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ABC VIERNES 20 1 2006 71 FIRMAS EN ABC heroísmo y también las maldades, de modo que sus autores, pasado el tiempo, no puedan negar que las cometieron. Los ocho, sin duda, como los ahora asesinados, estaban convencidos de que una cámara no es sólo un artilugio técnico, sino un medio de conocimiento, y de que un reportaje no es sólo la narración de una anécdota, sino una indagación sobre la velocidad y la dirección del mundo. Trabajando en primera línea de fuego, eran hombres valientes que se atrevían a ir a cargar la pluma tanto en la pólvora negra que arrasa una selva como en la tinta que brota de los pozos de petróleo en los desiertos en guerra. Nos surtían de materia prima, para los comentarios posteriores, a quienes nunca tuvimos arrojo suficiente para ir a buscar la noticia allí donde se producía. Con periodistas como ellos resultaba más fácil comprender la realidad; sin periodistas como ellos resulta más fácil alterarla. Cada vez en mayor proporción, juzgamos la actualidad por lo que nos muestran los medios de comunicación, y menos por lo que aprendemos por los sentidos o por la introspección. Por eso no es extraño que sobre los periodistas aumente la presión de quienes pretenden contarnos la Historia a su manera, bien para falsearla, bien para ocultarla en el silencio: los tiranos que no se conforman con tener poder sobre las cosas y pretenden tener también poder sobre las gentes. Si el reportero no sirve a sus intereses, corre el riesgo de convertirse en diana. En el año 2005, sesenta y tres periodistas fueron asesinados por no resignarse a que el relato del mundo, como en las palabras de Shakespeare, nos fuera contado por un necio. EUGENIO FUENTES ESCRITOR EL PERIODISTA ES LA DIANA Trabajando en primera línea de fuego, eran hombres valientes que se atrevían a ir a cargar la pluma tanto en la pólvora negra que arrasa una selva como en la tinta que brota de los pozos de petróleo en los desiertos en guerra. Nos surtían de materia prima, para los comentarios posteriores... E N el año 2005, sesenta y tres periodistas han sido asesinados en el ejercicio de su trabajo. Hacía una década que no se producía un año tan trágico para esta profesión. La cifra es tan alta que resulta casi obsceno señalar que entre ellos no hay ningún reportero español, cuando en los últimos años tuvimos la desgracia de ver cómo eran asesinados nuestros compatriotas en una lista ya demasiado larga: Ricardo Ortega, muerto en Puerto Príncipe el día 8- 3- 2004, por disparo de bala de seguidores del depuesto presidente Aristide. José Couso, muerto en Bagdad el día 8- 4- 2003 por un proyectil lanzado desde un tanque estadounidense contra el Hotel Palestina donde se aloja- ba la prensa. Julio Anguita Parrado, muerto en Irak el día 7- 4- 2003 por un cohete iraquí. Julio Fuentes, muerto en Afganistán el 19- 11- 2001, bajo las balas talibanes cuando, siguiendo las noticias, se embarcó en una caravana de Jalalabad a Kabul. Miguel Gil Moreno, cámara de Tv. muerto el 24- 5- 2000 en Sierra Leona por disparos de la guerrilla mientras filmaba los combates. Luis Valtueña, fotógrafo, muerto el 18- 1- 1997 en Ruanda. Jordi Pujol Puente, muerto el 17- 5- 1992, en Sarajevo, al estallar una granada al paso de su coche. Juan Antonio, Juancho, Rodríguez, fotógrafo que nació a veinte kilómetros de donde nací yo y fotografió su propia muerte, muerto en Panamá el 22- 12- 1989 por la bala de un marine durante la inva- sión norteamericana. Luis Espinal, sacerdote y periodista, secuestrado, torturado y muerto en Bolivia el 22- 3- 1980, a manos de los partidarios del depuesto presidente Aristide. Los ocho trabajaban en diferentes medios y con diferentes técnicas. Probablemente tenían diferentes creencias e ideologías, pero coincidían en la certeza de que su oficio era imprescindible para retratar y describir el TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO