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ABC MARTES 3 1 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC NAPOLEÓN Y LA NUEVA FRANCIA POR RICARDO GARCÍA CÁRCEL CATEDRÁTICO DE HISTORIA MODERNA. UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA No solo la historia nacional española ha tenido cadáveres escondidos en sus armarios, como cierta tendencia al masoquismo victimista nos puede hacer pensar. También la autosatisfecha Francia. Nadie tiene la garantía del no sonrojo histórico... F RANCIA vive una polémica, hoy, en torno a la significación histórica de Napoleón. En pleno bicentenario de la aplastante victoria napeolónica de Austerlitz sobre los austríacos, Francia perece atenazada entre su tradicional napoleomanía y los complejos políticos actuales que hacen de Bonaparte un personaje políticamente incorrecto en la Francia presente. La fascinación nacional francesa por uno de los referentes míticos de su historia sigue vigente y ha generado multitud de exposiciones en el Louvre, en el Museo de l Armée, el Jacquomart- André, en la Malmaison, en Fontainebleau, en la Biblioteca Paul Marmottan... Un frenesí de representaciones del Napoleón- emperador, el genio que, tras Luis XIV, ha sido el que más y mejor ha alimentado la narcisista conciencia francesa de la grandeur tantas veces puesta de manifiesto. La pasión por Napoleón arranca de la propia capacidad de Bonaparte para fabricar su imagen. Con sus asesores mediáticos como Vivant Denon que puso a su servicio pintores como David o Gros o escultores como Canova, Napoleón supo vender su figura como nadie, generando un sinfín de adhesiones e identificaciones serviles y preocupándose seriamente por lo que la historia diría de él, lo que se constata en la estela memorialística generada con ayuda de su fiel Las Cases. El mito Bonaparte se prolonga más allá de su muerte en 1821 y ha suscitado infinidad de testimonios hagiográficos (Laplace, Goethe, Beethoven, Manzoni, Sthendal... y gran cantidad de biografías de exaltación de su virtudes desde Thiers a Gallo pasando por Sorel y Malraux por citar obras bien conocidas. grafía de Napoleón de Ribbe no tendría en sí misma mayor trascendencia. El personaje histórico de Napoleón ha sido siempre polémico, no solo ya entre los que, en su momento, fueron víctimas de su proyección imperialista, sino entre los propios franceses. Ya en 1814 Pichon y Salgues lo retrataron como un individuo devorado por la ambición y cubierto por la sangre de sus conciudadanos Godin lo comparó con el mismísimo Nerón. Después de su muerte la restauración borbónica lanzó sobre él múltiples acusaciones de tiranía y despotismo arrasador de pueblos (Víctor Hugo, Proudhon, Taine, Quinet... se le reprochó su presunta condición judía (Michelet) y hasta su presunta incompetencia militar (Sarrazin) La comparación con Hitler ya la había insinuado el holandés Geyl en su libro Napoleon for and Against. Geyl, liberado del campo de Buchenwald, donde pasó varios años de internamiento, escribió su libro en 1944 bajo la sombra de la experiencia sufrida ante los nazis. Los centenarios siempre han sido propicios a los debates desmitificadores. En 1969, bicentenario del Emperador, Marcel Normand se destapó con el provocador libro Il faut fusiller Napoleon y en el año 2002, preparando el centenario de su coronación, Serge Cosseron se descolgó con un delatador Les mensonges de Napoleon y Roger Caratini con un no menos acusador Napoleon, une imposture. Dame en recuerdo de Napoléon. ¿Cómo interpretarlo? ¿Napoleón hoy es un referente políticamente incorrecto? La ambivalencia de Napoleón ha sido y sigue siendo hoy bien patente. El Napoleón tirano y déspota conquistador tiene su contrapunto en el Napoleón posibilista que convierte en física ciudadana la metafísica de los grandes principios de la Revolución Burguesa. Su figura tiene tantos perfiles que se puede convertir en cantera de improperios, registrando las voces de las víctimas de sus sueños imperiales, pero también en vivero de glosas, no ya hacia su épica militar sino hacia su condición de insaciable legislador que cambió las reglas de juego sustituyendo en la práctica el Antiguo Régimen por el Nuevo. También es ambivalente el significado de la Revolución Francesa ¿qué habría que priorizar: la Declaración de Derechos o el terror robespieriano? y su centenario no provocó los complejos inhibicionistas franceses. El debate suscitado por