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ABC DOMINGO 8 1 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA BARRICADAS Q LO DE MENA ME DA MIEDO IEDO me da este miedo. Pánico. Nadie se atreve a decir en público que está de acuerdo con lo que preocupa al general Mena y por lo menos a los diez millones de votantes del PP y a parte de los otros diez millones del PSOE. Me da miedo que la mera lectura pública de la Constitución pueda ser un acto inconstitucional. Como nos estamos jugando a las cartas la propia Carta Magna, hay artículos de la Constitución a los que, por lo visto, aunque estén ahí, les pasa como a la sangre de Ignacio sobre la arena en el lorquiano llanto por Sánchez Mejías: que no quiero verla. Que no quiero ver la sangre de España sobre la arena. Con todo lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que presumiblemente va a pasar, el único problema de España, perdón, del Estado Español (no me vayan a meter un paquete) tiene tres estrellas de cuatro puntas, un bastón y una espada cruzaANTONIO dos y se llama Mena. Que mandaba la BURGOS Fuerza Terrestre, y no la Fuerza Extraterrestre, como hubieran querido algunos. El excelentísimo señor teniente general don José Mena Aguado no es militar. Es de Caballería. Un caballero que se atrevió a decir lo que silencia la España del come y calla Esta España que ahora asiste cobardemente callada a su linchamiento. Un caballero más constitucional que las dos columnas del escudo, pero con dos... lanzas de Caballería como para decir acerca de la desintegración de España lo que media nación y parte de la otra media calla, muerta de miedo ante la dictadura de lo políticamente correcto, la tiranía del progresismo radical y el chantaje en sesión continua de los separatistas. A mí me da miedo este miedo. Por eso no me atrevo a decir como aquella madre en el desfile de la jura de bandera de su hijo, y afirmo que el único que va con el paso cambiado es Mena. Estamos en la España de los despropósitos donde los separatistas sí que saben mar- M car el paso, un, dos, papa y arroz, que no les falte de nada. Y donde citar la Constitución es golpista. Sé que me la estoy jugando. Me llamarán golpista por atreverme a decir que el artículo 8 de la Constitución está ahí, aunque sea como Francisco Alegre: un nombre en los carteles (o en los cuarteles) que nadie quiere mirar. Y sé que el general Mena dijo en su discurso algo que nadie ha recordado, que desde sus malas conciencias han silenciado por tierra, mar y aire: No olvidemos que hemos jurado o prometido guardar y hacer guardar la Constitución. Y para nosotros, los militares, todo juramento o promesa constituye una cuestión de honor. ¡Qué tío más golpista y más facha! ¿Cuidado que venir a hablar de honor en una nación de perjuros? Por eso no puedo estar más de acuerdo con el silencio ominoso de la mayoría. Bono dijo que iba a hacer una ley por la que todo soldado podrá llegar a general. Ayer la puso en práctica, urgentemente, y en sentido inverso: todo general puede llegar a soldado, con arresto de ocho días en prevención incluido, si se atreve a desafiar la peor dictadura. Que no es la de Castro ni la de Pinochet, sino la dictadura de lo políticamente correcto. Así que bien arrestado y destituido. Ha resultado tan socorrido como lo fue Rusia para Serrano Súñer: Mena es culpable. De hoy a mañana empezaremos a saber que Mena fue el que negoció con la ETA en Perpiñán. Mena, el que no quiso cumplir con Batasuna en el Parlamento Vasco la sentencia del Supremo. Mena, el que ha incumplido el Pacto Antiterrorista y la Ley de Partidos. Mena es la suma de todos los males sin mezcla de bien alguno. Hay que linchar a Mena. ¡Heterosexual el último! Y el vicario general castrense, que tenga mucho cuidadito. Que no se le ocurra recitar el Credo. Porque como se entere el JEMAD de que ha recitado el Credo en un acto castrense, le pide al Papa su excomunión, por atreverse a decir en un Estado Laico que Dios existe. A Mena ya lo han excomulgado por recitar el credo del honor. UE Dios y el maestro Campmany, que está en Su gloria, me amparen e iluminen en el empeño de levantar una columna en medio de este glorioso peristilo de ABC, donde las plumas de oro del periodismo español se han cruzado durante más de un siglo con las espadas de palo del poder y sus lacayos. Que no es esgrima estéril, porque a la larga suele salir victorioso el bando de las palabras y las ideas, pero a menudo resulta desalentador vivir, como decía Brecht, en épocas de confusión tales que es menester luchar hasta por lo evidente. La columna es el soneto del periodismo (Umbral) pero no están los tiempos en España para muchas líricas ni juegos florales, porque al Gobierno y sus aliados les molestan hasta los verIGNACIO sos y los epigramas, coCAMACHO mo en los tiempos del conde duque de Olivares. Cuando el poder quiere rescatar el Ministerio de la Verdad de Orwell para cerrar las emisoras en donde los muecines, los savonarolas y otros fanáticos predican la guerra santa contra el socialismo, los periódicos se han de convertir en barricadas de la sensatez, y los periodistas en francotiradores de la cordura. Con sosiego, pero con mucha firmeza. De lo contrario, los censores empezarán liquidando a los extremistas, pero luego irán a por los moderados, a por los razonables, a por los tibios y hasta por los indiferentes. Esto también lo dijo Brecht, mecachis, lástima que fuera comunista, igual debería leerlo Llamazares, a ver si se le pegaba algo. De modo que es en las columnas, en los editoriales, en las tertulias, en el campo sin vallar del pensamiento y sus expresiones, donde crepita la llama de la libertad delante de un pelotón de oportunistas que ha convertido la responsabilidad pública en un sindicato de intereses y que además de una agenda política desquiciada pretende imponer la dictadura de la corrección ideológica. Por eso ahora más que nunca son necesarios los prudentes, pero también los malditos, los inconformistas, los insurrectos, los reticentes a los mandatos doctrinarios y a cualquier dogma que no resista el análisis de la razón. La democracia es un régimen de opinión pública, escribió Tocqueville en el siglo XIX. En el XXI, esa opinión pública tiene que defenderse también de los grandes aparatos de comunicación subvertidos por la influencia del Estado. En España, el poder gasta más dinero y más esfuerzo en someter la libertad de expresión que en garantizarla, y mucho más en controlar la información que en suministrarla. Hay más periodistas en el Gobierno y sus empresas, en las autonomías, en las diputaciones y en los ayuntamientos que en los medios privados de comunicación. Toda esa maraña de burocracia y enredos envuelve la realidad en una humareda de intoxicaciones, pero bajo la alharaca insaciable del oficialismo se sigue escuchando el ruido de la resistencia. No es tiempo de sonetos, pues, pero mucho menos es tiempo de silencios. Así que contad si son catorce, y está hecho.