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ABC SÁBADO 14 1 2006 59 FIRMAS EN ABC FRANCISCO SOTO NIETO EX MAGISTRADO DEL TRIBUNAL SUPREMO ORDENAR LAS IDEAS Revisemos nuestras ideas y comportamientos antes de que oscurezca el día y lleguemos tarde. A la vista de las contingencias en que nos vemos envueltos, de la frialdad e indiferencia que caracteriza una buena parte de la sociedad, nos preguntaremos con Francisco J. Fernández en reciente nota crítica a un notable filme de Scott Derrickson, El exorcismo de Emily Rose: ¿Tienen sentido las cosas, todo, la vida, sin un componente espiritual, sin un espacio para la metafísica, más allá de los hechos y las leyes de la ciencia y la materia? Una alerta especial habremos de desarrollar en medio de estos ambientes desenraizados de lo trascendente, para mantener vivo y operante el eje espiritual de nuestra existencia. El mundo se encuentra en una situación- -afirmaba el cardenal Ratzinger- -en la que nos conviene movilizar todas las fuerzas morales para conseguir establecer una convivencia pacífica La actitud primaria del hombre ante la vida debe radicar en un esfuerzo sincero de aproximación a la verdad. La verdad nos urge. Es absurdo e irracional desentenderse de su búsqueda o pasar disimuladamente de ella. El doble componente- -cuerpo y espíritu- -en que se integra el hombre, es desconocido u olvidado con frecuencia. En un alarde de estulticia se escuchan a menudo proclamas de descreencia con impúdicas afirmaciones de agnosticismo o, al menos, de menosprecio o rebeldía ante cualquier invocación de un Ser supremo, regidor del universo y del destino de los hombres. Se sienten éstos peque- ños diosecillos libres de toda relación de dependencia. Para este tipo de personas el hombre es, por sí mismo, árbitro de lo bueno y de lo malo, en un relativismo decisor, al margen del buen uso de la razón. No cabe reniego mayor de los principios de la ética. No ha de olvidarse la existencia en todos los frentes de una verdad última, a la que no cabe dar de lado de modo consciente. Cuánto puede aprenderse en la cinematografía moderna del director alemán Ernst Wilhelm Wenders sobre el sentido de trascendencia que CARLOS MURCIANO ESCRITOR CELESTE H ACE muchos años, en uno de mis frecuentes viajes para celebrar encuentros con niños- -niños lectores, que conocían algunos de mis libros escritos para ellos, y los comentaban con el autor, al que curiosos, gozosos, se acercaban- en uno de estos gratos ejercicios, digo, recalé en cierta ciudad andaluza, en la que cumplí una intensa jornada. Cerré la misma en un centro escolar donde numerosos colegiales se alineaban esperando que les firmara su ejemplar. Yo preguntaba el nombre, casi sin tiempo de mirar de frente a la criatura, y escribía unas rápidas palabras de afecto. Me llamo María Celeste respondió una niña a mi pregunta. Confieso que era la primera vez que oía ese nombre. Alcé la cabeza, y me detuve en sus ojos oscuros. Tenía nueve años, y era despierta y bonita. Voy a escribir un poema para ti- -le dije- dame tu dirección y te lo enviaré Lo hice. En el tren que me devolvía a Madrid. Su título era- -es- Cancioncilla de María Celeste y decía así: María Celeste tiene los ojos como carbones. Debiera tenerlos vedes. O azules. O grises. Nunca celestes. El celeste de María Celeste vive en el nombre celeste de su alegría La cancioncilla acabó integrándose en un libro mío titulado La niña calendulera que apareció en 1989, en una bella edición, ilustrado por Tino Gatagán. (El libro se reeditó en varias ocasiones, la última, la actual, en Hiperión) Libro, al cabo, afortunado, pues en el Simposio que tuvo lugar en el verano de 2000, al que fueron invitados por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez cuarenta especialistas, se eligieron las 100 obras de literatura infantil española del siglo XX y La niña calendulera estaba- -está- -entre ellas. Pues bien, hace sólo unos días, sonó mi teléfono. Una voz de mujer dijo: Deseo hablar con don C. M. Está hablando con él respondí. Soy Celeste, ¿me recuerda? La recordaba. Recordaba a una niña lejana, musilla leve. Celeste había venido a Madrid y quería verme. Le dije a mi vieja amiga que apeara el usted y nos citamos en el Café de Oriente. Le aclaré que, más o menos, yo era el mismo, con el cabello gris, pero que a ella no la reconocería. Soy