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ABC SÁBADO 7 1 2006 Internacional 27 El proceso hacia la recuperación del papel de Rusia como potencia mundial ha hecho de Putin valedor de regímenes como el iraní o el norcoreano, mientras expulsa a países como Ucrania de su órbita El Kremlin, protector de dictadores RAFAEL M. MAÑUECO. CORRESPONSAL MOSCÚ. Como reconocía el propio presidente ruso, Vladímir Putin, el pasado miércoles, la recién concluida guerra del gas entre Rusia y Ucrania ha situado las relaciones entre ambos países a un nuevo nivel El realismo se ha impuesto sobre cualquier otra consideración pero, al mismo tiempo, se ha consumado una ruptura que saca definitivamente a Kiev de la órbita del Kremlin. Se alejan también Georgia, Moldavia y Azerbaiyán, pero Rusia ha recuperado Uzbekistán y mejora sus relaciones con Turkmenistán, dos odiosas dictaduras centroasiáticas. Sus relaciones son inmejorables también con el tirano bielorruso, Alexánder Lukashenko, así como con Kazajstán, Tayikistán y Armenia. Los cambios geopolíticos coinciden además con un afianzamiento del papel protector de Rusia hacia regímenes también totalitarios como el iraní, el sirio o el norcoreano. Se da la paradoja de que Rusia preside este año el G 8, grupo del que forman parte las siete democracias más industrializadas del mundo. Muchos expertos coinciden en señalar que la élite rusa vive aún anclada en la época de la guerra fría obsesionada por el avance de Occidente hacia sus fronteras. Un ejemplo de esa fobia puede encontrarse en la reacción que tuvo Moscú, a comienzos del pasado mes de diciembre, tras el acuerdo alcanzado entre Washington y Bucarest para el despliegue en Rumanía de cuatro bases estadounidenses. Pocos días después, en medio de la dura negociación entre Rusia y Ucrania para consensuar los precios del gas, el diario ruso Niezavísimaya Gazeta aseguraba que, durante la visita a Kiev que la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, realizó en diciembre, el presidente ucraniano, Víctor Yúshenko, prometió poner a disposición de EE. UU. dos radares, construidos por Rusia aunque instalados en suelo ucraniano, que el Ejército ruso utiliza para su sistema de alerta antimisiles. El periódico afirmaba que tal vez sólo se tratase de un globo sonda para ver la reacción del Kremlin y presionar en las conversaciones sobre el gas, pero causaron un enorme revuelo en círculos militares rusos. Putin abraza a Kim Jong Il, líder norcoreano, durante un encuentro en Vladivostok en 2002 AP Se da la paradoja de que Rusia preside este año el G 8, grupo del que forman parte las siete democracias más industrializadas tre las empresas de la industria militar de ambos países. El Kremlin teme que se vaya al garete el acuerdo con Kiev de asistencia y mantenimiento de las lanzaderas, fabricadas en Ucrania, de misiles balísticos de cabeza múltiple SS- 18. La modernización de las empresas con capital europeo y estadounidense, no sólo en Ucrania, sino también en países como Moldavia, Georgia y Azerbaiyán, por no mencionar Letonia, Estonia y Lituania, miembros de la Unión Europea desde mayo de 2004, se está haciendo en detrimento de las compañías rusas. Putin recordó hace poco la marginación que sufrió sus país en la privatización del gigante siderúrgico ucraniano Krivoirogstal Por eso, afirmó el presidente ruso al referirse a los bajos precios que antes pagaba Kiev por el gas, no vamos a seguir subsidiando los negocios de firmas extranjeras en Ucrania Tras los tres estados bálticos, Ucrania, Moldavia y Georgia han expresado su deseo de integrarse en la UE y pertenecer a la OTAN. Azerbaiyán también estudia la posibilidad de adherirse a la Alianza. En los dos últimos años, el Pentágono ha intensificado su cooperación con Tiflis y Bakú, especialmente con el envío de instructores y asesores militares. El oleoducto Bakú- Tiflis- Ceyhán, en los tramos que pasan por Azerbaiyán y Georgia, está custodiado por patrullas bajo el mando de expertos en seguridad norteamericanos. Nada de esto agrada al Kremlin, pero es algo irremediable cuyas consecuencias están ya calculadas. Putin saca músculo con la bonanza de las materias primas R. M. M. MOSCÚ. La desintegración de la URSS y la caótica época de reformas encabezada por Borís Yeltsin acabaron con el poderío de Rusia. Claramente a la defensiva, el Kremlin tuvo que capear el temporal como pudo. La férrea resistencia y las amenazas no lograron impedir la ampliación de la OTAN, a la que se incorporaron no sólo los antiguos miembros del Pacto de Varsovia, sino también tres antiguas repúblicas soviéticas (Letonia, Lituania, y Estonia) Moscú tuvo también que tragarse muchos Pulso de influencias Vadim Karasiov, director del instituto moscovita de Estrategias Globales, sostiene que si la Revolución Naranja supuso el divorcio político entre Moscú y Kiev, el acuerdo sobre los precios del gas significa la separación también en lo económico Según su opinión, se reforzará la competencia entre Rusia y Ucrania en el mercado mundial, especialmente en el terreno de la siderurgia lo que conducirá irremediablemente a la ruptura de los vínculos en- otros sapos: la ruptura por parte de Washington del Tratado Antimisiles Balísticos (ABM) para eliminar así las cortapisas que impedían la instalación del escudo contra cohetes de largo y medio alcance; la intervención aliada en Yugoslavia y la pérdida de su zona de influencia en Kósovo; y la negativa de Occidente a reestructurar su deuda externa. Tras el 11 S, el Ejército estadounidense instaló además sus bases en países del patio trasero ruso (Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán) La última oleada de incorporacio- nes a la Unión Europea desgajó definitivamente a Estonia, Letonia y Lituania de la influencia rusa. Pero ahí no acabó la cosa. Después comenzaron las revoluciones de terciopelo en el espacio de la antigua URSS, financiadas por filántropos como el norteamericano George Soros. Georgia, Ucrania y Kirguistán se sacudieron los regímenes corruptos que apoyaba el Kremlin. Hasta el año pasado, Moscú no ha dejado de sufrir revolcones. Ahora, coincidiendo con una época de bonanza por los altos precios de las materias primas que Ru- sia exporta, la situación empieza a cambiar en su favor. Estados Unidos se ha quedado sin sus bases en Uzbekistán, con cuyo régimen Moscú empieza a estrechar lazos, mientras el dictador turkmeno, Saparmurad Niyázov, parece volver al redil del Kremlin. El próximo día 22, Niyázov irá a Moscú para hacer las paces con Vladímir Putin. Rusia está además pagando su deuda externa por adelantado y cree poco probable que su zona de influencia se vuelva a ver sacudida por nuevas revoluciones naranjas