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ABC LUNES 2 1 2006 Cultura 61 ÓPERA Wozzeck Alban Berg: Wozzeck Intérpretes: Franz Hawlata (Wozzeck) Angel Denoke (Marie) Reiner Goldberg (tambor mayor) David Kuebler (Andrés) Hubert Delamboye (Capitán) Johann Tillo (Doctor) Kurt Gysen y Jochen Schmeckenbecher (aprendices) Orquesta Sinfónica y Coro del Gran Teatro del Liceo. Escenografía: Alfons Flores. Director de escena: Calixto Bieito. Director musical: Sebastian Weigle. Coproducción Gran Teatro del Liceo y Teatro Real. Lugar: Gran Teatro del Liceo, Barcelona. Fecha: 30- XII MUERTOS VIVIENTES ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE S e le esperaba a Calixto Bieito. Podría haber sido a Wozzeck que hacía unos veintidós años que no pisaba el Liceo de Barcelona. Pero no. Bieito es hoy por hoy la estrella, porque la fama le precede y a la ópera siempre le ha gustado convivir con estas cosas. Por eso su llegada hace correr ríos de tinta que él luego transforma en sangre, violencia y cochambre. Con matices, especialmente si se mira en el fondo y se manejan anteriores trabajos, entre los que están las previas propuestas liceístas de Un ballo in maschera y Don Giovanni Por eso, una vez terminada la primera representación de Wozzeck ante el director de escena se levantó un Liceo dividido, mezcla de fieles enfervorizados y voceadores que fueron a menos. Curiosa reacción, especialmente si se atiende a los disgustados, pues su comedida indignación puede hacer pensar que Bieito, y con él su mundo violento, radical, rastrero y sanguinolento, podría estar perdiendo fuelle provocador ante la operística sociedad aburguesada. Hay que comprender que el director catalán se las ha visto, en esta ocasión, con una obra que se sustenta en principios que podrían serle cercanos, pues toma el universo de la catástrofe como forma de denuncia. Pero interesa el trasfondo de la cuestión antes que la arquitectura, pues este Wozzeck está construido bajo un contundente escenario en el que mucho se sucede con fluidez y sentido teatral. No más que el interior de un refinería, plagada de conducciones, plataformas practicables y hasta un contenedor habitable que desciende desde las alturas. En el todo está la densa espesura del humo, las cortinas de agua que deja chorreando a cantantes y figurantes, y la sangre (siempre la sangre) que tiñe a todos; las tripas que el Doctor saca de una autopsia de cuerpos calcinados, transmitida en pantalla panorámica, Franz Hawlata (Wozzeck) y Hubert Delamboye (Capitán) en una escena de la ópera que serán plato de su necrofilia; otros desnudos que resucitan y que como muertos vivientes penetran al final en la escena; y el hijo de Marie con su caballito, calvo, quizá por el cáncer, y respirando gracias a las botellas, tal vez por el enfisema. Vamos, un poema digno de Bieito que en su obsesión por el manejo del cuerpo, la manifestación descarnada de lo violento y su dogmatismo parece asumir una y otra vez el eco del ya veterano Accionismo Vie- ELENA CARRERAS La comedida indignación de un sector del Liceo puede hacer pensar que Bieito podría estar perdiendo fuelle provocador ante la operística sociedad aburguesada nés, de ese anti- arte que siempre se agota en el efecto. De ahí la gran duda sobre su nueva propuesta, al margen de la innegable vanidad que transmite. Proponer un realismo semejante, inmediato, televisivo podría decirse, acaba por ser visto con desdén, con la misma indiferencia con la que se han manifestado, en esta ocasión, los más críticos espectadores. No queda más remedio que imaginar la gran inteligencia teatral de Bieito explorando otras vías más sutiles, capaces de perturbar el sentimiento de espectador con otro refinamiento. Y mientras, aquí está este Wozzeck que se verá en Madrid, para el que una vez más se reclama el sobreesfuerzo físico y el amor al exhibicionismo de los intérpretes. Todos dispuestos a ser cómplices con la propuesta y cada uno vertebrándola a través de sus personalidades. Por ello Angela Denoke construye una Marie cantada con gusto, que va a más y que tiende a lo ligero antes que a lo dramático. Franz Hawlata da vida a Wozzeck con medida proyección y anchura, meritorio por la diferenciación de estados y por su descarnado final. Irónico y colérico el buffo Capitán de Hubert Delamboye, como bien resuelto el Tambor Mayor de Reiner Goldberg, vestido de rockero trasnochado. Gana por la presencia física antes que por las resonancias graves el Doctor de Johann Tilli y muy notables resultan los aprendices, Jochen Schmeckenbecher, que en el segundo reparto asumirá el papel principal, y especialmente Kurt Gysen. A todos ellos se aplaudió aunque el drama de Wozzeck se quedara, auditivamente, en una propuesta algo llana, con aciertos instrumentales de la Orquesta del Liceo, buena concertación del maestro Sebastian Weigle, pero con una expresividad en exceso recta. Quizá había tanto sobre el escenario que el asunto se quedó en mirar. Incluso desde el foso.