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ABC JUEVES 19 1 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC HORIZONTE ABIERTO Tampoco el PP ha podido sustraerse a la incertidumbre general. Rajoy no sabía si entrar, aunque fuera de refilón, en el pasteleo estatutario catalán. Si lo hacía, se vinculaba moralmente a aceptar la componenda. Si no lo hacía, podía agravar el aislamiento de su partido durante unos años... SPAÑA ha ingresado en un momento de incertidumbre radical. Todo se ha hecho atrabiliario, raro, vagamente grotesco. El Estado se da el pico con partidos que él mismo ha ilegalizado; Rubalcaba acaba de decir, al hilo de las negociaciones que se desarrollan entre el Gobierno y el cuatripartito, que conviene constitucionalizar lo que es inconstitucional. Y así sucesivamente. En rigor, los estados de incertidumbre afectan a las personas, no a las cosas. Nos declaramos inciertos sobre el tiempo que tardará en producirse el próximo eclipse porque no sabemos calcularlo, no porque no esté determinado por las leyes de la física. En el tráfago humano, sin embargo, y esencialmente en política, las dos dimensiones se confunden. La incertidumbre subjetiva del agente se transmite a la cosa o al proceso y lo contamina de incertidumbre objetiva. El fenómeno puede verificarse a pequeña escala, o bien revestir dimensiones grandiosas. El concejal independiente que duda si sumarse a la oposición y derribar al alcalde ha introducido un modesto elemento de incertidumbre en el destino inmediato de su pueblo o de su ciudad. Cuando la incertidumbre pierde su carácter local y se extiende al conjunto de expectativas y supuestos que gobiernan la vida pública, hablamos de crisis, o incluso de revolución. Las crisis serán tanto más virulentas cuanto más difícil resulte ligar entre sí premisas y conclusiones, o lo que es lo mismo, cuanto más aventurado sea anticiparse al futuro a partir del presente. En esto, las crisis políticas se asemejan a las inflaciones monetarias. La incertidumbre difracta los comportamientos, y los comportamientos difractados complican la fijación de fines y la movilización de medios. Al cabo, nadie conoce dónde está ni hacia adónde desplazarse. E trarrestó el ascenso de la derecha con una campaña electoral guerracivilista. Se desestabilizó a Aznar entrándole por las bandas, y un PP que pensaba que las cartas estaban marcadas decidió explotar sin escrúpulos el caso Gal. No está claro que la estrategia popular fuera eficaz desde un punto de vista contable. Las elecciones del 96, de hecho, se ganaron de milagro. Pero de los viejos cuadros socialistas no quedaron ni las raspas, según se confirmó, en diferido, en las elecciones de 2000. Peor aún: se había hecho imposible el diálogo entre los dos partidos. De ahí en adelante, cabe resumir la penosa deriva nacional en pocas palabras. Descartado el avenimiento civil entre los dos grandes rivales, restaba a éstos, como alternativa única, entrar en alianza con los enemigos declarados o solapados de la Constitución. gnoramos cómo se las habría compuesto Rajoy en la hipótesis de un triunfo por mayoría simple en 2004. Probablemente, mal. No es preciso, por desgracia, especular sobre la línea de acción adoptada por Zapatero. El hombre que estaba entrampado por un plan casi conspirativo para hostigar al PP desde la oposición ha sacado las consecuencias de su compromiso. Ha montado una operación de transformación del Estado que margina a la derecha y conduce, a medio plazo, a la ingobernabilidad del país. En este sentido, Zapatero ha sido coherente. La suya, no obstante, ha sido una coherencia desquiciada, porque las consecuencias se han sacado en un contexto distinto al previsto. Lo previsto era debelar al poder desde la oposición. Pero el poder ha pasado a ser oposición, y la oposición, poder, y lo que está haciendo el poder es debelarse a sí mismo. Algunos afirman que está muy bien traída la idea de montar una mayoría perpetua