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4 Opinión SÁBADO 7 1 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Alberto Aguirre de Cárcer (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjunto al director: Ramón Pérez- Maura Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) E. Ortego (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil CRÓNICA MORTAL E llamaba Marie Sumi, tenía 26 años y fue asesinada por su compañero, un recluso que disfrutaba de un permiso penitenciario, delante de sus hijos, de tres y cinco años, en Palma de Mallorca, después de haber asistido a la cabalgata de Reyes. La joven, de nacionalidad francesa, pasa a engrosar la lista de víctimas de la violencia doméstica. Cinco mujeres muertas en cinco días conforman la estadística brutal de un problema que- -pese a la entrada en vigor de la Ley Contra la Violencia de Género- -se acentúa y alcanza ya la consideración de tragedia cotidiana. La violencia doméstica, si nos atenemos a la frialdad de las cifras, tiene la apariencia de una enfermedad social irresoluble. Pero ello nos conduciría al fatalismo, a aceptar que este rosario interminable de muertes no tiene solución. Sería un error, porque detrás de cada vida quebrada hay una historia personal que, en muchos casos, revela el fracaso de unas instituciones casi siempre a remolque de la realidad. Cierto es que frente a la violencia doméstica no hay recetas infalibles, pero las Administraciones Públicas cuentan con medios y recursos para hacer frente a una lacra que no se cura con disquisiciones teóricas, sino con eficacia y colaboración, con rigor en el análisis de cada caso concreto. Porque en muchos casos se trata de la crónica de una muerte anunciada. S UN DISCURSO IMPROCEDENTE L A Pascua Militar se vio ayer sumida en la polémica por la improcedente intervención en Sevilla del teniente general José Mena Aguado, Jefe de la Fuerza Terrestre del Ejército. El alto mando militar, con grave confusión sobre la naturaleza de sus competencias, pronunció un discurso en el que, amparándose en los supuestos sentimientos, inquietudes y preocupaciones de sus subordinados, los manifestó por expreso deseo de aquéllos y al hacerlo devolvió al estamento castrense a los años iniciales de la transición democrática, época en la que se consagró la expresión, siempre inquietante, de ruido de sables No es misión de ningún teniente general aludir a los más delicados problemas políticos- -que corresponde gestionar al Gobierno y a las instituciones representativas del sistema democrático- ni formular digresiones acerca del proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña. José Mena Aguado, sin embargo, lo hizo con profusión: acerca de cómo este proyecto afecta a la unidad de España; las disfunciones que plantea el deber de conocer los idiomas cooficiales y los graves problemas que se crearían con la aparición de poderes judiciales autonómicos El corolario de las preocupaciones del jefe de la Fuerza Terrestre ha sido el de invocar los límites infranqueables que marca la Constitución, que encomienda a las Fuerzas Armadas, en su artículo octavo, la garantía de la soberanía y la independencia de España, así como la defensa de su integridad y del orden constitucional Tanto el fondo como la oportunidad del discurso del teniente general responsable de la Fuerza Terrestre del Ejército merecen un reproche explícito: las Fuerzas Armadas están sometidas al poder civil, deben atenerse a una disciplina no sólo operativa, sino también verbal, y ajustarse en este tipo de actos a un guión por entero profesional. Cualquier desviación de estos criterios supone una injerencia en el ámbito político que hace merecedor al transgresor de una destitución inmediata, como la que en la tarde de ayer propuso el Jefe del Estado Mayor de la Defensa. Porque José Mena Aguado, a mayor abundamiento, con su extralimitación, ha situado el discurso del Rey, Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, en un segundo plano mediático. De otra parte, irrupciones inapropiadas y fuera de lugar, como las del teniente general Mena, no sólo infringen cuestiones de principio indeclinables, sino que sirven para alimentar el radicalismo victimista de los nacionalismos más extremos, como habrá oportunidad de comprobar en las próximas horas. La intervención de Mena Aguado- -que se ampara en una evanescente obligación de transmitir la opinión de sus subordinados atribuyéndose una representatividad que nadie le ha conferido- -implica una seria falla en la plena sintonía entre los mandos de las Fuerzas Armadas y la clase política y supone un muy serio revés para el ministro de Defensa, José Bono, que fue quien le nombró Jefe de la Fuerza