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ABC MIÉRCOLES 11 1 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA RACISMO INVERSO AY que bajar al tercer párrafo de las crónicas en la mayoría de los periódicos- -algunas televisiones ni siquiera mencionan el detalle- -para enterarse de que el tipo que el pasado domingo le disparó once tiros, once, al conductor que atropelló a su hija en Sevilla era gitano. Y, sin embargo, el detalle no parece baladí: el asesino, todavía sin detener, pertenece a uno de los clanes de El Vacie, siniestro y veterano asentamiento chabolista en el que la Policía suele hallar, las pocas veces que se atreve a entrar en él, profusión de armas, drogas y prófugos en busca y captura. Con su habitual coraje civil, Antonio Burgos acaba de recordar que cuanIGNACIO do Farruquito arrolló CAMACHO mortalmente a un ciudadano en un paso de cebra y se dio a la fuga porque no tenía carné de conducir, el célebre bailaor se victimó a sí mismo como sujeto de una campaña racista derivada de su condición calé. El conductor asesinado el otro día ni siquiera era reo de imprudencia temeraria; conducía a velocidad razonable, intentó evitar el golpe, que fue leve, y se detuvo a auxiliar a la accidentada. Pero los airados familiares aplicaron con ensañamiento su justicia expeditiva, decretando sobre la marcha pena de muerte. Farruquito, por cierto, la víctima del linchamiento social, está en libertad después de un sonado juicio en el que resultó agraciado con una condena leve. Una epidemia de buenismo, de ultracorrección política y social, nos hurta los detalles de una realidad lacerante mucho más terca que todas las buenas intenciones oficiales. Y es que de la persecución de los gitanos por el hecho de serlo, de la lorquiana sospecha preventiva y los chistes de la Guardia Civil caminera, hemos pasado a pendulazos a la protección pública de oficio sin mirar los detalles de la conducta individual de cada quien. La familia del asesino de Sevilla había sido realojada en un albergue tras un tiroteo de bandas, sin que las autoridades investigasen los expedientes de sus miembros y sin que nadie se molestase en comprobar si tras la balacera conservaban parte de la artillería utilizada. Una cosa es la sociedad abierta y otra la estupidez abierta. La discriminación positiva aplicada en sus términos más simples acabará en una suerte de racismo inverso. Acoger razonablemente a los musulmanes y proteger sus derechos no significa ignorar que en ciertas mezquitas se ficha a terroristas para enviarlos a Irak o se hace prédica de la yihad exterminadora. Integrar a los gitanos no implica perder de vista que en algunos de sus asentamientos se incuban bandas de delincuencia de alta peligrosidad. A ésas y a otras minorías hay que exigirles que se integren en los códigos mayoritarios de conducta moral, social y legal. Con plena igualdad de derechos y de obligaciones. Ni un solo prejuicio, pero ni un gramo de mala conciencia. Ser justos, benéficos y humanitarios no exige que nos convirtamos en gilipollas. H LA TRICOLOR DE MENCHU N O es que se me haya bloqueado la centralita, porque no tengo posición para centralita. Con un terminal Forma Multi- servicio de Telefónica me avío. Pero han sido más de media docenita los generosos lectores amigos que me han llamado para mostrarme su complacencia con cuanto me atreví a escribir, a contraflecha, sobre el teniente general Mena. (Punto en el que les hago una observación de oyente y lector. De las radios a las pancartas del Manzanares, nadie le ha apeado la graduación a don José Mena Aguado. Todo el mundo dice el teniente general por delante de su apellido. No el general a secas. Lo cual es muy justo, equitativo y saludable. Ya que el teniente general se ha mojado al decir lo que pensamos muchos, no le vamos a llamar general a secas) Entre los lectores amigos que me llamaron sobre el artículo estaba un encanto de dama: Menchu Tablantes. Digo lo de dama en el sentido más ritual ANTONIO y ceremonial del término. Menchu TaBURGOS blantes fue fidelísima dama de servicio de la Condesa de Barcelona. Menchu acompañó a Doña María en los quince minutos de gloria con los que más disfrutó en su vida. Cuando el día de la boda de la Infanta Doña Elena, Doña María se paseó por su querida Sevilla en landó, camino de la Catedral y fue aclamada como esposa y madre de Reyes. En una negra Nochevieja, Menchu fue quizá la persona que oyó las últimas palabras de Doña María antes de su muerte en Lanzarote. De nada de ello ha presumido nunca la discreta, leal y fiel Marquesa de Tablantes. Por muchos millones que le diesen, nunca hubiera contado nada de cuanto le oyó a Doña María, incluidas aquellas tardes en que el Rey iba, como decía entre bromas, a confesarse con su madre Los monárquicos por el plan antiguo son así. Como Menchu. Que me contó su reciente lance de la bandera tricolor. Todo un ejemplo civil contra la cobardía ambiente, contra el come y calla contra la dictadura del mie- do y contra el chantaje de las minorías. Menchu, delicada y cariñosa donde las haya, quiso por el día de Reyes, que es cuando los viejos monárquicos celebran su Pascua, hacer unos regalos a personas queridas. Como vio que en la plaza del Duque de Sevilla se ponen muchachos artesanos que venden ellos mismos sus mercancías, acudió allí para apoyarlos con sus compras. Llegó a uno de los puestecillos y estaba comprando mantas de alpaca, collares de colores, monederos de olorosa piel. Hasta que entre las prendas que colgaban en el tenderete vio una bandera republicana. Le preguntó al artesano, con descaro y valentía: ¿Y esta bandera a qué viene? -Es la bandera de España... -No, hijo, la bandera de España es la roja y gualda. -Esa es la bandera de Franco. -No, esa bandera la puso Carlos III, para que nuestros buques de guerra se distinguieran bien, porque con la blanca de los Borbones los confundían con los franceses. -Bueno, es la bandera de la República... Y entonces Menchu, muy resuelta, le dijo al joven artesano tricolor, berrendo en Carod Rovira: -Pues, hijo, como yo soy monárquica y tú eres republicano, pues, ¿sabes? no te voy a comprar ¡absolutamente nada! de estos regalos que iba a llevarme. Y los voy a comprar a ese otro muchacho del puestecillo de ahí frente. Y así hizo Menchu, en una rebelión de dignidad civil merecedora de imitación. Se dejó sus dineros en el puestecillo de frente al republicanote. Mujer y curiosa, al día siguiente volvió por el mercadillo artesano. Y comprobó, oh sorpresa, que el artesano republicano, tras perder aquella sustanciosa venta, ¡había quitado la bandera tricolor! Cuando me lo comentaba, con toda su gracia asturiana de los Argüelles, Menchu me dijo: -Así que quitó la bandera tricolor, no fuera a perder otra venta importante. ¡Lo que más me gusta de estos republicanos es la profunda convicción en sus ideas!