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ABC MIÉRCOLES 4 1 2006 Opinión 5 MEDITACIONES DECÍAMOS AYER N O, mire, yo he venido aquí en calidad de ministro y no de salmantino. Otra pregunta Y siguió hablando de las cifras del empleo. Desde hace un tiempo- -exactamente desde que accedió al Gobierno- -si a Jesús Caldera se le cita el asunto del Archivo de la Guerra Civil se pone muy nervioso y la salmantinidad le dura lo que la caducidad de un yogur. Cualquiera diría que se trata del número uno de la lista del PSOE por Salamanca. A lo mejor en las próximas eleciones alguien (quizás miles de votantes) se aferre al decíamos ayer que Fray Luis de León institucionalizó en la ciudad del Tormes y le recuerden a Caldera que la calidad de salmatino no se pierde porque le hagan a uno ministro. Porque a lo mejor no le hacen a uno diputado. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR MENOS UTOPÍA Y MÁS LIBERTAD DE JUAN ANTONIO RIVERA Tusquets Barcelona, 2005 418 páginas 19 euros EN EL FUMADERO DE OPIO O había visto en alguna película americana de cunfú, de chinos malos con cara de VidalQuadras o de Otegui que dan patadas en la boca. Pero nunca había tenido la oportunidad de estar en un fumadero de opio. Ayer tarde estuve. Si no de opio, de Winston y Ducados, que tiene más morbo. Y no en Hong Kong, sino en Sevilla. Y no en una barriada marginal, sino en el Cortinglés de Nervión. ¿No organiza Isidoro Álvarez las promociones de la India o la China en el Cortinglés? Pues en una aplicación estricta y más adelantada que nadie de la Ley Antitabaco, ha puesto en sus cafeterías los fumaderos de opio, perdón, de Ducados y de Winston. Del salón de la cafetería en un ángulo oscuro, de las personas sanitariamente correctas por unas mamparas separados, están los apestados, los viciosos, los peligrosos sociales, los pecadores: ¡los fumadores ANTONIO empedernidos! Entre volutas de huBURGOS mo. Me recuerdan a los condenados que en pelotas vivas se queman entre las candelas del Purgatorio en los barrocos retablos de ánimas. Con una diferencia: los pecadores del Purgatorio pueden alcanzar el Cielo si hoy se saca ánima, pero los fumadores compulsivos de la cafetería del Cortinglés están cociéndose en sus propias candelas sin la menor esperanza de que puedan recobrar la libertad de humo. Aquí de un día a otro este Gobierno tan progresista aprobará la barra libre para la eutanasia. Ya ven la que liaron con el Mar adentro de un suicida indeseable. Eso es lo progresista: la eutanasia de golpe. Pero no se concede la menor libertad para la eutanasia en cómodos plazos mensuales. Esto de irse matando poquito a poco con el delicioso cigarrito. ¡Hala, al cuarto de las ratas, so fumador, que te vas a matar, y gloria y loor a la eutanasia y al aborto! L Cómo dejar de ser un progre Con este provocador título arranca un ensayo indiscretamente liberal. Un libro heterodoxo, irreverente en términos políticamente correctos, casi apóstata, en el que Juan Antonio Rivera plantea una reflexión intensa a favor de la libertad y la sociedad abierta. Con ánimo impetuoso y escritura mordiente, nuestro autor no deja títere con cabeza. Para ello despliega una estrategia en la que combina tácticas diversas que tratan de mantener el torso de la sociedad civil desprovisto de aditivos y espesantes que la asfixien política y moralmente. Con la ferocidad de quien quiere dar una batalla a favor de un liberalismo que no incurra en beaterías de ningún tipo, especialmente de índole economicista, Rivera dirige sus dardos más incisivos contra el republicanismo, el multiculturalismo y, sobre todo, el nacionalismo. De este modo, el autor nos ofrece un libro sorprendente y desbordante. No sólo por el tono de frescura que arrastra consigo sino porque reivindica con energía inusitada una política que priorice esa libertad- -lato senso- -que a veces olvidan los mismos liberales: Al menos los que están obsesionados por saber si son derechas o de izquierdas, cuando esta cuestión, con ser importante, es secundaria JOSÉ MARÍA LASSALLE Por el encanto de lo prohibido, el fumadero está de bote en bote. Hay cola para poder coger mesa en la carena de los galeotes del cigarrito. Me tengo que sentar fuera, en el dictatorial territorio llamado libre de humos ¿Libre de qué? Le pido al metre un café y unos calentitos. Le comento lo cortos que se han quedado con el 30 por ciento para fumadero de opio. Se mosquea. Es un agente de la modernidad. Como los antiguos predicadores querían salvar tu alma por cojones, los inquisidores del tabaco pretenden cuidar tus pulmones negando tu libertad, ¿no hemos quedado que cada cual es dueño de su cuerpo? Y me dice el metre, señalando el fumadero: -Eso tendrán que prohibirlo también, ahí dentro no se puede entrar con tanto humo... Donde no se puede estar es aquí fuera, en el área libre de humos, con tan poca libertad. Y con tanta hipocresía. Si yo ahora saco mi petaca de cocaína y extiendo la raya sobre la mesa, pero no una raya cualquiera, sino la raya de Portugal, y me pego el chute del siglo, nadie me dirá nada. Me puedo poner de cocaína hasta las trancas. Con lo nocivo que es eso para el cuerpo y para el alma, nadie me mandará a esnifarme a la puta calle. Pero, ay, de mí como ose encender un cigarrito. Seguro que llegan los antidisturbios y me llevan al penal del Puerto. Y en cuanto a la hipocresía social y política del alcohol, ni te cuento. Tengo el coche abajo en el aparcamiento. He de volver a casa conduciendo. Si yo ahora le pido al metre que me ponga un güisqui doble, y luego otro, y otro, y otro, y salgo de aquí hasta la corcha, medio ciego, dando camballadas y cantando Asturias, patria querida nadie me dirá nada. Podré coger el coche completamente borracho. Mataré por el camino a cuatro o cinco criaturas. Eso sí, sin que ninguna de ellas sufra en sus pulmones el perseguido humo de esta estrellita de libertad en que se ha convertido la lumbre de mi cigarro.