Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
52 Los domingos DOMINGO 8 1 2006 ABC ARDEN LAS LETRAS GAYS ¿QUIÉN TEME A LA LITERATURA HOMOSEXUAL? POR JOSE MARÍA POZUELO YVANCOS ¿P ero existe la literatura homosexual? Ésa es la primera pregunta que conviene hacerse, porque en este territorio hay demasiada banalización y el fenómeno gay y lésbico que ha sufrido durante siglos la estigmatización o la censura, explícita o implícita, tiene ahora en el reverso a su peor enemigo: la creciente conversión de lo homosexual en un tipo de consumo, en unas estanterías concretas, donde lo homosexual define escrituras, pero también jerarquías, y no para homologarse siempre según sus índices de calidad o no calidad, sino en el sentido contrario, para definir su diferencia, en el caso paradójico de una entidad, como si ser gay o lesbiana pudiera convertirse en una marca, del mismo modo que un barrio, que un día del orgullo o fenómenos parecidos de escaparatismo. Hay editoriales, Egales y Odisea, especializadas en tal temática, y multitud de revistas o sitios webs. Y es un fenómeno que irá a más. Desde hace un par de décadas sostiene una importante línea de estudio en las universidades americanas, albergada dentro de lo que se conoce como cultural studies con especializaciones concretas en gay studies, lesbian studies o más recientemente en la creación de la categoría como queer studies que estudia las formas de heterodoxia sexual en sus manifestaciones textuales. Si uno visita la librería Barnes Noble, frente al Lincoln Center en Nueva York, encuentra tres paredes de estanterías dedicadas a esta zona del ensayo académico y cultural. Y el grito de Harold Bloom reivindicando el canon clásico tiene que ver mucho con esta nueva ordenación del canon, de lo que puede (o no) o debe (o no) estudiarse. Quizá lo más saludable sea lo que ha hecho Álvaro Pombo en su última novela, Contra natura cruda, explícita, tremenda, esforzada en sumarse al asunto de otro modo, contra la moral de la triviliación, pensando un problema, con igual empuje que siempre tuvo (ya lo hizo antes en El cielo raso y antes en Los delitos insignificantes y con una introspección psicológica en sus personajes como he conocido pocas. Convertir la homosexualidad en un asunto, un tema, de siempre, pero negarse a que sea una literatura, un género, situable en una estantería definida. Y sin embargo los tiempos que vivimos hoy en literatura no son los de la póstuma Maurice de E. M. Foster, ni los de Kavafis, Margarite Yourcernar, Luis Cernuda o V. Woolf. Tampoco los de Oscar Wilde, quien sufrió un proceso, ni los que hicieron necesaria la Querelle de Brest de Jean Genet, o el relato autobiográfico de Yukio Mishima, Confesiones de una máscara traducida íntegra al español muy recientemente. ¿Que hay varios Boris Izaguirre? también hay Pombo o Luis Antonio de Villena, del mis- Ganímedes, interpretado por Miguel Ángel mo modo que hay en los temas y autores heterosexuales diferentes calidades, registros, tonos y planteamiento de mercado y literatura. Si uno repasa y añade a los que antes enumeré, Gide, Wilde, Proust, Biedma, Cernuda, García Lorca, Esther Tusquets, Terenci Moix, Mendicutti, Peri Rossi, encuentra que algunos de los libros de estos autores, hombres o mujeres, serán leídos mañana independientemente de cualquier segmentación. Y sobre todo que no están en otra estantería. Un crítico querría que sufrieran el mismo proceso de vida que cualquier otra literatura: con lectores ganados por el mercado o por la calidad, o por ambas, con mayor o menor fortuna y que se sostienen o no por otra cosa que la marca. Pero esa situación ideal no se da. Jaime Bayly ha debido gran parte de su éxito en No se lo digas a nadie porque ha habido una sintonía literetarura- cine, en el énfasis del descubrimiento, de la salida del