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ABC MARTES 17 1 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA PINGÜINOS SA España hosca que le ha mentado Jordi Pujol a Valentí Puig en una entrevista imprescindible, esa España cabreada de ceño fruncido y puño apretado, existe. Como existe también una Cataluña borde y retadora, descarada y desafiante, que se ha venido arriba en los lances del Estatuto y se encuentra a gusto en el duelo goyesco de los garrotes y las cornadas porque en esa atmósfera crispada de desencuentros halla ámbito propicio para fomentar un clima de independencia psicológica. Lo que habría que discernir es dónde o cuándo empezó la gresca, quién elevó primero el tono faltón y sacó de paseo los viejos demonios de la discordia. Y en eso igual tampoco nos poníamos de acuerdo, por mucho que el honorable intente un ejercicio de sensatez IGNACIO que sinceramente se ha CAMACHO echado en falta a la hora de medir los pasos y las consecuencias del desvarío soberanista. Porque es verdad que ha rebrotado la desconfianza, y el cainismo, y que han resucitado los tópicos del viejo laberinto español que ya atisbaba Brenan, en el 43 nada menos, desde su retiro libertario de la Alpujarra. Pero no es menos cierto que andábamos conviviendo razonablemente hasta que el tripartito de Maragall y Carod dio por inservible la baraja con que se estaba jugando una partida que había permitido- -y esto Pujol lo sabe mejor que ninguno- -unas apuestas de autogobierno más que notables. Esa gente sacó otro mazo de cartas marcadas, con la complicidad de Zapatero, y encima invitó a los herederos del pujolismo a sumarse a su órdago. España sería menos hosca, menos antipática, si Cataluña no hubiese manifestado con tan desahogada evidencia su intención de marcar una raya de privilegios en el pacto constitucional. Y es quizá injusto decir Cataluña como sinécdoque de una clase política ebria de prepotencia y ventajismo, pero tampoco España es esa porción de ciudadanos ceñudos y airados, esa tropa enojada e intolerante con que se caricaturiza en Barcelona a un país plural que hace tiempo dejó atrás la cara torva, avinagrada y rancia del recelo. España es sobre todo una nación tranquila que quiere convivir sin sobresaltos, y lo ha venido haciendo sin problemas hasta que algunos han comenzado a hacer trampas para redefinir, a su modo y unilateralmente, las reglas del juego. Ayer, en el Palace madrileño, marco de tantas conspiraciones cortesanas, un catalán lúcido y transversal llamado Enric Juliana invocaba la España de los pingüinos para reivindicarel equilibriode la ciudadanía compartida, el anhelo ahora casi utópico de la concordia. Pingüinos les decían en la antigua Yugoslavia, por su rareza, a quienes preferían definirse como yugoslavos en vez de como serbios, croatas, bosnios o eslovenos. los Balcanes, ya sabemos cómo terminó aquello. Al oírlo me acordé de José María Osuna, un andaluz tan honesto que fue condenado a muerte por los dos bandos de la Guerra Civil. Qué tendrán los pingüinos, querido Enric, que a pesar de ser bichos inofensivos no dejan de cazarlos a garrotazo limpio. E ACOMÓDESE HERRI BATASUNA L momento político renquea, como cuando después de una colisión uno se tienta el cuerpo sin saber muy bien cómo está. Hemos colisionado y esas cosas ocurren sin prestancia, nos pillan casi siempre desprevenidos, sin que sepamos por un instante quién se saltó el stop o si el asfalto patinaba. También ocurren por lo general cuando desoímos la lección de los grandes maestros y llevamos un tiempo sin estar a la altura de los tiempos. Para llegar adonde hemos llegado, o se han acumulado los descuidos o hemos perdido reflejos intelectuales. En conversación con Nicolas Baverez en Le Figaro Magazine Alain Minc dice que la clase dirigente francesa cuenta con gentes eminentes pero que, si la compara con la española, carece de un proyecto. Quién sabe a qué España se estará refiriendo Minc, siempre tan intuitivo. Podrá ser la del pasado o la del futuro, pero difícilmente la del presente. Aquí flaVALENTÍ quea en cuestiones sustanciales la PUIG clase dirigente, no existe tal proyecto ni puede hablarse de una conciencia colectiva clara. Sí, algo falla en la política y en el periodismo, en toda la red de redes de la opinión pública española, para que la volatilidad tenga preferencia sobre la sedimentación. Algo falla en la sala de máquinas cuando la sustitución de un estatuto de autonomía sobradamente avalado por la experiencia histórica depara una exacerbación negociadora como la actual, partitocrática, ahistórica, tan consistente como la dirección de una veleta. A continuación llegamos al incumplimiento de la Ley de Partidos para no causar inconvenientes a una reunión de la ilegal Herri Batasuna con el argumento de que el derecho de reunión ampara a los miembros individuales de la rama política de ETA. Todo eso aturde, más allá incluso de la perplejidad o de la incertidumbre, porque hasta ahora gobernar consistía en imponer la ley de punta a punta de un país, viejo imperio de la ley postergado E por la intención- -manifestada expresamente por Rodríguez Zapatero- -de extender los derechos de los ciudadanos. Ésa no es una concepción postmoderna de la autoridad: en realidad, se sustrae la acción de gobierno al marco de la ley que a todos nos afecta. Como esas cámaras térmicas que han logrado retratar el fluir de la lava bajo la nieve, de repente el presidente del Gobierno advierte de la existencia practicable de un sistema de atajos que no estaban explicitados en la reglamentación de nuestro sistema institucional. Por decirlo de forma más coloquial, ahora nos enteramos de que el Estado de Derecho puede hacer novillos. A este paso, el Estado va a ponerle acomodadores a la asamblea de Herri Batasuna, para que Otegui y los suyos tomen asiento a sus anchas, como lo han venido haciendo impunemente en múltiples manifestaciones callejeras o en homenajes a miembros de ETA. Acomódese Herri Batasuna: alguien piensa que cuanto más cómoda esté, cuanto más a sus anchas se sienta, más diligente será ETA a la hora de anunciar una tregua. Acomódese Otegui, vayan pasando. No les incomodemos. Olvídese la ley. Perdamos toda candidez: la estrategia está por encima del imperio de la ley. A causa de determinadas lesiones del cerebro, la visión se turba: hay pacientes, por ejemplo, que dibujan un reloj con los doce dígitos de las horas amontonados en los dos cuadrantes de la derecha; otros ven que los objetos cambian de posición, pero no ven cómo se mueven. Un caso muy extraño- -citado por Steven Pinker en Cómo funciona la mente -es el de quien reconoce el rostro pero no a la persona: ve en su esposa- -por ejemplo- -a una impostora que tiene un parecido extremo con la auténtica. No se puede descartar que estos síndromes también ocurran en política. Así va uno acomodando a los que supone como mandatarios de la paz sin querer creerse que lo que ve son rostros de etarras. vpuig abc. es