Terrestre del Ejército en noviembre de 2004, y para el propio presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Para el primero, porque uno de sus subordinados se le encampana con un discurso improcedente el mismo día en que el protagonismo corresponde al Rey y a él mismo; para el segundo, el presidente, porque se demuestra que su gobernanza está produciendo, por errática y tantas veces incomprensible, sarpullidos y malestares impropios de los tiempos de madurez y estabilidad por los que la sociedad española quiere transitar. Por todas estas circunstancias, lo sucedido ayer en Sevilla es extremadamente grave. Un teniente general no puede pronunciarse como un líder político. La doctrina del momento, aquélla que concita el consenso y se corresponde con la competencia adecuada, es la que Don Juan Carlos sentó en su discurso en el Salón del Trono del Palacio Real: el consenso nacional en torno a la Constitución de 1978; la diversidad de los pueblos de España en la cohesión de una Nación única, España, y el impulso a una voluntad común de perseverar en un proyecto en el que lo diverso haga fuerte el conjunto. Y para que estos planteamientos se hagan realidad hay que atenerse de forma estricta a las reglas del juego democrático que la Constitución establece con meridiana claridad. Una reglas vigentes para todos. Cuando se pierde el norte- -y hay episodios que demuestran que así ha ocurrido- -surgen acontecimientos como los de Sevilla, que deben servir para, tras la oportuna corrección, provocar la siempre inteligente reflexión sobre sus causas y efectos. José Luis Rodríguez Zapatero CHEMA BARROSO EL DILEMA L final, Rodríguez Zapatero tiene la última palabra. En sus manos está afrontar la reforma laboral con determinación, como le pide el ministro de Economía, Pedo Solbes, o apostar por una solución de compromiso, un acuerdo de mínimos que le permita parchear el diálogo social. Si el Ejecutivo tiene que legislar, deberá elegir entre seguir el programa electoral del PSOE o las medidas de Trabajo. Porque si el acuerdo- acuerdito -no sirve para solucionar los problemas del mercado laboral, será el jefe del Ejecutivo quien determine si cumple su compromiso con los agentes sociales de no legislar nada que no esté sustentado en el consenso o cumplir su compromiso electoral: reducir la temporalidad y mejorar la calidad del empleo. El dilema habrá de resolverse en breve, pues a partir del lunes empieza una nueva ronda de conversaciones para tratar de desencallar algunos de los aspectos más conflictivos, como la generalización del contrato de fomento del empleo o un nuevo contrato temporal. A DESÁNIMO EN IRAK L OS últimos atentados terroristas han vuelto a esparcir la desmoralización en la opinión pública internacional sobre el futuro de Irak. Con más de doscientos muertos en menos de tres días, a lo que hay que sumar los trágicos errores de las fuerzas de ocupación, el impacto psicológico de estas acciones ha vuelto a hacer prevalecer la imagen de un país en el caos que arde por los cuatro costados. Los terroristas pretenden exactamente eso, hacer cundir la confusión y el desánimo en momentos emblemáticos dentro del proceso político de democratización. Cuando faltan pocos días para que se den a conocer los resultados de las pasadas elecciones, no es de extrañar que los que no quieren ver en Bagdad un régimen democrático- -ya sean antiguos responsables de la tiranía baasista o partidarios de la dictadura teocrática- -redoblen sus acciones criminales para intentar detener el camino de la consolidación de las nuevas instituciones y llevar a los iraquíes hacia la guerra civil. El tiempo dirá si lo han conseguido. En cualquier caso, no hay alternativa posible al mantenimiento del rumbo político actual, que pasa por el fortalecimiento de los servicios de seguridad iraquíes para favorecer la estabilidad interior y abrir las puertas a la retirada de las tropas extranjeras. El actual consejero de Seguridad Nacional iraquí ha hablado recientemente de un plazo de dos años para que los soldados y policías iraquíes sean plenamente operativos y capaces de manejar los problemas de seguridad interior, pero si antes de 24 meses se produjese una mejora significativa de la situación, los países de la coalición que mantienen tropas en este país serían los primeros interesados en retirarlas. Lo contrario sería una evidente irresponsabilidad en las actuales circunstancias. Nadie duda de la complejidad de la situación en Irak y de la dificultad que entraña cualquier política razonable. Pero, por ahora, las explosiones de los coches- bomba y la sangre de las víctimas inocentes son la imagen real pero incompleta de un país que merece un futuro de paz y estabilidad.