PERIODISTA TOLERANCIA H UBO una vez personas de verdad tolerantes. Aquéllas que admitían a los otros sin preguntarles sus creencias, sin pedirles explicaciones sobre sus pensamientos. Unas y otros eran tan libres como corresponde al ser humano. En fin, existía el respeto mutuo entre personas civilizadas. Pero, los conceptos tolerancia y respeto han entrado a formar parte del círculo infernal de lo políticamente correcto. Pongamos por caso un ejemplo que hoy día se repite hasta la saciedad, aunque, en apariencia, sin acritud y con talante apacible. Es fácil que en una conversación entre personas diversas, sin que surja de manera expresa el tema de la religión, una de ellas sienta la necesidad- ¿para darse fuste, para reseñar lo que nadie le ha pedido? de recurrir al método de exponerse como portador de la tolerancia alardeando de un humanismo que tiene otros caminos más pródigos en eficacia y consuelo. Porque, veamos, ¿es condescendiente, complaciente, paciente la mujer o el hombre que desconociendo mis creencias, ni si las tengo, se ve en la obligación por creerla forzosa y acuciante, de poner el parche antes de que le salga el grano. En cualquier reunión de amigos, y no digamos en radio y televisión, nunca falta el tolerante que lanza una frase innecesaria si de veras mereciera ese calificativo sin comillas: Yo no creo en Dios, pero respeto a quien lo haga Dime de que presumes y te diré de qué careces. La religión, el pensamiento, la fe de cada uno es una de las pocas cosas realmente íntimas en la vida del hombre. Me niego en rotundo, a que alguien, que ni siquiera forma parte de mi existrencia, que nada sabe de mí, dé por hecho que crea o no en Dios. En el primer caso, tolera que lo haga; en el segundo, ¿me admirará por coincidir con él? Es decir, ¿tendría un grado más en el universo de sus arrobos y entusiasmos? Y es que, en la actualidad, farda decir eso de yo no creo, pero respeto al que lo hace. ¿Por qué no dejamos de una vez de considerar a quien en ideas discrepa de nosotros como a alguien diferente al que, sin embargo, admitimos en un particular reino de bondad y comprensión? Hay tolerancias que parecen dotar de cierta superioridad, porque se es benigno con el que yerra. Todo nace en una España que ha andado a garrotazos por dimes y diretes. Aquí, puede que la gente se haya olvidado del cura y del confesionario, pero ahora se confiesa con el primero que llega y le larga todo lo habido y por haber. Recuerdo a una amiga alemana que, llegada a nuestro país, en Aquí, puede que la gente se haya olvidado del cura y del confesionario, pero ahora se confiesa con el primero que llega y le larga todo lo habido y por haber tiempos de cambios y transiciones, se quedaba estupefacta ante el hecho de que los españoles hablaran en cualquier parte, sin rubor, de sus ideas políticas y especificaran a quién iban a votar. Menos entendía, aún, a quienes descifraban, a la hora de hablar de la Declaración de la Renta. De modo exultante proclamaban la cantidad de dinero que debían pagar al Estado. ¡Y cuánto más, mayor alegría, porque indicaba lo estupendo de su situación económica y les permitía presumir de superioridad! La pobre alemana, casada, eso sí, con un español comedido, no entendía nada. Esto fue para ella lo más duro de entender sobre la España en la que se disponía a residir. En Alemania, no confiamos estos asuntos. Si acaso con los íntimos decía con la perplejidad en la mirada. Y es que más valdría interesarse por la cosa pública, que temas no faltan, que andar por ahí con un latiguillo innecesario. Démósle de una vez al hombre lo que es del hombre y permítasele vivir en paz consigo mismo. Creer o no creer en Dios es cosa de quien lo siente, de quien recibe el don de la fe o de quien no. En estos asuntos, dejar en sosiego al ser humano es lo indicado. Respeto, condescendencia, cuántas necesades se cometen en vuestro nombre.