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ABC LUNES 9 1 2006 47 Antonio Canales estrena hoy su espectáculo Bohemios dentro del Festival Sevilla Entre Culturas El Acantilado publica, traducidas por Rosa Sala Rose, Conversaciones con Goethe una obra imperecedera que el secretario- -Johann Peter Eckermann- -del genio alemán empezó a escribir el 10 de junio de 1823. Pero la relación entre maestro y discípulo no siempre fue armónica... Toda una época El glosario que elabora Rosa Sala Rose no sólo reúne onomásticamente el universo intelectual de Goethe, sino que detalla la relación que el escritor tuvo con los personajes y obras a las que se refería en sus conversaciones con Eckermann. En 1802, Goethe conoció a través de Schlegel la obra de Calderón: quedó impresionado; situó al dramaturgo español a la altura de Shakespeare y programó obras como El príncipe constante en el teatro de Weimar. Victor Hugo no le gustaba tanto: criticaba la afición del francés por lo tenebroso y lo deforme. De Beaumarchais, Goethe destacaba la romántica fuerza juvenil de sus Bodas de Figaro y cuando en 1830 escuchó la Quinta Sinfonía de Beethoven exclamó: ¡Esto es grande, descomunal! Casi me da miedo que la casa se venga abajo... A Newton no lo podía ver: compitió con el británico en la teoría de los colores, y mantuvo toda su vida una posición errónea. En el terreno artístico valoraba la fuerza de Miguel Ángel, pero no la belleza, que encontraba en los modelos griegos y Rafael. Al Goethe septuagenario le fascinaba Byron por su espíritu aventurero; también se interesó por Cagliostro, cuyas extravagancias mágicas le parecían un símbolo del declive del Antiguo Régimen. Pero la personalidad que le fascinó sobremanera fue Napoleón. Su encuentro con el corso en Erfurt, el 2 de octubre de 1808, fue un momento estelar de la vida de Goethe. Goethe y Eckermann, afinidades electivas TEXTO: SERGI DORIA BARCELONA. Por el camino de Weimar va Johann Peter Eckermann. Sus orígenes son humildes. Hijo de un vendedor ambulante de hilos, nació en Winsen en 1792. Su afición por el dibujo llamó la atención del corregidor protestante y consiguió que los acaudalados del lugar financiaran los estudios. Pero el joven Eckermann dudaba de su talento artístico y centró sus esfuerzos en los estudios humanísticos. Se interesó por Schiller, hasta que oyó por primera vez el nombre de Goethe: Leí y releí sus canciones una y otra vez, lo que me produjo una felicidad tal que no puedo describirla con palabras Se adentró después en los Años de aprendizaje de Wilhelm Meister y Fausto Fue una toma de conciencia sobre las posibilidades del genio. Despertó en él la ambición literaria. Tomó clases particulares. Su vida se aceleró. Trabajaba y estudiaba. Enfermaba. Escribió una obra de teatro. En otoño de 1822 abandonó la universidad y se instaló en Hanover; allí escribió una serie de artículos de teoría literaria bajo el título de Contribuciones a la poesía En 1823 Eckermann envió el manuscrito a Goethe y éste acusó recibo. Le gustaba la caligrafía y necesitaba un secretario. A finales de mayo, el escritor treinteañero se puso en marcha: de Gotinga al valle del Werra y luego por el camino de Weimar. Aquella primavera hacía mucho calor, pero Eckermann tenía la conciencia de enfilar el camino de perfección. El 10 de junio toma las primeras notas de una obra impecedera: las Conversaciones con Goethe que El Acantilado acaba de publicar traducidas por Rosa Sala Rose. Goethe o viajar a Italia ocupándose de Augustus, el turbulento y cirrótico hijo del poeta. La impecable traducción de Rosa Sala Rose actualiza y modula el lenguaje de Goethe y se enriquece con un completo glosario que reúne los personajes y obras con los que se relacionó el autor de Werther Es la primera edición de las Conversaciones que incluye imágenes a las que alude el texto. Así, el lector penetra en la mansión de Weimar con la emoción que debió experimentar Eckermann aquella tarde del 14 de octubre de 1823, cuando tomó por primera vez el té con el patriarca de la literatura germana. En la habitación del techo, observando las Bodas Aldobrandinas el Maestro alabó a los antiguos porque no sólo tenían grandes propósitos, sino que también conseguían darles forma Aquellos momentos enervaban a Ecker- ABC Eckermann no quiso pasar a la posteridad como secretario de Goethe, sino como el discípulo predilecto la sabiduría del Maestro, a quien consideraba su Padre espiritual, pero supo también de su enfado cuando ponía en duda, por ejemplo, la validez científica de su Teoría de los colores En las Conversaciones supo matizar los estados de ánimo de Goethe y destilar la vigencia universal de sus comentarios. Los días con el Maestro fueron de varia luz. A veces le tenía ocupado alguna gran idea y sus palabras brotaban ricas e inagotables... En otras épocas, en cambio, enmudecía y hablaba con monosílabos, como si una neblina le cubriera el alma. Es más, podían darse algunos días en los que mostraba una gélida frialdad, como si un viento cortante atravesara campos cubiertos de escarcha y nieve Cuando Goethe murió en marzo de 1832, Eckermann depositó su mano sobre el corazón del cuerpo exánime. Fue el último contacto con el Maestro. Una relación idealizada y satirizada La relación entre el maestro y su secretario, explica Sala Rose, no siempre fue armónica: La idealizaron y la satirizaron. Se escribieron parodias y obras de teatro. Algunos tachaban a Eckermann de servil Eckermann no quiso pasar a la posteridad como secretario de Goethe, sino como el discípulo predilecto. El maestro no le pagaba y el secretario describía esa tacañería a su prometida. En aquellas Conversaciones Eckermann cifraba la posibilidad de casarse y dejar las privaciones, pero fue como un jarro de agua fría cuando Goethe le dijo que el libro debía publicarse después de su muerte. Hasta que las Conversaciones vieron la luz, Eckermann malvivió dando clases de alemán para ingleses. Recogiendo migajas del Maestro, como ser nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Jena mann. Su sueño de emular a Goethe era más propio de la ingenuidad que de la soberbia. La publicación de las Conversaciones no llegó en el momento más oportuno. El volumen con la primera y segunda parte apareció en 1836 y la tercera tardó hasta 1848. La figura de Goethe era criticada por los escritores de la Joven Alemania, que le acusaban de falta de patriotismo: los pocos ejemplares vendidos no reportaron a Eckermann el capital que esperaba. Se casó con su eterna prometida, pero el primer hijo murió en el parto y en el parto del segundo pereció la madre. Poco dotado para las relaciones sociales, prefería la compañía de los pájaros, que dejaba revolotear por su humilde habitación y ponían huevos en su único par de zapatos. La relación con Goethe marcó su existencia... Entre 1823 y 1832, Eckermann gozó de