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64 LUNES 2 1 2006 ABC FIRMAS EN ABC JOAQUÍN ALBAICÍN ESCRITOR EL TERRENO QUE SE PISA Ser consciente del terreno que se holla requiere, en fin, un grado de atención... ¡inaudito! terrestres cómplices de la Lihory. Alcanzar Callao y mirar hacia Jacometrezo con la certeza de que a la sombra de sus acacias abrían sus puertas las librerías de lance por cuyas mesas rebuscaba González Ruano y la casa de huéspedes donde pernoctaba y daba caladas de caldo de gallina Diego Abad de Santillán, el hoy olvidado líder anarcosindicalista... Bajar por la calle del Carmen y recordar al Tigre de Guanajuato, que en tan céntrico pasaje alquilara sus aposentos. Desembocar en Sol y ser consciente de que, si tira uno hacia la derecha, se encontrará en Arrieta con la morada de Joselito El Gallo; de escoger Alcalá, le saludarán el Casino donde jugaba al billar cada tarde Domingo Ortega y una Nebraska que ayer se llamaba Lyon D Or; C ONVIENE no descuidar el conocimiento del terreno que se pisa. Es importante salir del portal de casa y saber que a pocos pasos, por la calle de Altamirano, subió José Antonio Primo de Rivera en persecución de los anarquistas que acababan de tirotear su coche. Y, de volver uno los ojos hacia la Puerta de Hierro, no dudar de que allí rodó Lean la Siberia de Zhivago y se disparó el naranjero que pasaportó a Durruti al Ritz herido de muerte. Tener claro que enfrente vivió Perico Chicote y si- gue en pie la casa de la Baronesa Ruiz de Lihory, célebre estrella de la España tenebrista y portada de El Caso en varias ocasiones. Que los muros del Templo de Debod fueron un día los del Cuartel de la Montaña evocado en sus novelas por Emilio Romero y Foxá. Avistar la Plaza de los Cubos y recordar que en uno de sus apartamentos con vistas pasó antaño consulta de videncia el Marqués de Araciel. Reflejarse en las giratorias del Hotel Emperador al tanto de que, entre sus huéspedes, se contaron los dos extra- FRANCESCO DE NIGRIS ESCRITOR ENFIN, JE VAIS SAVOIR... M E citaba Julián Marías esta frase de un soldado a punto de salir de la trinchera, anunciándosele la muerte. Don Julián había tenido infinitas lecturas en francés, en alemán, en inglés; lenguas desde las que pudo vivir y pensar así como conferenciar, para la delicia de quienes podían escuchar una filosofía repensada ya en su propio idioma y por su mismo autor. Largas horas de lecturas en griego antiguo y profunda amistad con el latín, la lengua predilecta de su mujer Lolita. ¡El latín, que lengua interesante! las declinaciones ahorran muchas preposiciones y le dan esa cosa de concisión y solemnidad Julián Marías lo absorbía todo, vivía pendiente del sentido que cobraban las cosas al aparecérsele, no intentaba cambiárselo sino profundizar en el, y por esto estaba por encima de cualquier moda, de cualquier ideología, era superior a todo esto, pero nunca su superioridad ha dado pie a la vanidad, sino más bien a la misericordia, donando su realidad con pudor y generosidad a quienes tuvieran suficiente humildad como para nutrirse de ella. No había diferencia entre teoría y práctica en su vida; la vida es la misma realidad haciéndose, es la verdadera razón con la que se da o manifiesta la realidad. Y cada vida es única pero se nutre de otras vidas; al ayudar al prójimo uno se hace automáticamente quien lo ayuda, aumentando el patrimonio de bondad de su vida, su belleza. Para un joven estudiante de filosofía estar cerca de Julián Marías, habitar su vida, era como para un pez nadar de repente desde un acuario en un océano. Tenía un conocimiento abrumador, orientaba con pocas palabras los hilos de una conversación hacia horizontes lejanos, esperándote allí y animándote a que siguieras solo, es decir, con él pero desde ti mismo. No obstante la diferencia de edad, su capacidad de trasmigrar espontáneamente de una generación a otra era sorprendente; le permitía comprenderlo todo y en profundidad. Con él me sentía realmente acompañado y tenía una vivencia de verdadera libertad, porque hablarle era a la vez hablarme, hablar a mi propia intimidad, y entendía, poco a poco, lo que significaba soledades compartidas Iba teniendo con él tantas vivencias que rellenaban tantos conceptos de su obra que todavía no tenía del todo claros, y que ahora, al nutrirme de su vida, de su razón, podía comprender. Creo que a muchísimas personas, sobre todo jóvenes, le cuesta creer que haya y haya habido personas realmente extraordinarias. Al serle evidente que es difícil o imposible vivir pendiente de las posibilidades morales de cada situación, la mayoría desconfía de que alguien pueda hacerlo. Uno piensa que se está engañando o que es poco realista si cree que alguien ha vivido de su vocación, con un sentido alto de su vida, con la pretensión de responder a la vocación moral que le llama sin que nadie, excepto Dios, lo sepa del todo, al ser Él- -decía don Julián- quien lleva la cuenta Y si uno no proyecta su excelencia, no la imagina, finalmente desconfía de que es una posibilidad real concreta de la vida, y piensa que nadie tiene el derecho a ser tan presumido como para buscarla, instalándose