Tocqueville respecto a si la revolución era el precipitado final de las Luces o justamente su fracaso, se ha replanteado muchas veces pero nunca había suscitado tantos problemas de mala conciencia histórica en Francia. ¿Crisis del nacionalismo francés en los últimos años? Sin duda, el fenómeno mediático Ribbe no se explica sin la experiencia reciente francesa de las turbulentas noches vividas en los banlieu urbanos. Pero Bonaparte ha sido y continúa siendo un personaje polémico. Su figura hoy en Francia está siendo absolutamente dinamitada por el libro que acaba de editarse titulado Le crime de Napoleón (ed. Privé) escrito por Claude Ribbe, un historiador amateur, nacido en Guadalupe, la antigua colonia francesa, líder del colectivo de Antillanos, Guyanenses y Reunionenses, que había ya publicado una biografía del general Dumas, padre del escritor, y una novela. Ribbe denuncia a Bonaparte como el primer dictador racista de la historia precedente de Hitler, en tanto que pionero en el uso de métodos genocidas. Reinstaurador de la esclavitud en 1802 en las colonias francesas, prohibiría un año después los matrimonios mixtos en Francia y sus métodos para la destrucción de la población negra de Haití prefigurarían, según Ribbe, ciento cuarenta años antes el exterminio industrial de los judíos. Ribbe polemizó con Max Gallo en un programa de televisión hace un año en torno a si el establecimiento de la esclavitud era o no un crimen contra la humanidad. El tal Ribbe ha aparecido también en la película de Luc Laventure Noires Memoires que se hace eco de la historia de la esclavitud. Un tipo evidentemente mediático que se convierte en objeto de interés para la clase política. El primer ministro, Dominique de Villepin, un admirador, por cierto, de Napoleón, y analista del último Bonaparte en su estudio sobre los últimos cien días del emperador derrotado, acaba de nombrar a Ribbe miembro de la Comisión Nacional Consultiva de los Derechos del Hombre. La bio- Por lo tanto que el antillano Ribbe haya lanzado su artillería dialéctica ahora contra Napoléon vinculándolo a Hitler, no me sorprende excesivamente. Unir dos mitos al precio de un libro. El oportunismo mediático es obvio. Lo que, en cambio, sí que me sorprende son algunas inhibiciones oficialistas francesas en el centenario de la proclamación del Imperio o de Austerlitz. Ha habido exposiciones, como he dicho, pero con una frialdad que contrasta con la celebración del centenario de la Revolución Francesa. Chirac se ha desmarcado y hasta la Iglesia francesa a través del arzobispo de París, monseñor Lustiger, se ha distanciado de algún concierto en Nôtre La violencia desatada ha puesto en evidencia que la nueva Francia multicultural no tiene en su memoria los referentes de la historia nacional francesa o si los tiene los carga de valores contrapuestos. La integración de los valores de aquella Revolución Francesa de 1789 y de su albacea testamentario Napoleón, bajo cuyo supuesto ha vivido Francia durante dos siglos, parece quedar cuestionada. Un historiador mediocre como Ribbe se erige en representación de una población immigrante francesa que se atreve a levantar las alfombras de la historia oficial y constatar las contradicciones del discurso ilustrado liberal. El debate historiográfico francés contemplado desde España nos conduce a la conclusión de que no solo la historia nacional española ha tenido cadáveres escondidos en sus armarios, como cierta tendencia al masoquismo victimista nos puede hacer pensar. También la autosatisfecha Francia. Nadie tiene la garantía del no sonrojo histórico a la hora de valorar sus glorias nacionales. Es, por otra parte, significativo que el pensamiento liberal en nuestro país haya crecido históricamente con la nostalgia de aquella España afrancesada que no pudo ser por la guerra de la Independencia y que supuestamente tenía que haber sido nuestra alternativa de progreso. Napoleón, a lo que parece, no merecía ser redentor de nadie. Más allá del presunto racismo bonapartista, homologable al de los grandes ilustrados liberales tan antisemitas como antiindigenistas, el debate sobre Bonaparte nos debería obligar a replantearnos cuestiones más trascendentes como los costes de la modernidad, el peligro de los salvadores que aportan la gran solución la exportablidad de la revolución, la dualidad liberal y opresora, al mismo tiempo de los nacionalismos... Pero esa es ya otra historia.