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ABC LUNES 16 1 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA CÁSCARA DE PLÁTANO E está acercando la hora en que a ciertos dirigentes socialistas muy farrucos ante el nacionalismo se les va a agotar el tiempo para la ambigüedad. A medida que el consorcio -así llaman ahora a la suma del tripartito catalán más CiU- -define los acuerdos con el hábil Rubalcaba para cerrar el Estatuto a cencerros tapados, los plazos corren para que cada cuál se sitúe ante su conciencia: o nación de naciones, o nación de ciudadanos. O derechos históricos, o derechos constitucionales. Ni preámbulos ni zarandajas. A retratarse tocan. Chaves tragará. Ha coqueteado con la firmeza, pero cada vez que ha tenido que optar entre Andalucía y el partido, ha elegiIGNACIO do el partido. Vázquez traCAMACHO tará de mantenerse por libre, pero alguna vez tendrá que hacer frente a la incoherencia de ir de adalid antinacionalista en un partido que gobierna Galicia con unos socios que se dicen descendientes de los suevos. Ibarra puede ser el más indómito; a estas alturas tiene ya poco que perder. Y queda Bono. Su patriotismo cañí, su rancio españolismo de pandereta- -de hojalata, diría Zapatero- va a confrontarse en breve con la realidad de formar parte de un Gobierno que está a punto de aceptar que Cataluña es una nación y, por tanto, que España es otra distinta. Menuda encrucijada. Hasta ahora, Bono se ha envuelto en la bandera como antes se envolvía en las casullas de los obispos; si Toledo bien valía una misa, Madrid bien vale una arenga. A Zapatero le ha venido de perlas, porque le cubre el flanco bienpensante de una izquierda populista que cree en la España de toda la vida, unida y solidaria. Cuando llegó al poder, pensó en él como Johnson en Hoover: más vale tenerlo dentro meando para fuera que fuera meando para dentro. Y lo hizo ministro. Pero Bono se ha dedicado a mear para delimitar su propio territorio. Y ahora le va a tocar elegir: o dentro, o fuera. Ya no queda mucho espacio para los matices. En los mentideros de la Corte corre la especie de que el presidente se ha cansado tras el asunto Mena pero no es probable que cometa el error de victimarlo. Le haría un favor: Bono ha jugado sus cartas a la espera de que Zapatero resbale en alguna cáscara de plátano. Hay mucha gente en el partido que cree que el jefe del Gobierno está metiendo demasiadas balas- -ETA, Cataluña, la opa- -en el cargador de la ruleta rusa. Y que alguna se puede acabar disparando. Pero a Bono se le ven a la legua las intenciones, se le nota demasiado el cartón. Y también a él lo están esperando con las navajas brillantes bajo la luna. Los números de la cuenta atrás se acercan al cero. Bono dijo que no estaría en un Gobiernoque acepte otra nación que no sea España. Llegado el momento, tendrá que acogerse a huecos casuismos autojustificatorios o hacerse justicia a sí mismo. Es una de esas apuestas en las que se ve a un hombre cabal y a un político digno. A un patriota de verdad o a un retórico de hojalata. S ZAPATERO, EL RELATIVISTA mi amigo Ignacio Camacho le causa consternación que Zapatero considere demasiado restrictiva la Ley de Partidos. ¿Qué esperaba, pues? Ya se sabe que el relativismo descree de la posibilidad de descubrir la verdad, incluso de la existencia de la verdad. Referido al Derecho (que el relativista escribe siempre con minúscula) este escepticismo radical postula la imposibilidad de determinar, con carácter general, qué es lo justo Nada es justo por el simple hecho de serlo en el momento presente, o de haberlo sido en algún momento del pasado. El relativista desdeña las instancias superiores inherentes al propio concepto de justicia. Para él, no existen unos valores inmanentes, previos a la ley positiva, sobre los que ésta deba fundarse; por lo tanto, las acciones humanas ya no se enjuiciarán a la luz de dichos valores, sino como emanaciones soberanas de una libertad inJUAN MANUEL dividual que automáticamente se deDE PRADA ben tolerar, salvo que la mayoría (por agregación de libertades individuales) decida que deben ser prohibidas. Naturalmente, que tales acciones se conviertan en punibles ya no depende de una jerarquía de valores, sino de los valores de libre configuración que la agregación de libertades individuales establezca. Los valores, para el relativista, son totalmente discutibles; los bienes jurídicos que deben ser protegidos, absolutamente fungibles e intercambiables. Para el relativista, conceptos como ley o acción justa quedan despojados de significado. El Derecho se transforma en un puro artefacto sometido a consensos provisionales y tornadizos, derivados de la matemática parlamentaria. De este modo, se hace realidad aquel feroz aserto de Marx, que calificaba el Derecho como aparato decorativo del poder Un poder, por supuesto, mucho más sibilino y sofisticado que el denunciado por Marx, en donde la volun- A tad despótica del gobernante se disfraza de voluntad ciudadana, de agregación de libertades individuales. Impedir la celebración de un congreso que objetivamente constituye una ofensa a la dignidad misma de la organización social (pues en él se van a defender postulados contrarios al orden constitucional, o incluso directamente criminales) resulta demasiado restrictivo para Zapatero, que a estos bienes jurídicos antepone el derecho de reunión, es decir, la libertad individual de unos apologistas del terrorismo confesos y relapsos. Y es que, para un relativista como Zapatero, el único derecho indiscutible es la libertad individual, incluso cuando su ejercicio lesione los derechos de los demás (las víctimas del terrorismo, e incluso el cuerpo social en su conjunto) He aquí la radical iniquidad del relativismo, que hace prevalecer los intereses derivados de la libertad individual sobre los derechos fundamentales de otros. Por supuesto que es necesario defender la libertad. Las personas son libres de hacer lo que quieran, siempre que no empleen ilegítimamente su libertad para hacer daño a los demás. Cuando, a través de medios lícitos, se impide el ejercicio de la libertad dañina, no se está haciendo un uso ilegítimo del Derecho. Por el contrario, lo ilegítimo sería no actuar contra esa libertad dañina cuando se podría haber hecho con medios lícitos. La libertad humana no es absoluta, debe perseguir un bien anterior a ella; cuando dicho bien no se persigue, es obligación del poder reprimirla, entre otras razones porque una libertad dirigida al mal o al error es una libertad viciada que se encamina hacia su propia destrucción. Poner límites a la libertad individual no es, pues, una restricción sino una conditio sine que non para que tal libertad exista realmente. Pero no pretendas, querido Ignacio, que un relativista entienda estos conceptos. Es como pedirle peras al olmo seco, hendido por el rayo y en su mitad podrido.