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50 Cultura LUNES 9 1 2006 ABC TEMPLOS DE LA CULTURA El autor, crítico de arte de ABC, analiza en este reportaje la evolución histórica de los museos- -el lugar de las musas- -y lo que han significado y pueden significar para sus visitantes Espacios conflictivos, apasionantes... TEXTO: DELFÍN RODRÍGUEZ FOTOS: ABC MADRID. Son los museos lugares de la maravilla, la sorpresa, la inquietud, la rareza o la extrañeza. Pero son también laberínticos y, a veces, confunden y resulta difícil moverse por su territorio acotado, lleno en muchas ocasiones de memorias y recuerdos en forma de objetos y obras considerados artísticos o, en otras, de pedazos de la historia materializados y conservados en su apariencia figurativa o no, representando la imagen y la forma que el mundo quiso darse de sí mismo en un momento determinado, sabiendo que esas formas y figuras estaban destinadas a ser contempladas y usadas con diferentes intenciones, de las artísticas a las religiosas, de las políticas a las estéticas, de las propias de la autorrepresentación del poder y del prestigio a las más inasibles de las pasiones y aficiones, de los sentimientos y de las emociones de los que las guardaban o coleccionaban. Éstas, más propias de los coleccionistas; aquéllas, más próximas a los discursos institucionales del poder, político o religioso, y la propaganda. En muchas ocasiones, casi desde el origen mismo de la noción y de la palabra museo- -el lugar de las musas- -en la Antigüedad, del Museion de Alejandría a la mismísima Villa Adriana, en Roma, el coleccionista y el poder parecían encontrar un raro acuerdo convirtiéndose los príncipes en coleccionistas y los coleccionistas en príncipes, la propaganda y la pasión se juntaban dando origen a conjuntos extraordinarios de obras de arte que podían ser entendidos como espacios del asombro, la riqueza, el lujo o la maravilla, pero también como símbolos del poder y memoria del dominio del mundo. En Los coleccionistas pueden ser tan variopintos como sus colecciones; desde el príncipe al aficionado ellos, en esa doble cualidad del sentido de las colecciones y en el lugar o los lugares elegidos para ellos, está, sin duda, el origen mismo de los museos que hoy conocemos y cuya necesidad cultural e histórica comienza a consolidarse a partir del siglo XVIII. En un principio, desde un pequeño armario, una sala, una galería, un claustro o un patio, a una habitación, en un palacio o en una casa, anexas a un convento o a una iglesia, podían dar cobijo a ese conjunto extraño de piezas excepcionales por su materia o por su cualidad artística, por su iconografía o por su valor de recuerdo o memoria, o testimonio de acontecimientos y de sentimientos, de creencias o sueños. Una colección de ABC para todos La colección Museos del mundo comienza el domingo 15 de enero con la National Gallery de Londres. Esta primera entrega costará 1,95 euros, más el precio del ejemplar diario. Termina el 28 de mayo, sumando un total de 20 entregas. El resto de volúmenes costarán 10,95 euros. Son libros de 300 páginas y un formato de 23 x 29,7 cms. aproximadamente. La cubierta está impresa a 4+ 0 tintas, s papel estucado brillo de 135 gramos. Las páginas interiores impresas a 4+ 4 tintas, s papel estucado brillo de 115 ó de 135 gramos. El método de encuadernación es cartoné cosido. La colección completa contiene más de 5.000 fotos. Parte de otra vida Si se trataba de colecciones privadas, los objetos remitían casi siempre a recuerdos propios de la autobiografía del coleccionista, a algo que estaba más allá de las cualidades mismas del objeto confiscado de la historia y de la vida para formar parte de otra historia y de otra vida, la propia de quien coleccionaba y de su idea del mundo. Y los coleccionistas podían ser, y son, tan variopintos como sus colecciones, del príncipe al aficionado, del poeta al fetichista, del fraile al burgués, del científico al enciclopedista, del erudito al extraviado, del aristócrata al funciona- rio, e incluso los artistas son con frecuencia coleccionistas de sí mismos o de las obras de otros. Si el caso se refería a colecciones públicas o institucionales, las cosas cambiaban notablemente, aunque no cabe duda que aun en esos ejemplos los que inician o continúan esas colecciones, destinadas a ampliarse sin fin, como si de un gratificante castigo eterno se tratase, la personalidad de cada coleccionista, de cada eslabón de esa cadena del poder político o religioso, actúa con sus propios criterios, con sus propias convicciones o pasiones, por mucho que a veces se disfracen sus decisiones de la apariencia de políticas culturales o de supuestos principios de objetividad o reconocimiento de la labor de los artistas o de la significación de las obras. De esta forma, incluso las colecciones públicas e institucionales, decisivamente vinculadas a