armario, como fenómeno social, nunca literario, que ha marcado y está marcando nuestra época. Igualmente ocurrió con Antes que anochezca de Reinaldo Arenas, una autobiografía del homosexual cubano que tuvo en su momento distributivo tanto un gesto de afirmación como de denuncia. Eduardo Mendicutti tuvo en su Duelo en Marilyn City el valor de llevar al western, en términos casi paródicos, el tema homosexual, mucho antes que lo hiciera, con otro tono, la famosa película norteamericana, Brokeback Mountain del director Ang Lee, que relata una historia de amor entre dos vaqueros, que cosechó mediano éxito en EE UU. Aunque Mendicutti en California como hiciera antes Antonio Fontana en De hombre a hombre la temática se ha vinculado al fenómeno del descubrimiento y de la maduración. También ha sido muy destacable Luisgé Martin con su obra La muerte de Tadzio En Los príncipes nubios Juan Bonilla logró el premio Biblioteca Breve. Hay allí una temática homoerótica veteada con el tráfico de esclavos sexuales. Y en una formidable novela reciente de Javier Reverte, titulada El médico de Ifni se tematiza una relación lésbica con tal grado de naturalidad, y de maestría en la seducción amorosa, sin que quepa hacer gesto alguno, sino simplemente contando cosas de la vida, como hacía Virginia Woolf en Las olas o en Orlando o ha hecho Michael Cunningham en su obra, muy bien llevada al cine, titulada Las horas De Terenci Moix recordaremos mejor El peso de la paja y el Cine de los sábados su excelente autobiografía confesional, que Mundo Macho (una novela salvaje) o La caída del imperio sodomita En todas ellas la temática homosexual es decisoria, pero del mismo modo lo es su calidad literaria, mucho menor en las últimas enumeradas. Y si Terenci Moix luchó por algo es porque pueda prescindirse en literatura (también en la suya) de lo que apenas es literatura. Quizá vivamos en la España de hoy el momento más peligroso desde el punto de vista literario y de la igualación de derechos, que en ese punto van de la mano, aunque se piense lo contrario. Una moda gay o lésbica puede suponer a mi juicio años de retroceso en el proceso de normalización temática que la literatura buena ha ido contribuyendo a crear. Otra vez la frontera verdadera habría que situarla en otro sitio: distinguir el arte de la simple mercancía, de su producto sustitutorio, de la moda, de la marca, aunque esa moda o esa marca se autodenomine transgresora, rebelde, revolucionaria, propia, identitaria. En las Memorias de Adriano de Yourcernar, nadie pregunta por Antínoo como una rareza, como no lo fue Catulo, ni Safo. La mejor literatura es la que es literatura, y no precisa del adjetivo gay para venderse, mejor, ni peor. O lo que es lo mismo: que no existe una litereratura homosexual, porque no existe otra literatura que la que aborrece de tales calificativos. Visibilidad Hay un punto en que la homosexualidad como asunto no alcanza distinción entre hombres y mujeres. Pero en otros muchos sí. El más evidente, en la literatura española de hoy, es el de la visibilidad. Cualquier lector es capaz de reconocer cuatro o cinco escritores en los que la temática homosexual masculina es importante. Pero fuera de El mismo mar de todos los veranos de Esther Tusquets, casi ninguna novela de temática lésbica ha tenido gran proyección de crítica o público lector. Quizá para paliarlo se ha publicado recientemente la antología Otras voces con cuentos de varias autoras. Y sin embargo el ramillete de escritoras extranjeras que con tal temática han llegado a primera fila del canon es enorme, desde Djuna Barnes a Patricia Higmsith, Gertrude Stein, Colette, Mary Renault... ¿Qué pasa en España? J. M. P. Y. Una moda gay o lésbica puede suponer años de retroceso en el proceso de regulación temática que la literatura buena ha ido contribuyen do a crear