marie Roland al pintor Jacques Louis David: Este museo debe demostrar las grandes riquezas de la nación Y así fue, con algu- nos importantes matices. Desde 1796 los Ejércitos napoleónicos, amparados en los decretos que justificaban la confiscación oficial de monumentos fueron desembarcando en París los botines tomados de Roma a Varsovia, de Bruselas a Madrid, centenares, miles de piezas que hicieron de París la capital mundial del arte. Mientras tanto en el corazón del museo, su polifacético director DominiqueVivant- Denon reordenaba todos aquellos objetos según los nuevos criterios historiográficos de escuela, cronología y estilo. Aunque buena parte de aquel descomunal botín fue devuelto después del Congreso de Viena (1815) -no así por ejemplo las Bodas de Caná de Veronés, o el Cristo de Tiziano que son algunas de las piezas importantes de su colección- -el Museo de Napoleón había abierto ya un doble capítulo: el propio, al vincularse al enciclopédico destino de reunir la mayor colección de testimonios de la historia de las civilizaciones; y al del Museo como institución educativa, que no debería estar reñido, y en su caso lo está menos que en ningún otro, con la espectacularidad y el entretenimiento.