contra la derecha apoyándose en los independentistas. Estos pequeños maquiavelos se equivocan, de medio a medio. La maniobra liquida al Estado, y nos proyecta hacia un paisaje fragmentado y con las identidades trastocadas: cuentan cada vez más los poderes subordinados, y menos el que debería estar por encima de ellos. Si prospera un Estatuto catalán inviable, si se consuma el dislate vasco, y si, como parece natural, el vendaval arrastra a otras comunidades autónomas, la cuestión interesante residirá no en quién va a ganar las elecciones próximas, sino de qué le servirá ganarlas al que las gane. Nos enfrentamos a un caso ejemplar de incertidumbre profunda, o sea, de crisis al por mayor. Los partidos saben cuál es su oficio: obtener más votos que otros partidos. Lo que no saben es qué empleo I dar a sus plusvalías, en el supuesto de que el balance sea favorable. Las crisis sistémicas afectan a la totalidad de los agentes, por definición. Esto significa que tampoco el PP ha podido sustraerse a la incertidumbre general. Rajoy no sabía si entrar, aunque fuera de refilón, en el pasteleo estatutario catalán. Si lo hacía, se vinculaba moralmente a aceptar la componenda. Si no lo hacía, podía agravar el aislamiento de su partido durante unos años. En política, algunos años son ya muchos años. En política, el tiempo se acaba al doblar la esquina de la siguiente cita electoral. El PP ha metido un palmo de cuerpo en la melé, para desmentirse enseguida y clamar a Dios y al Tribunal Constitucional. El PP está espatarrado, es evidente, entre el sentimiento de que su fuerte es la idea nacional y el sentimiento, no menos apremiante, de que la idea nacional sólo será rehabilitada, si acaso, en un plazo dilatado, un plazo no necesariamente congruente con la fórmula vital que todos los partidos llevan dentro. La que señala un ciclo hábil, un principio y un fin. El desenlace es que Rajoy va de aquí para allá. Cede y patalea, hace ofertas y amaga manifestaciones. No sabe hacia adónde derrotar. No lo sabe, porque los signos se han hecho ilegibles, y los mapas dibujan territorios donde no ha estado nunca un ser humano. a certidumbre política es un fenómeno reflexivo. No basta con que las reglas de juego funcionen aceptablemente bien. Hay que persuadirse de que funcionan y para persuadirse de que funcionan, también hay que decir que funcionan. Decirlo con entusiasmo, con firmeza, con aplomo intimidante. De resultas, las etapas de estabilidad política tienden a generar su propia ceguera, su propia ignavia intelectual. A la postre, las crisis sorprenden siempre a las naciones. Se ha estado asegurando con tanto énfasis que todo iba en el fondo estupendamente, y que las desgarraduras manifiestas eran sólo desperfectos que cabía arreglar con una aguja y un cabo de hilo, que el quebrantamiento fehaciente de la normalidad, si bien largamente incubado, se percibe como un accidente cósmico, sobrenatural. La certidumbre impostada es sucedida por el desconcierto absoluto. Rige otra vez el paralelo con la inflación: en un santiamén, se queda uno sin los ahorros acuñados en la moneda vieja. Es la coyuntura para ponerse de nuevo a pensar. L E n ésas nos hallamos ahora los españoles. No verlo no es optimismo: es abstencionismo. Los factores que se hallan en el origen del caos actual están perfectamente filiados. Se redactó una Constitución con el propósito y la esperanza de alojar en ella a los nacionalistas. Éstos, en lugar de aquietarse, sometieron el sistema a tensiones que sólo habría podido neutralizar una modificación de la Ley Electoral o un acuerdo de caballeros entre la derecha y la izquierda. Ese acuerdo no ha llegado a cerrarse, en parte por desidia, en parte por barbarie. Tras la caída de UCD, la larga etapa de mayorías absolutas socialistas amortiguó en las conciencias, y también en la práctica, las carencias de nuestro ordenamiento constitucional. En el 93, el PSOE con- ÁLVARO DELGADO- GAL Escritor y periodista