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ABC DOMINGO 8 1 2006 Los domingos 53 LEY DEL TABACO Uno de los rótulos que estos días atormentan a numerosos fumadores Diario de un fumador Llevo una semana sin poder encender un cigarrillo en paz... El escritor Eduardo Chamorro, reconocido fumador, ha vivido su primera semana en el territorio comanche impuesto por la nueva ley contra el tabaco. En estas líneas recoge su experiencia, el brete de fumar al borde del delito y de la caspa social POR EDUARDO CHAMORRO FOTO: JAIME GARCÍA N o es cierto que se fume menos. Tal vez lo sea algún día en el contexto de las estadísticas que avalen alguna que otra razón de nuestras necrológicas, o en las oraciones de la ministra Salgado, tan parecida a un arcángel de lo escuálido, y, quizá por ello, tan bien perfilada contra el vacío que inunda los anaqueles de la librería empotrada en su despacho. No se fuma menos cuando se fuma no ya por el placer de hacer eso y no otra cosa, sino porque se aventura que quizá no se pueda al cabo de diez minutos, si son los que se te echan encima en un lugar vedado. De modo que uno fuma no sólo por fumar sino también por no fumar, pues ésa puede ser la disciplina y el rigor que traiga consigo el escenario de una cita concertada sin las debidas precauciones. A la pregunta que busca conocer la dirección en que tendrá lugar el encuentro, se une ahora el imperativo de saber si en ese espacio se fuma o no se fuma, se puede o no se puede. Todo bicho viviente es un catálogo de prevenciones y cautelas, de planes que se rehacen de acuer- do con las circunstancias o con lo que se acierte a aplicar según nos vengan dadas. Si a ese instinto del bicho viviente se le añaden espíritu y razón, metafísica y su práctica, entonces somos un eterno retorno al aprendiz. Puede que desde ese punto de vista, sea buena esta gimnasia de vivir y fumar bajo las nuevas cautelas de este preaviso que ha devuelto su vigor a los pasquines y que nos pone en la conciencia de que la vida- -el barrio, la oficina, el taller, el mapa grande o pequeño del ocio en general y del vagabundeo en particular- -ya no es el escenario acostumbrado, y de que uno puede verse en un aprieto si se pone a fumar mientras hace la compra, por ejemplo. Antes se paseaba sin pensar en cosa alguna, con la mirada perdida y la cabeza a pájaros. Hoy pasea uno hecho un periscopio que detecta la presencia del terminantemente Debe de ser que no basta con prohibir o sabe a poco prohibir de un modo lacónico. De la señalización del local donde se puede o no se puede, pasamos al aviso contundente de que si no se puede o está prohibido, lo está ter- minantemente. Y se echa de menos, aviesamente, algún local en el que, además de que se pueda fumar, se fume terminantemente, por más que uno no esté demasiado dispuesto a fumar de un modo tan adverbial. Y, sin embargo, así se han puesto a fumar todos cuantos a la pena de trabajar y a la esclavitud contemporánea que son los impuestos, unen ahora el brete de fumar al borde del delito y de la caspa social. Nos hemos puesto a fumar terminantemente. Y ese cigarrillo cuyo consumo tenía siempre algo de contemplativo y del calor de sentirse uno acompañado en Babia, se quema ahora en vertiginosas caladas que convierten el placer del humo en un atroz homenaje a la ceniza, y el fumar, en una experiencia no por vertiginosa menos cercana al colocón y a la catatonia. Ahí está el fumador desencajado y nervioso que no fuma como si consumiera su último cigarrillo o el del condenado a muerte, sino como si ese fuera un cigarrillo póstumo, visionario, profético y ansioso. Si uno camina hacia un espacio en el que no podrá fumar, la cami- Tampoco se puede fumar en paz en los lugares donde se permite fumar, pues uno se ve entre fumadores que le miran a uno con una expresión de solidaridad bovina... nata se convierte en un rosario de cigarrillos fumados acumuladamente. Está claro que el vicio, el hábito, la costumbre o lo que fuera aquello que uno hacía sin prestar demasiada atención, ahora hay que hacerlo atentamente, acumulada, terminantemente. Hemos entrado en la fumada adverbial, y en la duda de que esa sea la forma más precisa y veraz de hablar del modo en que nos han puesto a fumar. Josep Pla explicaba que encendía un cigarrillo en cuanto tenía que dar con el adjetivo adecuado. Una pesquisa mental con todo el entretenimiento de una batida errante y de tanteo, y todo el placer de quien hace las cosas en paz. Yo llevo una semana sin poder fumar en paz si es que no estoy en mi casa. Porque tampoco se puede fumar en paz en los lugares donde se permite fumar, pues uno se ve entre fumadores que le miran a uno con una expresión de solidaridad bovina que no contribuye, precisamente, a la autoestima del solitario que fuma en pos de un adjetivo con el que vestir de gala su placer. Han hecho del fumar un harapo.