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ABC LUNES 9 1 2006 Cultura 51 Espectacular imagen nocturna del Louvre parisino al que está dedicado el segundo tomo de la colección Museos del mundo la creación de los museos con una tipología arquitectónica autónoma y con funciones de cohesión y excusa para reforzar identidades nacionales, locales o culturales y también para presentar esas iniciativas como testimonio de convicciones universalistas, constituyen testimonios históricos precisos de los intereses y aspiraciones de determinados protagonistas- -príncipes, reyes, políticos, comunidades, etc. -y de su manera de entender la historia y de permanecer en la historia, buscando siempre, o casi, la complicidad de la sociedad que contempla esos museos. Lo que pensaban sobre los museos... Los museos siempre han intrigado y seducido, aunque de muy distintas maneras, no sólo al público o a los aficionados, sino también, y fundamentalmente, a los mismos artistas, a los poetas y escritores, a los intelectuales y filósofos, a los críticos e historiadores del arte. La curiosidad y el asombro forman parte de las actitudes y respuestas, previstas o no, de muchos de ellos, de muchos de nosotros, ante la contemplación de las obras de arte reunidas en un museo. Adolfo Bioy Casares soñó uno muy raro, sólo con una obra de Foujita y otra de Picasso y que se reconstruía permanentemente para ser siempre igual gracias a una especial invención de Morel. Su amigo Borges pensaba de forma parecida, pero no inventó ninguno ya que desconfiaba de todos y pensaba que habían sido ideados como un nuevo laberinto con la perversa intención de confundir a los hombres y mantenerlos siempre en ese estado Ocasión única Por eso, los museos son lugares únicos y excepcionales, laberínticos y propios de las maravillas, complejos y conflictivos, apasionantes y simbólicos. Y por eso es que existen tantos museos distintos como coleccionistas o sociedades que los han generado e impulsado, siempre confundidas la rareza, la excepcionalidad, la belleza o lo insólito de las obras en ellos custodiadas, con las intenciones, los usos, las instrumentalizaciones de esos conjuntos seductores, en los que la historia y la emoción, la casualidad y el azar, los criterios o su ausencia, los convierten en lugares de desconcierto y de veneración, de orgullo colectivo y de devociones individuales. Y es que cada cual, al final, hace de cada museo, con independencia de sus orígenes e intenciones, de su significación cultural o social, su propio museo. Cada uno de nosotros tiene su propio Museo del Prado o del Louvre, su propio Ermitage o Galería de los Uffizi, su MoMA o su Tate. Esta colección, magnífica, y que motiva estas líneas, constituye una ocasión única para poder comprobar algunas de las ideas y emociones, confusiones y pasiones que acabo de enunciar. Marcel Proust Un fragmento de la vida Adoraba los museos. Veía en cada obra un fragmento de la vida de un artista. Julio Cortázar Como un cementerio Los miraba de forma extraña y creía que los cementerios eran una especie de museo ideal. Jorge Luis Borges Un laberinto Pensaba que habían sido ideados como un laberinto para confundir a los hombres. peculiar. Pessoa soñó los museos como lugares abandonados y apropiados sólo para contener un fragmento de sí mismo. Cortázar miraba de forma extraña y creyó llegar a entender que los cementerios eran una especie de museo ideal. Lo que no se alejaba mucho de la opinión de algunos eruditos de principios del siglo XIX que rechazaban la existencia misma del museo, considerándolos un lugar pervertido, un taller de descomposición y muerte del arte. Paul Valéry escribió también algunas de las páginas más lúcidas sobre los museos, a los que con- sideraba espacios de la locura del hombre ante tanto arte junto y señalaba que eran incluso perversos para las propias obras que siempre acababan teniéndose celos unas de otras. Más optimista era, sin duda, Cézanne, que siempre quiso hacer un arte como el que contemplaba en los museos y, con él, tantos otros artistas han pensado lo mismo o parecido, antes y después. Proust, como Cézanne, disfrutaba como pocos, es decir, como casi todos, en los museos, los adoraba y veía en cada obra, por sí misma, un fragmento de la vida de un artista y se emociona- ba al pensar de ese modo. Unamuno también fue escéptico: iba a los museos a recordar lo ya visto o leído, incluso lo ya soñado, como para reconocerse a sí mismo. Pero tenía una ventaja, sabía que en Mecanópolis, una ciudad que sólo él había llegado a conocer, había un museo en el que estaban todos los verdaderos originales de las obras de arte de toda la historia, con lo que lo que se contempla en los museos que conocemos, y que él conocía, eran sólo magníficas copias. Por eso podía desconfiar con naturalidad. Los demás, continuamos disfrutando como Proust.