en la cómoda vivencia de que la mediocridad del prójimo justifica la propia, se solidariza con ella. Al conocer la obra de Julián Marías y finalmente a su persona, entendí, admirado, que personas así son posibles, que lo humano admite sorprendentes grados de perfección y refinamiento, y que había como don Julián decía, que atreverse a ser Pero esto que acabo de decir nos tiene que hacer pensar en algo más grave, en la capacidad concreta que tiene una sociedad de contemplar y comprender la realidad de sus figuras excelentes. Marías, así como Ortega, es una realidad compleja, con muchas dimensiones cuya coherencia remite casi siempre a su metafísica, a un sentido último de la realidad que es a la vez el principio desde que se organiza la sistematicidad de su vida. Si no se comprende a Julián Marías desde dentro, desde este principio, sino desde fuera, penetrando con una idea de quien a cada uno le gustaría que él fuera, se pierde la perspectiva, se malinterpreta sus dimensiones. Sólo si emprendemos esta tarea sin egoísmo, con auténtico interés para comprender y amar al otro, todo posible y humano error es justificable. No hay que caer en la tentación de vivir la excelencia ajena como un peligro o un ataque, sino como esperanza y don, porque cada uno descubre la propia cuanto más auténticamente vive al prójimo. Estoy seguro de que si cada uno intenta iluminar desde las irreductibles posibilidades de su vida a esta realidad que es Julián Marías, a la vez hará luz sobre la propia, sobre su peculiar excelencia. Julián Marías es y se hace real en las infinitas formas con las que cada uno se realice con él; y él, seguramente, será todavía más real en esta otra vida en la que contaba poder saber, finalmente, muchas más cosas, haciéndole más de una pregunta a Aristóteles, conociendo a Cervantes, volviendo a dar largos paseos filosóficos con Ortega, como dos tigres de la dialéctica, como éste le decía; y, finalmente, reencontrándose auténticamente con Lolita, al haberla tenido presente hasta el final en todos sus proyectos. y, de optar por la izquierda, habrá de flanquear el solar del mítico Café de la Montaña bajo cuyo techo Valle- Inclán perdió el brazo y se fraguó el asesinato de Calvo Sotelo, a dos pasos de donde cayó abatido Canalejas y estuvo Pombo, todo ello antes de encarar la fachada del Hotel Asturias, del que salieran Sánchez Mejías y su cuadrilla camino de Talavera. Llevar asumido que, de seguir por la Carrera de San Jerónimo, se pasará ante la torrijería sobre la que relucieran los balcones de la Pensión México, punto de reunión en sus primeras campañas españolas de la gran generación de toreros aztecas formada por Armillita, Carnicerito, Silverio, El Soldado o Luciano Contreras, y, de enfilar por Echegaray, la calle de la piel de lobo, los adoquines nos hablarán de Rafael El Gallo, Clarito y Los Gabrieles, el colmao donde celebró Gitanillo de Triana su boda con la hija de Pastora Imperio y que acaban de cerrar a mi amigo Ramiro. Entrar a tomar una copa en Burladero y brindar con conocimiento de causa y con Baudi a la eterna salud de Magritas, garapuyero de todos los grandes, que lo fundara hará cosa de noventa años como Colmao Sevilla. Picar un aperitivo en El Callejón con Furu, salir a la Plaza de Santa Ana y dirigir una mirada al edificio de la Alemana, donde residiera Luis Miguel y modela hoy sus esculturas Puente Jerez. Encontrarse en Olmo esquina a Olivar, ante el luminoso de Candela, y saber que allí vivió y pasó fatigas Estampío y que en su cueva cantaron Camarón e Indio Gitano en un tiempo que ya no es reciente ni lejano, sino mítico y sin fecha. Tirar por la Gran Vía, remontar la Red de San Luis y alcanzar el Palacio de Linares a cuya altura, a petición del herido, los camilleros hicieron una parada para que pudiera reposar Joselito El Gallo, al que traían vendado y en parihuelas desde la Plaza Vieja. Y saber esto, claro. Y pasear por el Retiro y visualizar con simpatía a los dos tigres y la pareja de canguros que en 1957 llegaron desde Hannover a una Casa de Fieras ya sentenciada. Y sentir crecer Las Ventas en la retina sin que nadie haya de decirnos que allí peleó y venció Fred Galiana... No es fácil, cierto, abarcarlo todo: de Fornos a Nadiuska, del hipódromo de la Castellana a la milla de oro, del Café Varela de Carrére al Bocaccio de María Asquerino, de la visita de Pola Negri a las de Sofía Loren, de la inauguración del Hilton con Gary Cooper al agasajo a Andrés Vázquez en la embajada de India, de Himmler en Las Ventas desmayándose al ver banderillear un toro a Antonio Bienvenida imponiendo una montera a Armstrong, Collins y Aldrin, del debut de los Ballets Rusos de Diaghilev en el Real y los paseos por la calle de la Cruz del explorador Stanley a Carmen Amaya agitando la mano y mandando besos desde la escalerilla del avión que la iba a conducir a Broadway. Ser consciente del terreno que se holla requiere, en fin, un grado de atención... ¡inaudito! ¡Llevan ustedes una razón como un templo! No todo el mundo vale para ello. Sólo, quien sirve. O eso se decía. Vaya usted a saber si, a lo mejor, es que sirve quien vale, que se aduce ahora. Acaso.