Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 8 1 2006 Cultura 69 Como el amor por las letras lo aprendí de mi padre, escribir en su periódico me llena, a partes iguales, de tristeza y de orgullo mis cartas o en mis infinitos soliloquios: verdad y sintaxis. -Usted ha confesado que no es demasiado romántica, aunque defiende el romanticismo; pero sí es muy realista, quizá dura ¿El mundo en que vivimos hay que analizarlo desde un cierto realismo duro -La decepción es el fruto inevitable de la madurez, y yo ya no me creo casi nada, porque en casi todas las manzanas de mi juventud he visto crecer los gusanos. Desconfío del hombre, porque desconfío de mí misma. Opino, sin embargo, que no hay nada más saludable que una cierta dosis de escepticismo. La alegría, que pese a todo cultivo, no tendría mérito si no sobreviviera a la desilusión. Y sí, este mundo nuestro es indigesto y decepcionante. -Una de las grandes colaboraciones de usted con su padre fue la maravillosa traducción y adaptación que realizaron, mano a mano, de un Cyrano en arte mayor para el Teatro Español. ¿Qué recuerdos le vienen de aquella complicidad? -Lo bien que lo pasamos tejiendo alejandrinos, consultando diccionarios, corrigiendo rimas. Mi padre y yo compartíamos la pasión de la poesía: su música, su lógica, su magia. Y nos enredábamos en largos debates sobre acentos y adjetivos, claridad, y contraste, sencillez y misterio. También compartí con él los nervios del estreno y la indescriptible sensación de ver cómo se encarnan tus palabras. Porque, aunque se tratara de una traducción, las palabras eran nuestras. Lo pasamos muy bien. Hicimos una buena pareja. ¿Sigue lamentado no haberse topado con un Cyrano en la vida real? -No estoy muy segura. Me gustan los hombres que no confunden la virilidad con la insensibilidad. Admiro a los hombres nobles y generosos, que aman con toda su fuerza y su entereza. Pero si yo fuera Roxana, no le perdonaría a mi Cyrano que, en la oscuridad de la noche, pusiera su encendido corazón en los labios de un insulso petimetre. Sin mi padre me hubiera resultado muy difícil... ¿La repentina muerte del genial Campmany cercenó otros grandes proyectos en común? -Mi padre me pidió alguna vez ayuda para el trabajo documental de su segunda parte de la Historia de España en romance. Y confieso que se la negué. Era un trabajo demasiado duro, demasiado largo. Y él entornaba los ojos, y sonreía. ¿Cuáles son sus personajes literarios favoritos? -Los personajes teatrales son los que más me interesan, quizás porque, como en la vida, se les conoce a través de sus palabras y sus hechos, y no a través de los juicios de un narrador: el alcalde de Zalamea, el Don Juan Tenorio, Lady Macbeth, el Misántropo de Molière... Y confieso que, como buena aficionada al género policíaco, me siento muy cercana a personajes como Maigret o Montalbano. Laura Campmany, ayer en la biblioteca de su casa familiar LAURA CAMPMANY Escritora Trataré siempre de que una pequeña chispa siga iluminando mi apellido A partir del próximo sábado, el apellido Campmany vuelve a tener una cita con el lector de ABC. La hija de Jaime Campmany, Laura, se incorpora a nuestras páginas de Opinión TEXTO: ANTONIO ASTORGA FOTO: ÁNGEL DE ANTONIO MADRID. Vivo desde 1987 en Bruselas, donde trabajo como traductora de la Comisión de la Unión Europea. Me estrené como poeta cuando quedé finalista en un concurso organizado por el Hotel Palace que se llamaba Un millón por un soneto Luego, me parece que fue en 1993, gané el premio de poesía Feria del Libro de Madrid con un libro hecho, también, de sonetos. Y años más tarde, en 1998, obtuve el premio Hiperión. Tengo publicado otro libro de poemas, he colaborado esporádicamente en algunas revistas literarias y estrené en el Español la versión del Cyrano de Bergerac que tradujimos en verso, al alimón, mi padre y yo. Se ha dicho de mí que soy intensa y parsimoniosa. ABC me ha dado ahora la oportunidad y el desasosiego de escribir más y romper menos. Sólo puedo prometer que trataré siempre de que una pequeña chispa siga iluminando mi apellido Así es Laura Campmany, una poeta (como le gusta definirse- -no poetisa- repleta de ternura, sensibilidad, ingenio, chispa, sabiduría, generosidad, humanidad... que ha heredado de su padre y de su madre. A partir del próximo sábado se cita con el lector en ABC. ¿Pesa el apellido Campmany? -Pesa y da alas. Pesa, sobre todo, porque lo que yo desearía es seguir abriendo el ABC cada mañana y ver, antes de mi apellido, donde solía estar, con la gracia y la sabiduría que invariablemente le acompañaban, el nombre de mi padre. Me pesa su ausencia de vida y de palabras. Pero yo nunca rivalicé con él en nada, salvo quizás en el endecasílabo, y sólo de broma y un poco a la manera de los clásicos. Como el amor por las letras lo aprendí de mi padre, escribir en su periódico me llena, a partes iguales, de tristeza y de orgullo. -Junto a la ternura o al mus, ¿qué legado han incardinado en usted su padre, Jaime, y su madre, Conchita? -Mis padres me dieron todo lo que tenían: su saber, su generosidad, su capacidad para enfrentarse a las adversidades, su sentido de la amistad y su difícil ejemplo. Me enseñaron que al conocimiento se llega por el esfuerzo, y a la satisfacción, por la obra bien hecha. Que no hay que pedirle a nadie más de lo que puede dar, y que el precio de la verdad y la justicia nunca es un precio demasiado alto. ¿Qué hereda Laura Campmany del Jaime Campmany columnista? -Eso está por ver. En una de sus primeras pajaritas, mi padre escribió que los tres ingredientes de un buen artículo eran vivencia, ternura e ironía. Yo de mi padre creo haber heredado el vitalismo y la ternura. Pero la ironía... En eso mi padre era un maestro. ¿Anda huérfano el columnismo español desde que su padre se fuera al cielo con César González- Ruano, Cela o Quevedo? -Yo diría que sí, que a los lectores de ABC se les ha quedado un poco mustia la florecica del desayuno. Mi padre era uno de los mejores columnistas españoles de nuestro tiempo: por su dominio del lenguaje, por su gracejo, por su cultura, por su valentía, por su talento. Ahí queda todo lo que dejó escrito, rimado y trenzado, preciso y luminoso como su alma y su vida. -Todos los días dedica usted tres horas a escribir porque, como decía Borges, cada día hay que escribir una línea como mínimo -Escribir es casi una manera de ser. Para quien tiene vocación de escritor, no hay nada más natural y cotidiano. Yo trataré de poner en mi colaboración de ABC lo que pongo en mis poemas, en