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ABC MIÉRCOLES 4 1 2006 Opinión 7 ciones sobre el franquismo contribuyen a reforzar sus señas de identidad ideológicas, especialmente en un contexto en el que la competencia democrática resta valor a los perfiles políticos frente a los gestores. Y cuarto, el regreso del pasado puede contribuir poderosamente a dividir a los conservadores, entre los que sigue habiendo importantes fracturas y complejos mal superados. Pero, siendo todo lo anterior importante, la actualidad del pasado en el discurso político de la izquierda remite a un factor de mayor calado, el mismo que explica lo poco que parece importar al PSOE desmarcarse de posiciones de centro y gobernar apoyado en partidos de dudosa lealtad constitucional. La clave reside en el hueco que dejó en la izquierda española el abandono de las que habían sido sus referencias ideológicas clásicas, y en especial lo que el marxismo y el lenguaje de la revolución habían significado para la historia del PSOE. ¿Hizo este partido su propia transición a la democracia? En términos formales sí; pero conviene recordar, ahora que a algunos líderes socialistasles gusta identificar al PP con Gonzalo Fernández de la Mora, que no hubo una renovación de ideas duradera y bien discutida. Tampoco es que lo creyeran necesario, la verdad, dado que nunca han puesto en duda las credenciales democráticas de su actividad política en el siglo XX. LA ESPUMA DE LOS DÍAS LA QUIEBRA DEL ARCHIVO D El pasado, por tanto, es un poderoso ingrediente de relleno que oculta una pérdida de identidad ideológica. Y si el centro- derecha no sólo es capaz de ganar unas elecciones por mayoría absoluta, sino que además demuestra su eficacia en la gestión, como ocurrió tras el año 2000, qué mejor defensa que un buen ataque con las armas simbólicas que mejor movilizan y sensibilizan a gran parte de los votantes de la izquierda: la memoria histórica del antifascismo. Si ahora resulta que también los nacionalistas fueron víctimas de honor de la dictadura, que no hubo verdadera guerra civil enCataluña y que nadie más que ellos contribuyeron a recuperar la democracia en España, nada mejor queponerse manos a la obra. Veremos cómo se las apañan los sabios que gusta nombrar el Gobierno- -alguna idea podemos hacernos por lo resuelto en el caso del Archivo- -para encontrar el justo medio en el que hacer una política que recupere la dignidad de las víctimas (no sabemos si de todas) Mientras, habrán conseguido al menos que una parte importante del electorado vea en el PP un adversario ilegítimo. Habrá que entenderlo, me temo, como una nueva contribución de la izquierda a la estabilidad y calidad de la democracia. ÁNGEL CÓRDOBA cia tiene, sin embargo, que el discurso de algunos de los principales líderes del PSOE, y en varias ocasiones del propio presidente del Gobierno haya contado con significativas referencias al pasado, y en concreto al franquismo. Hay al menos cuatro razones que pueden explicar esa obsesión por el pasado. La primera, bastante evidente, es que distrae a los ciudadanos de las cuestiones capitales del presente. La segunda tiene que ver con el arraigado convencimiento de la izquierda española de que su comportamiento siempre ha sido intachable en la defensa de las libertades, y que, por tanto, hablando del pasado dictatorial, sólo la derecha puede salir perjudicada. Tercero, puesto que no han pasado tantos años desde que acabó la dictadura, en una parte muy importante del electorado de izquierdas las considera- PALABRAS CRUZADAS ¿Debe España adoptar horarios de trabajo más europeos? LA OTRA CARA DE LA SIESTA SOCIEDAD DE PLASTILINA H ACE unos días el Financial Times nos sorprendía a los españoles con un titular en primera sobre la supresión de la siesta en España. Justo la misma semana en la que entrábamos en una fase esencial del Estatuto catalán, a este diario le parecía que nuestra novedad más interesante era ese tópico de hace décadas. El motivo era el cambio de los horarios de la Administración decidido por el Gobierno que reducirá el tiempo de la comida para adelantar el final de la jornada laboral. Tendríamos que contar a los británicos que los españoles ya no echamos siestas, que a esa hora estamos demasiado ocupados, en el súper, en una coEDURNE mida de trabajo o haciendo gestiones URIARTE domésticas. Y también que esa nueva vida moderna tan semejante a la de nuestros vecinos del norte se concilia muy mal con las viejas