Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES 6 1 2006 Espectáculos 55 vez lo más divertido. Fueron los ensayos, que a la vez facilitaron que se improvisara. Mucho de lo que se ve en la pantalla es improvisado. Por ejemplo, en la primera escena de la película, cuando empieza a hablar el instructor, hay quince líneas de diálogo improvisadas. Me aventuraría a decir que en cada escena hay unas cuatro líneas de diálogo que no estaban en el guión. Pero creo que es debido a que ensayamos tanto que luego todo salía fluido. Es como los músicos de jazz. Sabes el ritmo de la escena y puedes permitirte el lujo de improvisar sin es Ésta no es tropearlo. Los ensauna película yos son fundamentales para entender tu sobre el personaje y ser capaz combate, de ir a todo gas cuansino más la do las cámaras empieobservación zan a rodar. ¿Hay conexión ende lo que tre sexo y guerra? pasa- -Ésta es una pregundespués ta que yo no sé responder. Me supera. Creo que Tony y Bill, los guionistas, están más capacitados para responder, porque ellos han estado en la guerra. Yo sólo he hecho una película sobre la guerra, que es bastante diferente. Es el punto de vista de alquien que está fuera y mira adentro. Y, desde esa posición, no se puede hablar con propiedad sobre el clímax y su relación con el hecho de matar. Sobre eso hay gente que ha hablado mucho mejor de lo que yo podría hacerlo. Ésa es una asociación de ideas muy masculina, y creo que usamos bastante el concepto del coitus interruptus en la película. El espectador piensa que algo va a ocurrir, pero finalmente no sucede. El último ejemplo está al final de la película, cuando el protagonista piensa que le van a matar y no es así; en ese momento cree que se va a volver loco. En su libro, Anthony Swofford llega a decir que las películas de guerra tienen mucho de sueño erótico de los marines. En el libro sí hay una analogía más directa entre la guerra y el sexo. EN BREVE Jarhead es el mote que se han puesto a sí mismos los marines. Basada en el relato de uno de ellos, la película cuenta la historia de un reenganchado de tercera generación, el propio autor (Anthony Swoff, a quien encarna Jake Gyllenhaal) desde que se adiestra en un campo de entrenamiento hasta que entra en servicio activo. El protagonista, con un rifle de francotirador y una mochila de cincuenta kilos a la espalda, se interna por los desiertos de Oriente Medio sin protección alguna contra el calor, intolerable, ni contra los soldados iraquíes, que siempre pueden asomar detrás de la siguiente colina en el horizonte. Anthony Swofford tenía veinte años en 1990, cuando llegó a Arabia Saudí para luchar en la primera guerra del Golfo. En 2003 publicó su libro Jarhead que pronto se convirtió en un éxito, y que se mantuvo durante nueve semanas en la lista de bestsellers del New York Times La crítica llegó a calificarla de auténtico clásico Como la mayoría de los buenos y grandes marines- -escribió Swofford- odiaba el Cuerpo. Odiaba ser marine, porque por encima de todo lo que quería ser y estar- -inteligente, famoso, seductor, sexy, bebido, amado, colocado, solitario, famoso, inteligente, comprendido, amado, perdonado, más bebido, colocado, inteligente y todavía más amado- por encima de todo eso quería ser un buen marine, un auténtico jarhead Cuando leí la novela, lo que más me conmovió- -dijo Sam Mendes- -fue que daba una visión de la guerra de alguien muy específico: un joven que intentaba descubrir quién era Jarhead Marionetas en una guerra invisible EE. UU. 123 minutos. Director: Sam Mendes Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Peter Sarsgaard, Lucas Black JOSÉ MANUEL CUÉLLAR A Mendes le gustan estas cosas, meter sal en la herida y azuzar con la lanza donde más duele. En este caso ha hundido las manos en un relato biográfico de un soldado de la guerra del Golfo, Anthony Swofford, que el chico se fue para casa viviendo la guerra sin vivirla y sin disparar un solo tiro a nadie. En esa frustración de no poder matar a nadie (menuda idea de tarados) Mendes aprovecha para ridiculizar el lance hasta extremos dramáticos y salvajes: están allí y ni ven al enemigo, sus labores en un cuerpo de elite como son los francotiradores son las de limpiar letrinas, emborracharse, despejar el desierto de petróleo quemado e ir hundiéndose poco a poco en sus propias miserias por no poder entrar en combate. El relato tiene homenajes demasiado evidentes (a La Chaqueta Metálica y a Apocalypse Now y una propuesta inacabada, pero tiene pun- Sam Mendes, con un grupo de actores durante un momento del rodaje de Jarhead tos fuertes donde agarrarse. La fotografía, bellísima y agotadora, es una, y la interpretación es otra. Está el chico de moda en Hollywood, Jake Gyllenhaal, que da la talla como los buenos, pero aun así no logra alcanzar a Sarsgaard, al que ya se le veía venir en un papelón de éstos. Si Gyllenhaal exhibe esa famosa mirada melancólica que le ha dado fama, su oponente le supera con ese aire de descuartizador sexual en potencia, con esos ojos de sapo arrugado, capaz de convertir cada escena en un infierno amenazante y devastador. Mendes logra lo que quiere: confirmar la idea de que los que están allí son marionetas de los trust financieros que los manejan en busca del petróleo y, sobre todo, que las guerras ya no son lo que eran, que el sargento Gorila se fue hace tiempo y que las máquinas, efectivamente, nos van a comer por los pies. Ni tiradores de elite, ni marines, ni grandotes de dos metros que te peguen un cabezazo y te saquen los ojos por la nuca. Ya nada de eso vale en unas guerras tecnológicas, con aviones por doquier y donde sólo se ve al enemigo cuando está más churruscado que un becario en prácticas. Es por ahí donde el director británico hace más sangre, con los grandes soldados del mundo ¡Hooah! llorando como niños, porque los bombarderos les han quitado el caramelo de poder matar a uno, aunque sólo sea a uno de sus enemigos. A eso hemos llegado, quiere decir Mendes, a la depresión por no poder matar a alguien, da igual quien sea. La historia elige el lado de los que no entran en combate para masacrar a la misma guerra en sí. Sol, tueste y apatía, llega a decir uno de los altos mandos a los francotiradores, porque viven en una guerra invisible. Pero, aunque es un truco en sí elegir el lado de los que no combaten, también es cierto que el valor de la cinta es la realidad misma de los que han vivido la contienda a ras de suelo, no la que cuentan aquí y allá, con micros y alcachofas, sino a puro grano de desierto. Así consigue Mendes que el relato se te atragante como un puñado de arena, con tomas desde la misma altura del soldado, que es una mira simple, llana y corta, tristemente corta.