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ABC SÁBADO 7 1 2006 Los sábados de ABC 85 Los siete monos Ahu Atio: los moai conocidos como los siete monos fueron restaurados en 1960 vía: ¿cómo se las arreglaron para encontrar este rincón, el más solitario del mundo, oculto en la inmensidad del océano? ¿Hubo una sola inmigración o se produjeron otras? La expedición de Thor Heyerdahl abordó la resolución de estas cuestiones con el auxilio de la arqueología moderna, sirviéndose de métodos y técnicas que nadie había aplicado antes. Las respuestas comenzaron a surgir a la luz, pero algunas sólo para enredar la madeja todavía más, abriendo nuevas puertas al misterio. Un ejemplo. La tradición oral hacía remontar el desembarco original en la isla al primer tercio del siglo XVI. Un personaje legendario, Hotu Matua, acompañado de familiares y numeroso séquito, habría navegado desde su tierra natal, Hiva (alguna isla del archipiélago de las Marquesas) hasta arribar a Pascua. Pues bien: la datación de restos orgánicos midiendo su contenido en carbono radiactivo- -un procedimiento que había empezado a utilizarse en 1949, sólo seis años antes- -arrojó cifras de una antigüedad abrumadora: el año 386 de la era cristiana. Esta fecha era la más remota que hasta entonces se había establecido en toda la Polinesia, para cuya población más temprana se barajaban guarismos, como mucho, de mil años antes de nuestros días. Los artistas cincelaron las soberbias estatuas en la toba gris del volcán Rano Raraku Preguntas y más preguntas ¿Quiénes eran estos primitivos abuelos pascuenses, fabulosamente lejanos? ¿Vivían aún en la isla a la llegada de Hotu Matua? En caso contrario, ¿cuándo y por qué desaparecieron? Tras más de un año de estancia en la isla, los expedicionarios estaban en condiciones de arriesgar una conclusión. Hubo tres períodos culturales, los mismos que hoy son universalmente aceptados: temprano (386- 1100 d. C. edad de oro (1100- 1680) y decadente (1680- 1868) La aparición de los moai clásicos podría haber ocurrido a princi- pios de la edad de oro. Los artistas pascuenses, inventores de un estilo exclusivo, cincelaron las soberbias estatuas en la toba gris del volcán Rano Raraku, que justifica así su apelativo de cantera de moai La senda del parque permite acceder a la montaña y adentrarse en este taller de titanes. Los moai se despliegan por las faldas externa e interna del cráter como un enjambre de cuerpos cuyos rostros parecen escrutar el infinito y cuyos troncos aparecen erectos, inclinados o tumbados en todas las fases de tallado y transporte. Si uno lo desea puede beber en las fuentes mismas del misterio, pasear entre las pétreas figuras, tocar el pasado con sus propios dedos... La escena es la misma desde hace siglos. Aquí la historia se detuvo con un quiebro indescifrable. De un instante al siguiente, los toki- -cinceles de piedra- -dejaron de esculpir. Al rítmico martilleo sucedió el silencio. Los colosos de piedra vieron interrumpido su descenso por la ladera, recuperando su esencia inmóvil. Algunos, a medio gestar y dormidos en sus cunas ya no pudieron despertar. ¿Por qué? El Rano Raraku permanece desde entonces como uno de los grandes santuarios arqueológicos de la Humanidad. Entretanto se aclaran sus enigmas, los moai- -hoy como ayer- -fruncen los labios y miran al horizonte con esa arrogancia muda e indiferente que cobra fuerza en las palabras de Neruda: Ellos tienen mi rostro petrificado, la grave soledad de mi patria, la piel de Oceanía Los moai del altar del sándalo, con sus pukao (sombreros) situados en la playa de Anakena REUTERS Las piedras hablan. En los acantilados de Orongo hay petroglifos explicativos de los ritos ancestrales de los habitantes de la isla, muchos de ellos alusivos al dios creador, Make- Make