querencias por la larga ceremonia de la comida o por horarios de trabajo propios de las familias en las que sólo uno trabajaba fuera del hogar. Un cambio de horarios como el de la Administración podría aligerarnos un poco el estrés de esas jornadas donde ya no hay siestas. Y, además, mejorará probablemente la productividad. Es una buena idea que la empresa privada debería extender. C ON el fracaso del socialismo real (del virtual, todavía disfrutamos) al intervencionismo económico le ha sucedido el social. No se trata de regular la economía, sino de legislar sobre las costumbres. Un mínimo apego a la libertad debe conducir a oponerse, en principio, a toda propuesta que empiece así: El Gobierno pone fin a la costumbre de... Aunque sea, como en este caso, la de prolongar la jornada laboral con el fin de adoptar horarios semejantes a los vigentes en Europa. El pretexto ha sido la entrada en vigor del Plan Concilia. Ahora, se trata de reducir el descanso para el almuerzo a cambio de no prolongar la jornaI. SÁNCHEZ da, salvo excepciones, más allá de las CÁMARA seis de la tarde. En materia de horarios, lo mejor es la flexibilidad, la libertad, la organización y el aprovechamiento del tiempo. ¿No es la mejor regulación, en este caso, la falta de regulación, y la conciliación de las circunstancias de cada unidad o sección con las preferencias y necesidades de los trabajadores? No es el Gobierno quien debe poner comienzo ni fin a las costumbres. Ni entrometerse en ellas. Vamos hacia un socialismo total, que trata a los ciudadanos como a moldeables muñecos de plastilina. ¿Y usted qué opina? Déjenos su mensaje o su voto en la página web www. abc. es eldebate ESDE el punto de vista simbólico, lo peor está por llegar. Las palabras son sólo palabras, incluso cuando se publican en el Boletín Oficial. Las imágenes, en cambio, transmiten emociones incontroladas. Los papeles tienen que salir físicamente del Archivo. Les espera en destino una escena de corte revanchista, que Maragall no quiere ahorrar a Rodríguez Zapatero. Acaso no puede. No es el Estatuto, ni la OPA, ni la definición nacional. Sin embargo, el PSOE va a pagar un alto coste, entre el desprecio de unos y la indignación de muchos, sin obtener rédito alguno. Pésima estrategia. Nacionalistas de todos los partidos se atribuyen el éxito y no BENIGNO dejan al Gobierno ni siPENDÁS quiera disfrutar de las migajas. No le van a dar ni las gracias. En Salamanca, donde la gente sale de nuevo a la calle, cunde la sensación de ofensa gratuita a sentimientos muy arraigados. También en otros muchos lugares de España. El coste político va a ser inmenso. Cada uno sabe cuánto está dispuesto a pagar y a cambio de qué. Pero no es fácil de entender, sobre todo cuando dobla el cabo de la legislatura y se intuyen en el horizonte presagios negativos. Felipe González siempre se resistió. El Gobierno popular supo nadar y guardar la ropa en su primera legislatura ante las presiones sin disimulo de sus aliados de CiU. En pura teoría democrática, nunca debe prosperar una decisión que provoca la discordia social y quiebra la integración territorial. El principio de unidad de los archivos es la piedra angular de las declaraciones internacionales y las pautas que rigen la gestión cultural exigen que se preserve la configuración actual de las instituciones. El informe de los expertos era un puro ejercicio de voluntarismo al servicio de una opción predeterminada. El trámite parlamentario sólo sirvió para escenificar un nuevo capítulo del todos contra uno El Archivo de la Guerra Civil no es el archivo de Salamanca, sino un Archivo de todos los españoles con sede en esa ciudad de larga y fecunda tradición cultural. Abierta la veda, nadie podrá impedir la disgregación de los documentos y, con ella, de una parte sustancial de nuestra memoria colectiva. El artículo 46 de la Constitución puede convertirse en pura retórica. Se exige en tono imperioso a las autoridades salmantinas que no pongan obstáculos al cumplimiento de la ley. Mientras tanto, ciertos sectores ponen toda suerte de trabas en Cataluña a la ejecución de una sentencia firme sobre los bienes de la franja dictada por la institución eclesiástica competente. Ni siquiera es doble moral: se llama egoísmo insolidario. Por no hablar de otros ejemplos, que citaba el otro día Juan Manuel de Prada, cargado de razón. Alegría para unos, ofensa para otros. Pésima solución. Aunque tal vez el Tribunal Constitucional podría...