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34 Madrid SÁBADO 21 1 2006 ABC En San Cristóbal de los Ángeles, los inmigrantes son casi tantos como los españoles; pero, en cierto modo, los unos viven de espaldas a los otros, y viceversa. La realidad que cuentan sus vecinos es muy diversa, poliédrica. ¿La integración? Casi nadie sabe cómo alcanzarla Con tantas razas juntas, es difícil que la convivencia sea buena TEXTO: CARLOS HIDALGO FOTOS: JAIME GARCÍA MADRID. Las carencias del barrio de San Cristóbal de los Ángeles (17.227 habitantes, con un 41 de origen extranjero) en el distrito de Villaverde, hacen ya de por sí difícil la plena igualdad de sus vecinos españoles con los del resto de la capital; la brecha se abre más aún cuando de extranjeros se trata. Aunque, numéricamente, éstos sean casi tantos como los nacionales. La radiografía de este barrio, el de mayor tasa de inmigración de toda la ciudad, es buen ejemplo de lo virgen que está aún la integración entre culturas no sólo en Madrid, sino en todo el país. Y por ambas partes. A Álex le llaman perucho blanco a Álex le discriminan por tener como amigos a Pedro y William, ecuatorianos; para Álex, todo el mundo es igual Álex es español y, pese a todo, dice que en su barrio no hay racismo. ¿Lo negativo, por usual, se ha vuelto normal? ¿Qué es el racismo entonces? Aquí, más que por tu procedencia, te miran mal por la ropa. Cuando voy al centro comercial, tengo a dos o tres seguratas todo el rato tras de mí. No me gusta la manera de ser de muchos españoles de aquí, aunque yo lo sea, por eso voy con latinos Álex es, prácticamente, el único amigo español de William, que ya suma dos años en nuestro país. Por la forma de ser, los gustos musicales, voy más con los latinos. Me gustaría que la convivencia fuera mejor; eso sí, el ambiente ha mejorado mucho en los últimos meses dice el chaval ecuatoriano, quien opina que los españoles son menos sociales Algunos creen- -dice- -que nos queremos adueñar del barrio, aunque reconozco que, a veces, soy yo quien me discrimino a mí mismo Rosemary, peruana, atiende a su clientela, mayoritariamente española Ramona cambia de peinado en una peluquería dominicana del barrio Amor a prueba de pasaporte Otra parte de la juventud del barrio ha sabido plantarle cara a los prejuicios. Isabel, española de 16 años, y Wilson, ecuatoriano de 17, son novios desde hace ocho meses. Es sólo una muestra de la nueva realidad que se está gestando en sociedades multiétnicas como la que está surgiendo en España: las parejas mixtas, de un miembro español y otro de fuera, o de dos extranjeros de origen distinto. Aunque, a veces, seguramente demasiadas, haya que pasar por encima de miradas inquisitorias. Isabel sabe muy bien qué es eso. Mis padres no quieren que esté con un extranjero, aunque lo están empezando a aceptar dice la chica, quien añade que no se atreve a salir sola por las calles de San Cristóbal las noches de fin de semana. No es la única opinión similar al respecto. Creo que hace falta más policía, más vigilancia, que hay poca. Una Los payos son unos racistas; cuando pasa algo malo, siempre dicen que hemos sido los gitanos vez le partieron la pierna a un dominicano en el Parque de los Pinos para quitarle 7 euros. Aún anda con muletas; por el día, todo es muy normal, pero, por la noche, no dice Estela, dueña de una panadería. Asegura que no ha sufrido directamente el racismo, pero sí ve y oye cosas que no le gustan, como ¡Vete a tu país! frase más que manida entre quienes no aceptan la presencia de extranjeros entre ellos. De muy diferente opinión es Ramona, dominicana de 53 años, que, mientras le colocan los rulos en una pelu- quería regentada por una compatriota, asegura que la convivencia es muy buena con los españoles Yo no he visto atracos ni peleas por la noche dice, aunque algunos de los presentes se quedan atónitos ante sus palabras. Falta de civismo En la plaza de Los Pinazo, donde bulle el barrio, Rose Mary Tapia regenta un restaurante. Hay muchos de ellos. No en vano, San Cristóbal de los Ángeles huele a comida. A comida autóctona; es decir, de acá y de allá. Como la que sirve esta peruana que no sesea. Llevo 17 años en España, y tres de mis cinco hijos son nacidos aquí dice. De lunes a viernes sirve menú español; los fines de semana añade platos peruanos. Es el perfecto ejemplo de adaptación a un país que hace ya bastante tiempo que le dejó de ser extraño. Hay mucha gente que no se integra: cogen un par de litros y se ponen a beber en la calle; veo normal que eso no le guste a muchos españoles Al otro lado de la barra, un señor español respira escepticismo. Por lo general- -dice- cuando hay buena convivencia, todo el mundo es bueno; pero los fines de semana, esto es una escandalera, con la gente bebiendo, defecando y orinando en plena calle. Al haber tantas razas juntas y diferentes, es difícil que la convivencia sea buena... A pocos metros de allí, junto a La Chimenea se levantan tres bloques de pisos habitados casi sólo por gitanos. Se levanta, pues, un gueto. De nuevo, la mirada de soslayo. El recelo. El miedo. La ignorancia. ¿Qué tal la convivencia? Con los que no son gitanos, muy mal. Los payos son muy malos. Además, ahora ha venido muy mala gente dice una mujer calé en referencia a los extranjeros. Los payos son unos racistas; cuando pasa algo malo en el barrio, siempre dicen que ha ocurrido en estos tres bloques, cuando los problemáticos son los inmigrantes dice, soliviantada, María. San Cristóbal de los Ángeles no es consciente, en gran medida, de la gran oportunidad que tiene de decirle al mundo que aún está a tiempo de dar una lección de entendimiento. Quizá porque no sabe cómo. Quizá porque nadie se lo ha dicho. Mejorar la convivencia está en nuestras manos: todo el mundo tiene que poner de su parte Son palabras de Álex, al que, despectivamente, muchos de sus vecinos, españoles como él, llaman perucho blanco porque sus amigos son ecuatorianos. Álex acaba de dar en el clavo. Álex apenas tiene 18 años.