ordenado, y conservo mis manuscritos, así que no me fue difícil hallar el original de la cancioncilla en cuestión: lucía, al pie, esta fecha: 26 de abril de 1988. Después de casi dieciocho años, aquella niña reaparecía, como un fantasma celeste, Celeste es ahora una muchacha de veintisiete años, decidida y dinámica. Envuelta en un abrigo rojo, semeja una angelical diablesa, que el 666 de su teléfono móvil rubrica, travieso. Licenciada en periodismo, experta en publicidad, es miembro activo de una empresa de este género, en cuya creación ha participado, y viaja, incansable, por España y Europa. Cartelista, sus habilidades fotográficas la han llevado a exponer recientemente, en Málaga, una muestra de su obra. Hablamos largamente, de sus cosas y de las mías, como si en todos estos años no hubiéramos perdido el contacto. ¿Por qué escribiste esos versos? me dice. Por tu nombre contesto. No fue el único caso, en aquellos periplos míos, en el que un nombre no común me incitara a hilvanar un poema. Recuerdo, por ejemplo, que en una ciudad extremeña, una niña de ocho años, llamada Lía, me mostró su cuaderno, en el que había dibujado numerosos dragones. De ahí surgieron Los dragones de Lía que andan revoloteando por otro de mis libros. Es posible que, un día cualquiera, Lía reaparezca y me telefonee diciendo que le gustaría saludarme. Estoy seguro de que, con sus alas hermosas, los dragones del tiempo le habrán regalado, como a Celeste, juventud y vigor. Lo que a mí me han quitado, implacables, sus garras. anida en el alma humana y su impulso de patentizarse en las vicisitudes de la vida. En una deliciosa narración de Azorín parangonaba la existencia humana con un gran tapiz tejido día a día con nuestras acciones, como leves punzadas que van contorneando sus figuras y trazados. Al término de la carrera contemplamos la inmodificable secuencia de nuestra vida. A ella va ligada, indefectiblemente, nuestra suerte de eternidad. De ahí que Romano Guardini afirme ser mala cosa hacerse viejo sin fe en Dios; comprender así el sentido profundo de la fase terminal de la vida constituye un modo sobresaliente de sabiduría. Nos deja expectantes la grandeza del cosmos, la presencia de millones de astros en la observación de sus órbitas. Fred Hoyle, una figura estelar de la astronomía, dejó su huella trabajando ardientemente en Cambridge; de su pluma salió un hermoso libro, The intelligent Universe, saludado en su día con gran admiración. Hoyle asiente rendido al convencimiento de que una inteligencia superior debe estar guiando la vida. No es difícil descubrir a un supremo y excepcional matemático tras las novedosas inspiraciones de Newton y Kepler. Apercibiéndose San Agustín de la belleza y singularidad de unas rosas surgidas en el contiguo jardín, exclamaba en presencia de sus allegados: Señor, no grites tanto Una de las más preciadas conquistas de nuestros días viene constituida por la democracia. Después de los avatares sangrientos que han salpicado la historia de los pueblos sólo una auténtica vida en democracia- -libre de oscuros atentados que la debiliten- -puede devolvernos un horizonte en plenitud de paz y concordia. Respeto y salvaguarda a toda costa de los derechos humanos: he aquí un lema en todo caso y a todos los niveles. En principio, cada programa político se ofrece como alternativa opcional para la estructuración social y realización de los fines a que está llamado el hombre. Repudiable resulta cualquier forma de totalitarismo que trate de imponer un proyecto propio sobre cualquier otra forma de convivencia. Fuera todo revisionismo intolerante demoledor de las grandes ideas. Aportemos nuestro esfuerzo constructor, no bastando- -cual ha destacado Robert Spaeman- -con la sola conciencia de no hacer nada injusto. Revisemos nuestras ideas y comportamientos antes de que oscurezca el día y lleguemos tarde. En la impresionante obra de Ionesco El Rey se muere, el Rey se debate desesperado ante la noticia de su próximo óbito, quejándose de que le coge desprevenido. Tuya es la culpa- -se le dice- debiste prepararte y pensarlo desde el primer día. Te ibas concediendo plazos; a los veinte años dejaste para los cuarenta el empezar el tratamiento. A los cuarenta te propusiste llegar a los cincuenta; luego, cuando fueras sexagenario, y así lo fuiste aplazando indefinidamente.